Un auténtico festín árabe se preparó y sirvió ayer en el Senado de Salta, un espacio recoleto en donde, todos juntos y bien revueltos, como corresponde a gente bien disciplinada y prolijamente encolumnada detrás de la figura del sheik, elaboraron una contundente respuesta institucional a las insidias propaladas por el diario infiel. La narradora del cuento, la nueva Scheherezade, tuvo un desempeño tan brillante en la fiesta que las fantasiosas historias de Las Mil y Una Noches quedaron hechas un poroto al lado de sus leyendas. Así ha sucedido, pues tras encantar a los senadores con su relato acerca de los límites y alcances de la obediencia debida y el sacrosanto deber de la jerarquía administrativa, nadie fue capaz de mover una ceja. Estaba todo dicho.
Pero mientras la serpiente se enroscaba silenciosamente alrededor del cuello de su presa, algunos de los arrimados al convite -fundamentalmente periodistas de micrófono y pluma en ristre- no daban crédito a sus oídos.
"Justamente" -comentaban con incredulidad- los implacables fiscales que persiguen y condenan de antemano al exgobernador Juan Carlos Romero por hacerse firmar los decretos más infames, leoninos y nepotistas por Mashur Lapad, siete días antes de abandonar el poder, sostienen ahora que lo actuado por el subordinado no compromete al principal. Curioso asunto.
Los incrédulos, esos mismos que ayer no daban crédito ni los pedían en Frávega, escucharon con la boca abierta un argumento tan falaz que, bien interpretado, podría echar por tierra el complejo y laborioso edificio teórico ideado por el Ministerio Público Fiscal para triturar judicialmente a Romero.
El banquete árabe servido en el Senado tenía, como no, un sustancioso plato de niños envueltos, pero no en hojas de parra, sino en deseo sexual (algo también de aspecto verdoso, aunque de color verde «técnico», según las sabias palabras del Gobernador de la Provincia).
Pero en vez de aderezar a los «niños» con cuajada, la compareciente los dippeó en mentiras, enarbolando una teoría endiablada (una especie de per saltum a la inversa), que tuvo por objeto trasladar toda la culpa del asunto a «dos técnicos» (probablemente el Pelado Almeyda y el Tolo Gallego, porque no se sabe muy bien técnicos en qué son los firmantes del informe), y a «una psicóloga», cuyo apetecido nombre no ha sido sin embargo revelado.
«Mi firma no avala el informe; solo está puesta allí por una cuestión jerárquica». El argumento no puede ser más inteligente, pues viene a decir que ese garabato que todo el mundo vio no es en realidad una firma; y que ese sello aclaratorio en verdad fue impreso por el vendedor de tortillas que todas las mañanas circula por las oficinas del CIF como perico por su casa y que de vez en cuando se entretiene jugando con materiales de oficina o con restos óseos.
Es decir, que lo que «parece» una firma nada tiene que ver con esa escritura de la propia mano que se estampa en un documento para darle autenticidad o para expresar que se aprueba su contenido. Ni siquiera es una formalidad, ni tiene valor jurídico alguno.
Este ingenioso «disclaimer» supone, nada más ni nada menos, que poner patas para arriba todo el concepto filosófico de «jerarquía» (basado no solo en la gradación de personas sino también en la de valores y dignidades). Y no solo eso: también es un torpedo a la línea de flotación de cualquier estructura administrativa.
Pero, si a Mashur Lapad (el severo examinador de la honorabilidad y los méritos de la compareciente) no se le cayeron los anillos a la hora de estampar su millonaria en cuanto decreto inmoral se le pusiera por delante, ¿con qué autoridad habría de juzgar ahora el honor de su paisana?
Al final del encuentro, todos (menos los periodistas) coincidieron en que si hay que picar carne, mejor que sea para preparar kipes y no para servir en el plato frío de la venganza esos apetitosos muslos fiscales, para deleite del fino (o ya no tan fino) paladar de Romero.
Finalizada la reunión, algunos senadores de origen criollo desmintieron que entre tanto paisano locuaz del Medio Oriente a ellos se los hubiera envuelto como niños.