Al forastero, ni justicia

Entre los llorisqueos federalistas más recurrentes de los salteños se cuenta la histórica queja de que los políticos "nacionales" visitan poco o nada nuestra Provincia y dedican, en general, una escasa atención a nuestros problemas.

A pesar de este resentimiento acomplejado, las figuras nacionales siguen siendo decisivas para darle cierta coherencia a las disputas locales, para reforzar la identidad de ciertas tribus, y, en muchos casos, para inclinar las oscilantes balanzas electorales o acabar con las interminables luchas internas.

Muy lejos en el tiempo han quedado ya las épocas en que los viejos peronistas de Salta acudían al aeropuerto El Aybal a recibir a líderes radicales como Arturo Illia o Ricardo Balbín.

Ahora parece que los dirigentes nacionales que visitan Salta no pueden cometer la osadía de criticar al gobierno provincial y a sus aliados. Si lo hacen, no solo dejan de ser bienvenidos sino que se exponen a ser insultados y maltratados por las hordas militantes del gobierno local.

Esto no sería nada si para restar crédito al visitante criticón, los adeptos al partido gobiernista no utilizaran el argumento más xenófobo y repugnante: "Usted no conoce la realidad de Salta, por tanto métase en sus propios asuntos".

Lo curioso es que si el mismo dirigente, u otro, en vez de dirigir duras críticas al gobierno le dedicara loas y alabanzas al Gobernador o se declarara asombrado por el florecimiento de nuestra civilización en cada esquina, los mismos gobiernistas dirían: "¿Ven? Así nos ven desde fuera los dirigentes más capacitados e inteligentes".

En determinadas circunstancias parece que la realidad de Salta es tan pero tan extraordinariamente compleja que es imposible que alguien que no viva aquí acierte a conocerla en profundidad.

Según parece, no es posible que alguien de fuera -un político o un científico- sepa más de nosotros que nosotros mismos. Y es ya un insulto que una persona que no ha nacido aquí nos diga en qué fallamos o qué es lo que debemos hacer.

Actitudes como ésta solo conducen a enamorarse de los propios errores, a sentirse orgullosos de los propios vicios y a impedir que nuestras cosas mejoren.