Salta necesita mil Bouvieres

La figura de Jean-Michel Bouvier, el padre de una de las turistas francesas asesinadas en Salta en julio de 2011, impresiona y conmueve.

Muchos salteños se sienten hoy identificados con este hombre de aspecto serio y hablar pausado, que a nadie deja indiferente con sus palabras, sus maneras y sus gestos.

Algunos están profundamente conmovidos por la valentía y decisión con que el personaje ha asumido su lucha por la justicia en un país que no es el suyo y en el que las instituciones funcionan -por decirlo de un modo suave- de una forma muy diferente a la que él está acostumbrado.

Otros, en cambio, admiran la serenidad, el sosiego de su espíritu y la ausencia de odio, de rencor y de sed de venganza que transmiten su mirada y el gesto de sus manos.

Pero hay quienes también valoran de manera muy especial la contribución, probablemente involuntaria, que el señor Bouvier está haciendo a la cultura política y democrática de Salta, una sociedad necesitada -quizá como nunca- de valores y de referencias que le permitan saber con certeza en qué lugar se encuentra en el concierto de los pueblos civilizados del mundo.

Bouvier -qué duda cabe- no ha llegado aquí para hacer política. No se plantea ganar elecciones o conspirar para derrocar gobiernos. Pero su influencia política ya se está haciendo sentir con intensidad en Salta, aunque muchos poderosos no quieran admitirlo.

Un hombre que es capaz de colocar en segundo plano su dolor y sus intereses personales para poner por delante a la justicia y a la libertad, como valores superiores del conjunto social; una persona empecinada en convencernos de que estos valores tienen una vigencia universal, real y efectiva, y que no son solamente formulaciones filosóficas o doctrinarias desligadas de la realidad, es alguien que sin querer -o tal vez queriendo- transmite a la política un mensaje contundente y demoledor que los políticos difícilmente podrán ignorar.

Con su serenidad desbordante de optimismo, con su confianza en la ciencia, con su apuesta por la razón y la racionalidad, con su respeto exquisito hacia las formas y hacia las instituciones, Bouvier está poniendo patas para arriba el viejo edificio que sostiene, desde hace siglos, la relación entre los salteños y sus poderes públicos: una relación que -como él bien definió- se asemeja bastante más al vasallaje del Medioevo que a un auténtico vínculo de ciudadanía.

Sería interesante que los salteños nos detuviésemos un momento a pensar por qué motivo cuando un ciudadano europeo, que hasta hace un par de años no tenía ningún vínculo con nuestra tierra, nos dice algo tan obvio como «soy miembro de una elite y sé positivamente que las elites deben rendir cuentas al pueblo», sus palabras resuenan como el estallido de una bala de cañón y nos conmueven profundamente; y por qué motivo cuando es un salteño el que insinúa algo parecido sus palabras son motivo de burla y de escarnio público.

Parece evidente que para inducir el cambio político que Salta necesita hace falta no uno sino mil Bouvieres que nos ayuden a poner ciertas cosas en su lugar y a mirar nuestro sistema de convivencia de un modo crítico.

Mil Bouvieres que nos enseñen que la libertad y la justicia no son juguetes en manos del poder sino límites de éste.

Mil Bouvieres que desnuden nuestras oscuras falencias, nuestras profundas debilidades institucionales y nuestros peores atavismos políticos y culturales.

Mil Bouvieres que nos enseñen que las democracias no progresan mirándose continuamente al ombligo sino poniendo a prueba todos los días su calidad y su transparencia frente a los ciudadanos y cuestionando permanentemente las verdades establecidas.