La escenificación de las reuniones de un gabinete de ministros, con sus rituales, sus ritmos y sus aromas, suele ser un muy buen indicador de la eficiencia y de la salud política de un gobierno. Cuando el Gobernador de Salta reúne al pleno de sus ministros, los ciudadanos imaginamos que el cónclave tiene por finalidad la de deliberar sobre los más importantes asuntos de Estado, al máximo nivel.
Pero en el caso particular de Salta, si nos fijásemos en la cara de los protagonistas, en su lenguaje corporal, en sus papeles, en sus dispositivos tecnológicos y en una serie de detalles que normalmente pasan desapercibidos, los ciudadanos no tendríamos más remedio que preguntarnos, asustados, si éste es, efectivamente, el máximo nivel en que se tratan los más importantes asuntos del Estado. Y ponernos a rezar, claro.
Por alguna razón que solo el Gobernador conoce, a la reunión del mal llamado gabinete provincial asisten dos hermanos suyos, que no ejercen cargos de ministros, pero que tienen -para qué negarlo- una enorme y quizá desproporcionada influencia en los asuntos llamémosle "menos visibles" (pero no por ello menos importantes) que negocia el gobierno.
La presencia de dos familiares muy cercanos del Gobernador en tales reuniones no constituye una irregularidad ni es mala de suyo. Simplemente, transmite a la ciudadanía la impresión de que los ministros reales que rodean a quien ejerce el Poder Ejecutivo dejan mucho que desear.
En unas cuantas semanas, don Juan Manuel Urtubey cumplirá sus primeros cuatro años y medio al frente del gobierno de la Provincia, y aunque sus logros reales están pendientes todavía de ser evaluados de una manera adecuada, sus fracasos más notables están ya a la vista.
Uno de ellos es el poco acierto que en estos cincuenta y dos meses de gobierno nuestro Gobernador ha tenido en la selección de las personas, no digamos ya las de su círculo más próximo, sino de aquellas llamadas a ocupar cargos muy importantes en las instituciones del Estado.
Lo de sus ministros es un caso aparte, por la alta visibilidad de estos funcionarios y por su continuada exposición mediática.
De un tiempo a esta parte, los ministros del gobierno de Salta se han convertido en meros (malos) portavoces de la "voluntad superior" del Gobernador. Las reuniones de gabinete se parecen cada vez más a ceremonias mayestáticas en las que el jefe supremo exhorta a sus subordinados a "llevar su palabra al mundo", anunciando un nuevo evangelio.
En ninguno de los ministros del gobierno es posible reconocer esa estatura política, técnica o moral capaz de dotar de una autonomía singular -o, al menos, de un perfil diferente- al área de política sustantiva que les ha tocado gestionar.
Es posible que el Gobernador no les permita erguir la cabeza, que no simpatice mucho con la idea de rodearse de ministros solventes y con "letra" propia. Pero si nos fijamos en el perfil y en la trayectoria de los que ejercen o han ejercido estos cargos, parece muy razonable pensar que por más que el Gobernador les dejara en algún momento alas para volar, ninguno sería capaz de levantarse más que unos pocos milímetros del suelo.
Mucha gente prefiere simplificar las cosas y decir que el Gobernador está rodeado de un hatajo de incompetentes, pero no creo que esta visión refleje la realidad ni le haga un gran favor a los ciudadanos.
Hay casos ciertamente lamentables y que penosamente afectan a las dos únicas ministras mujeres del gabinete provincial. En un caso la demagogia más barata y la sobreideologización de las políticas, y en el otro la ausencia de competencias importantes y una especie de obsesión monográfica por cuestiones intrascendentes, están destruyendo a marchas forzadas la utilidad social de dos departamentos de Estado que podrían prestar a los ciudadanos un importante servicio.
Habiendo tantas profesionales competentes y formadas al máximo nivel en Salta, cuesta mucho creer que las mujeres estén tan mal representadas en un gobierno que cuenta, paradójicamente, con un amplio respaldo popular.
Solo un ministro parece escapar del estereotipo y es aquel que ejerce una especie de "representación territorial" de una vasta región de la Provincia con problemas específicos.
En general, Urtubey ha forjado una clase de funcionario opaco, políticamente irresponsable y peligrosamente inclinado a pensar que la comunicación pública y la transparencia se ejercen, graciosamente, a través de los micrófonos de las radios, las cámaras de la televisión, sus celulares y el diario contacto con periodistas amigos.
La mayoría son pésimos comunicadores (el Gobernador, con sus evidentes limitaciones, es una notable excepción), por no decir que son expositores confusos, crípticos y sobreactuados, a quienes se les da mucho mejor el ejercicio de la demagogia con cargo a los presupuestos del Estado (entrega de lotes, inauguraciones variadas, participación en festivales folklóricos y loas al Gobernador) que la exposición razonada de sus políticas, su evaluación crítica, los debates y la rendición de cuentas.
Da la impresión de que el Gobernador les ha dado la orden de demostrar algo así como una hiperactividad frenética, a fin de transmitir a los ciudadanos la idea de que el gobierno se mueve permanentemente, que está pendiente de las señales que emite la sociedad y al quite de cualquier necesidad o contingencia.
Pero la realidad demuestra casi todo lo contrario. Porque los ministros -al menos, la mayoría de ellos- solo tienen una hiperactividad verbal y en el mejor de los casos carecen de las herramientas institucionales adecuadas para transformar la realidad, aun en contra de sus propios deseos.
La imagen de diez o doce funcionarios tomando apuntes a mano mientras el Gobernador habla durante las reuniones de gabinete es realmente penosa y no condice con la imagen de un gobierno maduro, afirmado en sus convicciones, técnicamente solvente y políticamente eficaz. Si hay que tomar notas, lo normal es que quien las tome sea el jefe del gobierno mientras hablan sus ministros, no al revés.
Cuando llegue el momento de la verdad y los que saben de esto le examinen al gobernador Urtubey la dentadura para comprobar si está en condiciones de aspirar a la primera magistratura nacional, cada ministro, cada colaborador suyo será un diente, o, para mejor decir, una caries. El Gobernador será evaluado no solo por su capacidad de alcanzar objetivos políticos sino por su habilidad y acierto a la hora de elegir las herramientas más adecuadas para alcanzar aquellos objetivos.
Mientras el Gobernador no sea capaz de cohesionar un equipo de gobierno a la medida de las necesidades de los ciudadanos (no de las suyas propias); mientras siga empeñado (aunque sea por buenas razones) en sentar a sus propios hermanos en los sitiales más importantes del Estado, más se alejará del objetivo que se ha propuesto.