Los candidatos que competirán en las próximas elecciones primarias de Salta -casi 10 000- comienzan a darse cuenta de que la realidad es finita y que, si bien hay muchos problemas colectivos por resolver, todos estos problemas, aun sumados, no alcanzan para cubrir las necesidades proselitistas de todos ellos. Pavimento, agua, seguridad, saneamiento, tráfico, marginalidad, salud, viviendas, cohesión territorial... En fin, que los problemas son muchos pero los candidatos son muchísimos más.
La consecuencia de este desfase aritmético es que comienzan a aparecer problemas que antes no existían, propuestas de pura fantasía que rozan el ridículo jurídico y esfuerzos diarios muy consistentes que apuntan a superar al oponente en extravagancia y megalomanía.
La campaña "de propuestas" se ha convertido en Salta en un toma y daca de intenciones, a cual de todas más irrealizables. Y si se tiene en cuenta que ningún candidato parece dispuesto en lo más mínimo a adoptar propuestas de sus adversarios o a simpatizar con ellas, el resultado se concreta en diez mil visiones diferentes de la realidad y de los problemas colectivos que aquejan a los ciudadanos de Salta.
A estas alturas, la confusión del elector es mayúscula. No solo porque resulta imposible distinguir a una lista de otra, a un partido de otro, a un candidato de otro, sino porque es muy difícil seguir el ritmo enloquecido de este «tour de force» de propuestas que todos los días aparecen vestidas de ropajes nuevos.
La palma se la llevan los candidatos a concejales por Salta, que después de haber agotado el repertorio de competencias municipales de la Carta Orgánica en vigor, prometen destruir la actual distribución de competencias entre las administraciones provincial y municipal proponiendo locuras como la transferencia de los servicios de salud, de vivienda o de educación al ámbito local.
Paradójicamente, ninguno postula la necesidad de recuperar la competencia municipal sobre el transporte urbano, expropiada desde hace años por el gobierno provincial.
Si los delirios de los candidatos a concejales llegaran a convertirse en realidad, el Concejo Deliberante de la Municipalidad de Salta, con solo 21 asientos, se convertiría en una asamblea infinitamente más poderosa e influyente que el mismísimo Parlamento Europeo, que cuenta con 766 miembros, o el Senado de los Estados Unidos, que cuenta con 100.
A medida que aumenta el nivel educativo de los candidatos a concejales, parece que los veintiocho incisos del artículo 7º de la Carta Orgánica de la Municipalidad de Salta se les van quedando un poco cortos y escasos. Todos quieren probar fortuna con materias más pesadas que los cementerios, los concursos de la pizza y la policía de espectáculos públicos.
¡Y qué mejor que hacerlo en campaña electoral! Así de paso van haciendo pedagogía entre el electorado, que no solo no les pedirá cuentas de las burradas que proponen, sino que pensarán que un proponedor de tan profundo calado más tarde o más temprano debería ser diputado o senador.
Entre copa y copa, la borrachera electoral aumenta sin remedio. Los candidatos se desfogan en caminatas, se dejan el aliento en los micrófonos de las radios y ponen al rojo vivo las redes sociales con sus alocadas consignas.
Pero los ciudadanos votantes, los salteños de a pie, comienzan a darse cuenta que detrás de la polvareda se oculta la nada. Que el alboroto apenas sirve para disimular un poco la ineptitud personal y el desvarío político, que felizmente está a la vista de todos.