Cómo sobrevivir a una remodelación del gobierno

Cuando los partidos políticos no existen o no aciertan a desempeñar la función para que se supone fueron creados, el que tiene la tarea de gobernar se enfrenta al dilema de convocar para la tarea de gobierno a amigos de su confianza más cercana -generalmente inútiles de solemnidad- o de llamar a personalidades independientes que, por lo general, no comulgan con su credo.

Hace tiempo que en Salta los partidos han dejado de formar 'cuadros técnicos' y que las pequeñas oligarquías que los dirigen son incapaces de dar ese salto fenomenal desde el mundo de la conspiración -cuyas reglas son muy conocidas- al universo de la gestión.

Con suerte, algunos se enquistan en el Poder Legislativo en donde está comprobado que es más fácil 'hacer la plancha' y pasar por 'legislador laborioso' sin que casi nadie lo note.

Pero el resto, aunque tenga vocación y deseos de asumir una parcela de responsabilidad gubernamental sabe que si no matea con el Gobernador o con el Intendente, si no le cuenta chistes subidos de tono y si no le presenta señoritas de buen ver realmente lo tiene crudo para acceder a una posición en el gobierno.

El 'conductor' elige así a los de su círculo más íntimo, a los aduladores más eficaces, a los que tienen conocimientos básicos de informática de oficina, a los que son capaces de recitar de corrido el artículo 3 del Código Civil y a los que alguna vez despacharon expedientes en la Fiscalía de Estado.

Esta responsabilidad recae por lo general en compañeros de la escuela primaria, en amigotes con quienes se ha compartido la pensión en las épocas universitarias, en compañeros del mismo equipo de fútbol, en socios en los negocios más variados y, cómo no, en aquellos maridos incautos que creen que han alcanzado el cénit de su carrera política mientras el jefe se encarga de pasar la factura traveseándoles el rancho durante las estratégicamente planificadas 'comisiones de servicio' a Santa Victoria Oeste.

Pero llega un momento -como todo en la vida- que este esquema se resquebraja y deja de dar las respuestas esperadas. Llega el tiempo introducir cambios en el gobierno, porque las cosas simplemente no funcionan o porque nos hemos dado cuenta que entre los amigos, los socios y los maridos burlados no tenemos un 'gobierno' en sentido estricto sino un hatajo de inútiles con buen sueldo.

Pero los jefes -sobre todo si son personalistas y autoritarios- no se fían de las personalidades independientes, de los idóneos de verdad, porque saben que la independencia es una peligrosa bomba de relojería que puede estallar en cualquier momento.

Entre tener un gobierno eficiente y un gobierno controlable, aquellos jefes no lo dudan un instante: prefieren aquel gobierno que se pueda manipular y en el que ninguna personalidad con cierto copete pueda proyectarles sombras.

Si el precio que hay que pagar por esto es la corrupción y la ineficiencia, no importa mientras el control de lo que hace y deja de hacer el gobierno no se escape de nuestras manos.

Por eso, cuando un equipo de aduladores inútiles se agota, porque la gente lo ha calado, porque los indicadores comienzan a parecerse al de los países más pobres de la Tierra, la única solución es mover las piezas con inteligencia, para que la inoperancia siga siendo un valor primordial mientras se encuentre unida a la obsecuencia.

Se irán unos pero vendrán otros iguales o parecidos. Quizá vuelva alguno o alguna que ya estuvo antes y que durante el periodo de hibernación calentó la silla de algún juzgado. Quizá regrese a los primeros planos alguno que perdió una elección o que perdió su banca por expiración del plazo. Pero no habrá caras nuevas que permitan hablar que el gobierno se ha 'refrescado' y menos que ha ganado en seriedad y en eficiencia.

Para cambiar un gobierno, primero hay que cambiarse a sí mismo. La operación de 'crisis' comienza por darse cuenta, con humildad, de que lo hemos hecho mal o muy mal durante un periodo largo de tiempo y que no se puede hacer recaer sobre terceros la responsabilidad de los malos resultados.

El próximo 10 de diciembre se producirán algunos de estos movimientos, que, como siempre, estarán orientados a reforzar la posición dominante del líder y no a servir mejor a los ciudadanos. Algo se moverá, pero no para cambiar sino más bien para asegurarse de que nada cambie, al menos en los próximos dos años.