Uno de los grandes riesgos que corren los hombres libres es el de aburrirse de las verdades establecidas. Y aunque entre nosotros esa especie -la de los llamados hombres libres- se encuentra en serio riesgo de extinción, son cada vez más los salteños que comienzan a cuestionar una de las verdades más sólidas e incontrovertidas que parecen sustentar nuestra convivencia: la de que solo podemos ser gobernados por seres providenciales, prediseñados desde la cuna -e incluso antes- para 'regir nuestros destinos'. Es hora de animarse a denunciar que los llamados 'políticos de nacimiento' (o natural born politicians ) son la principal causa del deterioro de nuestra política, la razón de nuestro atraso social y la pérdida de nuestra calidad de vida; el motivo del extravío de nuestro rumbo y el fundamento último de la falta de inserción provechosa de Salta en el complejo mundo que la rodea.
No siempre es fácil saber cuándo estamos en presencia de un político de nacimiento. A menudo tendemos a confundir a éste con aquellos que pertenecen a una saga familiar con pretensiones dinásticas, pero mientras estos últimos son generalmente producto de una aguda incapacidad colectiva para asumir los desafíos de la vida de otro modo, los políticos de nacimiento son, en cambio, el producto de una peligrosa obsesión, generalmente personal, pero que a veces es también familiar o de clase.
Las diferencias no se detienen ahí. Los costes de producir un político familiar son generalmente afrontados por las propias familias, con su patrimonio (que normalmente es cuantioso), pero el político de nacimiento se caracteriza por hacer pagar a toda la sociedad, sin excepción, el altísimo precio de su obsesión por ascender hacia la cima y su incontrolado apetito de poder.
A contrario de lo que sucede con el político profesional, que se plantea el ejercicio de responsabilidades públicas como una serie de pasos en una carrera metódica basada en el mérito personal, el político de nacimiento se siente naturalmente dotado para el ejercicio del mando y la autoridad, y se muestra siempre dispuesto a llegar hasta lo más alto; sin esperas, sin pausas para la formación y, sobre todo, sin deseos de competir.
Es precisamente esa mentalidad obsesiva la que impide al político de nacimiento aceptar como natural la participación en la política de personas no especialmente preparadas ni predestinadas como él para el ejercicio del poder. El político de nacimiento niega especialmente aquella verdad que dice que es la simple diversidad de recursos e intereses existente en la sociedad la que proporciona la educación necesaria para la política.
El político de nacimiento se muestra, además, infalible e inmune a la crítica. Su capacidad de acertar en todo aquello que acomete es producto de esa búsqueda pasional de la certeza en los asuntos de naturaleza política, que caracteriza a quienes creen que han nacido ya con el don divino de gobernar a sus semejantes.
El político de nacimiento se mueve no solamente en un mundo de vanidades sino también de verdades inamovibles, de principios fijos que no admiten refutación y que son establecidos por la autoridad de quien los afirma (que normalmente es la autoridad propia o la que proviene de la tradición). Por definición, el político de nacimiento desprecia la conciliación y el acuerdo. Es él -y no los interesados- el llamado a definir en qué consiste el bienestar general y el que impone una idea única en torno a su consecución.
De este modo aparentemente tan simple pero tan arrolladoramente contundente, el predestinado vuelve a la política inútil o la convierte en el pasatiempo improductivo de una oligarquía aristocrática, privándola así de todo su potencial creativo y de su esencia transformadora.
Frente a este intento de construir un poder arbitrario basado en la selección divina de los talentos llamados a gobernar 'nuestros destinos' se alzan los ciudadanos libres, que no están dispuestos a seguir pagando con atraso y pérdida de calidad de vida democrática la descontrolada obsesión de los políticos de nacimiento por alcanzar el poder en todas sus formas, tamaños y colores.
Es tiempo de comprender que la realización del destino personal de grandeza de estos personajes iluminados, ya señalados desde la cuna, exige de todos nosotros -especialmente de los más humildes y menos preparados para resistir la arbitrariedad del poder- enormes y cuantiosos sacrificios, que, si fuéramos plenamente conscientes de ellos, no asumiríamos jamás.
Está en nosotros decidir si nos rebelamos de una vez y para siempre contra este intento de arrebatarnos la política y de hurtarnos el futuro o si aceptamos seguir pagando con nuestra libertad, nuestro bienestar y el de nuestras familias la carrera demencial de aquellos que van por esta vida convencidos de que su ascenso al poder está escrito en los astros, y que los demás les debemos sumisión y pleitesía, hasta que se mueran.