Un brindis con nafta súper a la salud de Urtubey

Brindis con nafta súperMientras el litro de gasolina en Francia ha roto ya la barrera de los 2 euros y en España roza los 1,50, me entero hoy de que en Salta el precio de este mismo combustible se acerca peligrosamente a los 1,20 euros; es decir, prácticamente a lo mismo que valía en Europa hace poco más de ocho meses.

La diferencia, sin embargo, está en que el aumento en Europa ha sido paulatino y se ha ido notando de a poco, sin que se hubieran producido situaciones graves de desabastecimiento, ni siquiera durante la fase aguda del conflicto bélico en Libia.

En la Argentina, por el contrario, los aumentos más recientes han pillado por sorpresa a más de uno, y se producen poco después de una muy seria crisis de abastecimiento y de que un grupo de gobernadores provinciales -con el de Salta a la cabeza- decidieran echarle un órdago a las empresas que extraen petróleo en sus territorios y -espoleados por la señora Kirchner- comenzaran a cumplir con su amenaza de revocar las concesiones de explotación.

No soy capaz de imaginar ahora si esta postura beligerante de los gobernadores dará los frutos que ellos esperan, pero por el momento da toda la impresión de que el control del mercado por parte de las petroleras es un argumento bastante más persuasivo que los aspavientos de autoridad de los gobernadores provinciales.

Mientras el pulso continúa y se suceden las escenas de pugilato, quienes sufren las consecuencias son los ciudadanos, que o bien no encuentran combustible cuando lo necesitan, o bien, cuando lo encuentran, no lo pueden pagar.

Está claro que los sectores sociales que disfrutan de ingresos medios y altos van a poder hacer frente a los aumentos, como casi siempre ha sucedido; pero ahora mismo pienso en la enorme cantidad de gente de escasos recursos que en los últimos diez años ha podido hacerse con un coche o con una moto. Es difícil pensar que este aumento descontrolado del precio de los combustibles no vaya a significar su expulsión de las calles.

Como todo el mundo sabe, España no vive momentos de euforia económica, precisamente. El aumento del precio de los carburantes no es una buena noticia justo cuando la peor crisis económica de su historia amenaza con tumbar, si acaso definitivamente, a la que fue la octava economía del mundo.

A pesar de los factores locales y de los internacionales, es razonable pensar que el conjunto de los españoles está pagando hoy de sus bolsillos parte de los retrocesos de YPF en la Argentina. El resto, lógicamente, lo pagan los argentinos, y mucho más los que menos tienen.

Desde que Repsol se hizo con el control de YPF, he venido cargando combustible en la misma estación de servicio, con la ingenua esperanza de que algunas monedas vayan a parar a la Argentina y a los trabajadores que esforzadamente extraen el petróleo del suelo nacional. Seguramente lo seguiré haciendo, mientras haya gasolina en las mangueras, mientras tenga mi coche y algo de dinero con el que mantenerlo.

Pero la próxima semana, cuando vuelva a enfrentarme con un surtidor, no podré evitar pensar que parte de mi consumo irá a parar a manos de gobernadores irresponsables, ineficientes, o las dos cosas juntas, que con sus arrebatos de autoridad y su desafiante lenguaje nacionalista están encareciendo innecesariamente la energía que necesitamos para poder vivir, en perjuicio, siempre, de los más débiles y de los más necesitados.