Como cualquier otro gobierno del mundo que es elegido por el voto popular, el de Juan Manuel Urtubey despierta adhesiones y rechazos, masivos y generalizados. Lo que en realidad distingue con nitidez a su gobierno de otros son los esfuerzos que viene haciendo por colocar a los rechazos fuera del ámbito de la política e, incluso, fuera de los límites de la racionalidad. Desde su estreno en el cargo, en diciembre de 2007, Urtubey ha venido dando señales claras de que su verdadero objetivo político es la acumulación de poder y que su talento se agota en el descubrimiento de mil formas diferentes de aniquilar las estructuras formales de la oposición política.
Pero el éxito -siempre parcial- de la operación de desarticulación de los partidos tradicionales no ha conseguido, ni por asomo, reducir el rechazo hacia las políticas gubernamentales; ni siquiera ha logrado hacer menos visible la creciente insatisfacción de los ciudadanos.
Urtubey ha demostrado que está genéticamente diseñado para enfrentar un escenario clásico de oposición al poder formal, pero muy mal dotado, política e intelectualmente, para plantar cara al disenso que brota de las organizaciones sociales libres, de la opinión pública o de las redes sociales y que se expresa generalmente por canales y con estilos que el gobierno es incapaz de controlar y descodificar.
En un claro error de cálculo, Urtubey considera que estas voces están fuera de la política y tiende a escucharlas, cuando las escucha, con desdén o con recelo. Siempre, claro está, que no muerda el anzuelo y entre al trapo de forma brutal, sea para negar a estos opositores cualquier autoridad, sea para tratarlos como despreciables seres irracionales.
Pero aunque las nuevas formas de expresión del disenso político no encajen muy bien en los moldes conceptuales que el Gobernador ha aprendido a llenar desde su infancia, los salteños nos encontramos de frente a la política pura, a una realidad que más tarde o más temprano habrá que enfrentar y resolver.
Fracasos estrepitosos
En poco tiempo, el Gobernador ha encadenado varios fracasos, pero dos de ellos son muy notables:El primero, no haber conseguido diferenciarse -ni siquiera en el plano de la imagen personal- de los excesos autocráticos y mayestáticos de su antecesor, al que ha intentado e intenta deslegitimar sin éxito en un terreno que es particularmente desconocido y hostil para Urtubey: el moral.
El segundo, el hecho de que la agenda de su gobierno (la definición de los temas que importan) le sea impuesta en la realidad por la opinión pública y por las redes sociales.
Urtubey, obviamente, no se siente cómodo en este escenario y comienza a echar en falta la existencia de una oposición formal y articulada, que gire alrededor de las instituciones y que demuestre un mínimo compromiso con la continuidad y consistencia del sistema. Comienza, pues, a arrepentirse de haber desactivado a los partidos políticos clásicos, que, al fin y al cabo, servían para producir a gente capaz de hablar el mismo lenguaje rancio que él.
Más tarde o más temprano, Urtubey necesitará de interlocutores reales y verdaderos; es decir, de personas que sustenten una visión diferente de la realidad de los asuntos públicos, que no endulcen los oídos del poder y que se animen a denunciar lealmente los principales fiascos del gobierno.
Frente a este desafío, la respuesta del Gobernador consiste en simplificar la realidad e identificar como enemigo único de las políticas de su gobierno -y responsable de todos sus males- al diario El Tribuno.
Pero esta equivocada lectura de las señales está propiciando no solo un nuevo extravío del rumbo del gobierno (y despejando el camino hacia su ruina) sino también está dando un inmerecido segundo aire a un grupo de poder caído ya en profunda decadencia, pero al que la irresponsabilidad (o la ingenuidad) del Gobernador le están asignando el papel oficioso de refugio intelectual, mediático y político de una oposición dispersa.