Miguel Isa, 'un soldado de la autonomía municipal'

La mejor y la más rápida forma de saber cuándo un político carece absolutamente de talento y representa un peligro para sus conciudadanos consiste en descubrir en su discurso frases y referencias propias del mundo militar o del religioso.

Debemos sospechar de los políticos (y de los partidos) que se muestran obsesionados con «la victoria»  y, por tanto, desprecian los pactos y los acuerdos, que no solo permiten gobernar mejor sino que evitan -generalmente- que nos odiemos a muerte los unos a los otros.

Entre las más desafortunadas, la frase que quizá refleje mejor el desprecio por la política es aquella de «Hasta la victoria siempre, compañeros».

Aunque más pacíficas, las referencias a tal o cual político como un «apóstol de bien común», o a la doctrina de cierto partido como «el catecismo», son tan desafortunadas y potencialmente totalitarias que las anteriores.

La sospecha se extiende a quienes entienden y practican la política como «el arte de conducir», o a los líderes como «conductores»  más que como simples dirigentes.

Ni qué hablar de los «comandos de campaña»  (cuando se podría hablar simplemente de comités) o las «brigadas de militantes». Este tipo de lenguaje, pensado para la guerra más que para la política, no solo conduce a soluciones no políticas, en sentido estricto, sino que orienta la acción cívica hacia ese despreciable objetivo que aparece sintetizado perfectamente en la infeliz frase «al enemigo, ni justicia».

Por estas razones, y por muchas otras, es que la frase lanzada hoy en Salta por el Intendente de la ciudad de San Juan, señor Marcelo Lima, y que dice: «Miguel Isa es un soldado de la defensa de la autonomía municipal»  es un muy flaco favor a las aspiraciones de Isa y un insulto a esa mayoría de ciudadanos que entienden la política (y la autonomía municipal) como un asunto civil (y de paz) más que como un «casus belli».

Treinta años ininterrumpidos de gobiernos civiles no han logrado desterrar el lenguaje y el espíritu militar y cuartelero de nuestras prácticas políticas. El Intendente de San Juan es un gran ejemplo de este sonoro fracaso de la civilidad.