Del 'shutdown' del gobierno de Salta nadie habla

Evidentemente Urtubey no es Obama ni el gobierno de Salta se parece al de los Estados Unidos de América. Las comparaciones, cuantitativas y cualitativas, no son en este caso odiosas sino que resultan imposibles, cuando no inútiles.

Sin embargo, los dos gobiernos, el salteño y el norteamericano, han experimentado -bien que por razones diferentes- el amargo trance del cierre.

El gobierno estadounidense, como todo el mundo sabe, se ha visto forzado a cerrar por la falta de acuerdo entre los dos principales partidos en torno al presupuesto federal.

El de Salta, por el contrario, lleva cerrado desde el mes de abril, y sin previo aviso, por decisión del gobernador Urtubey, al que le ha parecido más inteligente y más ético paralizar la Provincia que gobernarla; y más provechoso concentrar sus energías en el siempre estimulante combate electoral que en la aburrida y poco rentable tarea de administrar el Estado.

En los últimos 180 días, don Juan Manuel Urtubey ha tomado -al menos- 180 decisiones, de las cuales solo 10 han estado relacionadas con sus responsabilidades como Gobernador de la Provincia de Salta. Todas las otras decisiones han estado encaminadas, de un modo o de otro, a lograr que su hermano Rodolfo se convierta en senador nacional por Salta. Un capricho familiar convertido, por mor de la personalización del poder, en objetivo irrenunciable del Estado.

La oposición política, presa de las mismas pulsiones elementales, no ha reaccionado frente a la parálisis de la administración del Estado y los asuntos públicos. Para muchos opositores -aunque parezca mentira- siempre es mejor que el gobierno no gobierne y que se dedique, como lo hacen ellos, a la timba electoral.

Los ciudadanos -víctimas de una propaganda obsesiva con una clara finalidad de anulación del buen entendimiento cívico- tampoco advierten la parálisis, y en el mejor de los casos piensan que la refriega electoral es parte de lo que el gobierno y la oposición deben hacer para que las cosas marchen razonablemente bien.

Mientras tanto, Salta marcha a la deriva. Las consignas han tomado el lugar de las políticas; los afiches y los jingles reemplazan a la información pública. Solo la garantía antisísmica que nos reporta la renovación del Pacto de Fidelidad impide que caigan sobre nosotros desgracias aún mayores.

Lo lógico sería que Urtubey y sus ministros -todos ellos unos entes- devolvieran el sueldo de los últimos seis meses, porque en este tiempo se han dedicado a cualquier otra cosa que no sea gobernar.

Pero el daño ya está hecho. A partir de ahora los salteños han de saber que «mantener la democracia»  no solamente obliga a incurrir en gastos inútiles -como el que supone la factura del fracasado voto electrónico- sino que también nos obliga a privarnos de un año de gobierno de cada cuatro.

Aunque el gobierno sea muy malo -como el de Urtubey- no hay por qué cerrarlo. Nadie le ha dado permiso para hacerlo, y menos de ese modo tan descarado.

Y si a todos nos parece bien que el gobierno se dedique a las elecciones y no a sus labores, tal vez sea hora de pensar en reformar la Constitución, para que los mandatos, en vez de durar cuatro años, duren solo tres y declaren dos semestres de carnaval electoral en los años impares, en donde no habrá gobierno, no habrá oposición, no habrá Legislatura, no habrá administración, pero se vivirán cuatro intensas "fiestas de la democracia".