El ocaso de los 'animales políticos'

Los resultados de las elecciones celebradas ayer en Salta obligan a reflexionar sobre el fracaso de una clase dirigente vertebrada alrededor de los intereses comunes del dinero y el poder absoluto.

El ajustado reparto de votos y la complicada distribución territorial de los mismos anuncia el advenimiento de nuevos tiempos en la política lugareña, luego de tres décadas de monopolio de una dirigencia que no ha sabido, o no ha querido, dedicarse a resolver los graves problemas de bienestar, de cohesión y de igualdad que afectan de forma singularmente grave a la sociedad salteña.

Con independencia de la injusticia intrínseca de un sistema electoral fríamente calculado para distorsionar la voluntad colectiva y hacer imposible la representación plural de los intereses de los ciudadanos, qué duda cabe que el voto en Salta ha venido evolucionando de forma sostenida en los últimos diez años.

Si los resultados de ayer invitan al optimismo, éste ha de ser, en cualquier caso, moderado, por cuanto es muy improbable que las transformaciones del patrón de voto se traduzcan inmediatamente en un cambio dirigencial, ni de personas ni de estilos.

Lo que parece incontestable es que los salteños han comenzado a demostrar recelo hacia el liderazgo de los 'animales políticos'. Hablo, cómo no, de esos millonarios que durante años se han venido presentando a la sociedad salteña como los llamados naturalmente a gobernar por su innata inclinación hacia el servicio público; de los que de forma irresponsable afirmaron poseer la receta para sacar a Salta de su atraso y postergación histórica; de los que intentaron convencernos de que la felicidad fluiría desde la cima del poder si ellos resultaban elegidos y dotados de poderes omnímodos.

Los salteños, más educados y mejor informados que antaño, han puesto en duda con su voto estas premisas y han transmitido a los 'animales políticos' un mensaje claro: la sociedad tolera cada vez peor que la política se resuelva en disputas tribales por el poder absoluto y las riquezas disponibles, y piensa seriamente en la necesidad de un gobierno, moderado, eficiente, limitado y transparente, que dé respuestas serias a los problemas serios que hoy dificultan el presente y ensombrecen el futuro de casi un millón y medio de salteños.

Probablemente la elección de ayer no represente el comienzo del final de un ciclo político, pero es probable también que la fragmentación del voto y la desaparición de las mayorías abrumadoras acelere los tiempos de una reforma constitucional para limitar el poder y lograr, al mismo tiempo, una distribución más equitativa de los espacios de influencia y decisión.

Está en marcha una gigantesca aunque silenciosa operación de transferencia de poder hacia los ciudadanos y hacia sus organizaciones libres, cuyo único obstáculo es el modelo de liderazgo político infelizmente inaugurado en 1983.

La pelota está ahora en el tejado de los dirigentes que tienen ya mismo -y no tendrán más tarde- la oportunidad de descodificar el mensaje que han emitido los ciudadanos en las urnas.

Son los dirigentes los que deben decidir si perseverar en el empeño de conquistar el poder absoluto, arrinconando a las minorías y forzándolas al ostracismo, o si, por el contrario, el nuevo escenario aconseja abrir canales de diálogo y de consenso para que las decisiones colectivas sean en el futuro producto de la colaboración conflictiva de las principales corrientes de opinión política, cualquiera sea su signo ideológico.

Los salteños no toleran ya el agravio comparativo de una clase política enriquecida, no siempre con justicia y muchas veces de espaldas a la ley, y una sociedad carente y fracturada que paga con privaciones y con pobreza no solo los apetitos de riqueza de sus dirigentes sino también su desidia y su inoperancia a la hora de lidiar con los problemas que nos son comunes a todos.

Los salteños necesitan vivir mejor. Ya no simplemente lo desean. Y así lo hacen porque se han dado cuenta de que la difusión equitativa y transparente del bienestar y de los recursos públicos disponibles ya no solo es una cuestión de justicia social sino también una garantía de seguridad y de convivencia pacífica.

Los llamados 'animales políticos' han dado ya todo de sí y han dejado tras su paso una estela de frustración en forma de promesas incumplidas, obras inacabadas y pésimos indicadores sociales. Su papel político está ya agotado.

Si a ello añadimos la corrupción enquistada en el poder, los favoritismos familiares y de clase, y la impunidad de las conductas de los poderosos, que han tendido a perpetuarse, no hay dudas de que los treinta años de hegemonía peronista, de poder absoluto y de 'familias del poder', han degradado a los salteños, han empobrecido su democracia, y han retrasado en varios años el progreso basado en la equidad, la justicia social y la solidaridad entre territorios.

Es tiempo de cambiar y de admitir con sinceridad y valentía que los ciudadanos están hoy muy por encima de sus dirigentes. Que resulta imperioso encontrar nuevas respuestas políticas a los problemas que antes casi todos creíamos que se resolvían dándole más poder a quien realmente no lo merecía; es decir, cediendo nuestra capacidad de decisión y nuestra iniciativa a quien jamás supo cómo usar el poder político en beneficio de todos, aunque sí en el propio.