30 años de Democracia: Entre la forma y el fondo

La señora sentada frente a una Godeco arreglaba una parva de ropa de niños; se da vuelta y mira a la cámara: “Ya no quiero más ropa parchada. ¡Quiero ropa nueva!”. El spot publicitario del MID –con tonos de pintura de Sívori- concluía con el jingle  “¡Sepa qué hacer, vote al MID!”.

Toda la campaña 1983 de nuestra Lista Nº 1 –que sostenía la fórmula de luxe  Rogelio Frigerio – Antonio Salonia- apuntaba al “fondo”, es decir erradicar el estatuto del subdesarrollo. Nos equivocamos: la gente entonces quería democracia –la forma, el continente- y era lógico después de una dictadura cruenta y antinacional y la amenaza revanchista simbolizada por la quema de aquel cajón al pie del Obelisco. La cuestión es que hasta hoy forma y fondo siguen sin encontrarse, más allá del énfasis que cada cual asigne a cada término.

El mundo –sigo machacando- transita un cambio epocal en el cual asoma el liderazgo de países extensos, muy poblados y con amplios recursos naturales, mientras traslada su eje a la cuenca del Pacífico. La Argentina debe insertarse en tal escenario complejo, difícil y competitivo.

Frente a estas consideraciones, urge planificar una propuesta geoestratégica que exprese un proyecto nacional (no un “modelo”, que es ontológicamente distinto) para medio siglo vistas. Plantear ya el largo plazo en función de nuestros intereses vitales será, de paso, el mejor modo de erradicar la espuria política que hizo de la coyuntura un negocio redituable en nombre de la democracia y la justicia social.

En estos últimos meses se está instalando en la opinión pública el neodesarrollismo  y son varios y disímiles sus voceros No deja de ser movilizador e inquietante a la vez. ¿Versión actualizada del modelo frondicista de los ‘60?, ¿un empezar de cero?, ¿o nada más instalar un engaña-pichangas políticamente correcto? Definirlo suena crucial y de previo pronunciamiento por aquella prevalencia de la Patria, sobre el Movimiento y los hombres.

Ahora que buena parte de la dirigencia logró distinguir la elemental diferencia entre crecimiento y desarrollo, parece imprescindible -antes de plantar batalla- definir qué es ser desarrollista hoy. Tratándose de un concepto cualitativo, hoy es imposible desligar lo desarrollista  de los otros dos términos igualmente necesarios.

Dicho de otro modo: La Argentina hallará la paz saliendo de su embrollo político-económico-social solo cuando un núcleo político e intelectual proponga y proclame la síntesis histórica de las tres principales propuestas del siglo XX, interferidas por sus respectivos golpes de estado. El desarrollismo siglo XXI debe estar explícitamente incluido en la tríada república, justicia social y desarrollo  (herencia cronológica del radicalismo, peronismo y frondicismo, respectivamente). Ello implica asumir que con la democracia no se come, ni cura o educa, y que la justicia social sin desarrollo es pura demagogia clientelista. Los tres conceptos son inescindibles y por ende inmanentes del nuevo tiempo argentino antes de que concluyan los Bicentenarios.

Cada uno de esos términos incita una cadena de acciones políticas para el corto, mediano y largo plazos. Se pueden dar múltiples explicaciones o justificativos de las razones por las cuales hasta ahora no han funcionado “trinitariamente” y, si lo han hecho, fue en bajo rango. La síntesis permitirá zafar de una vez de la tentación “fundacional” de los liderazgos ocasionales, que no “perforan” la Avenida Gral. Paz o -cuanto más- el conurbano bonaerense.

Introduzco una reflexión adicional acerca del resurgimiento de los partidos políticos, insinuada en todo el mundo: más temprano o más tarde, inducido o no, tendrán que amigarse con la sociedad. Esta presunción supera los interesados reclamos de bipartidismo: las recientes PASO nacionales y provinciales remarcan el pluralismo político, sin perjuicio de la conformación de alianzas varias. Paradójicamente y pese a esta tendencia, los resultados reflejan que el electorado aún vota personas, no ideas.

Hace tres décadas el electorado tuvo clara su opción; sin embargo todavía sigue insatisfecho. La pobreza extrema que no cede, la corrupción estructural, el enriquecimiento personal a costa del Estado, las sucesiones dinásticas “republicanas”, el afán reeleccionista, la violencia social y la inseguridad conspiran peor que militares obnubilados y de allí el desencanto que huele la traición. ¿Hasta cuándo tensarán la cuerda? Quo usque tandem abutere patientia nostra…

Posiblemente para 2015 ronde otra vez el voto castigo y por la misma razón, las formas, que en este caso claramente no pasa tanto por la democracia en sí (que no se discute) cuanto por sostener el respeto a la división de poderes, por imponer un federalismo de concertación, garantizar la seguridad pública, privilegiar la transparencia afianzando los sistemas de control.

Y el desarrollo, ¿tampoco estará esta vez en la agenda y en la terna? Asumo que la dirigencia actualmente en vidriera sigue sin entenderlo cabalmente o quizás lo considera implícito; sabemos que no es así, pues se trata del término inconcluso de la síntesis.

Quizás una ciudadanía con relativa madurez cívica y tendencia a la anomia, tranquilice su conciencia apegándose a las formas. Y convengamos que las formas importan mucho después del vendaval kirchnerista, sobre todo a las clases medias cuyo protagonismo condiciona la agenda política acá y en todo el mundo.

Como el náufrago, busco una luz en el horizonte y no veo nada. Pero para qué preocuparse, si apenas somos polvo y ceniza.