Sexo, drogas y pactos, juntos y revueltos en las elecciones de Salta

Nadie es capaz de aventurar hoy si dentro de treinta años habrá hemerotecas digitales que documenten lo que está sucediendo en estos días o, si por el contrario, los registros informáticos de hoy perecerán mañana a causa de un gran cataclismo tecnológico que convertirá en humeante chatarra a miles de millones de discos duros en todo el planeta.

Pero si tuviésemos la desgracia de que toda esa información sobreviva al paso del tiempo y a las amenazas tecnológicas y medioambientales, estoy seguro de que los salteños de la siguiente generación se sentirán profundamente avergonzados de los políticos que los precedieron.

Nada hace prever que nuestros dirigentes del año 2043 serán mejores que los actuales. Más bien todo lo contrario. Pero será difícil que en el futuro alguien consiga superar las marcas de vulgaridad, cinismo y zafiedad que los políticos salteños de 2013 han establecido en estos días sin apenas esforzarse.

Solo la posibilidad de que en lo que resta para llegar a 2043 desaparezcan para siempre los blogs, los tuits, las webs y toda la parafernalia tecnológica en la que hoy volcamos nuestras vivencias, alienta la esperanza de que nuestros nietos y bisnietos no lleguen a conocer nunca la realidad que hoy nos toca vivir. Solo un colapso informático a gran escala podría evitar que las generaciones venideras se enteren hasta qué punto llegó alguna vez la degradación de la vida pública y el debate político en Salta.

Quizá sea conveniente que entre todos hagamos un esfuerzo por ocultar o por olvidar que, solo para arañar un puñado de votos por la izquierda, alguien se animó a relatar sus precoces e inocuas experiencias con la marihuana. O que, para despertar transitorias simpatías en el seno de la comunidad gay, alguien recordó que alguna vez rechazó galantemente una proposición homosexual, que en otras condiciones tal vez hubiera aceptado gustoso.

Habría que hacer también un esfuerzo por evitar que la historia dedique aunque sea medio párrafo a recordar cómo alguien, en pleno siglo XXI, con la sola intención de ganar unos cuantos votos, denostó a un adversario denunciando su supuesta relación homosexual; o cómo el aludido respondió a la ofensa recordando las célebres borracheras y los desórdenes morales de su ofensor en festivales folklóricos y otras juergas.

Si la historia se pudiera escribir a fuerza de tuits, los salteños de 2043 se preguntarían seguramente por qué los pactos entre políticos estaban tan mal vistos treinta años atrás. Se preguntarían también cómo fue posible alguna vez que las denuncias de pactos, acuerdos, contubernios y componendas hayan sido utilizadas como un arma arrojadiza contra el adversario, para mermar su audiencia electoral, y no como un recurso para mejorar la convivencia y alcanzar con más facilidad y transparencia los objetivos políticos.

Si en el futuro alguien sintiera la necesidad de elaborar el retrato robot del político salteño de 2013, seguramente buscaría dejar plasmada en el bosquejo la figura de un varón, de cuarenta y pocos años, profundamente homófobo pero con claras inclinaciones homosexuales, con propensión al consumo de sustancias, duras y blandas, pero paladín en la lucha contra la droga y partidario del derribo de aviones; enemigo declarado del aborto, pero responsable de varios; aficionado a las borracheras babosas, pero partidario de la ley seca; rico hasta la náusea, con extensas propiedades inmobiliarias en el chaco salteño, pero con toda la familia apuntada a las viviendas públicas que se construyen en barrios marginales; y con una vocación oculta por el pacto espurio, las mujeres de los amigos y los maridos de las amigas.

Si este retrato frankesteiniano llegara a ver la luz alguna vez en 2043, los salteños del futuro encontrarán seguramente en él la explicación de sus males, presentes, pasados y futuros.