El paso del Dakar por Salta y la inequidad social del turismo lugareño

El paso del rally Dakar por Salta ha dado pie al gobierno de esta Provincia y a un grupo de empresarios a celebrar, otra vez, la excelsitud del turismo lugareño. Tanto para los gobernantes como para los que se benefician directamente de una actividad socialmente inequitativa, el hecho de que la competencia automovilística iternacional atraviese Salta es la confirmación de la «buena marcha»  de la actividad turística en nuestra provincia y una seña de su inserción en el mundo.

Pero ¿es esto efectivamente así?

El siguiente artículo, publicado originalmente en estas páginas el pasado 21 de julio de 2013, lo pone en duda:

La Organización Mundial del Turismo ha dado a entender con suma claridad que el crecimiento de la actividad turística en los países en vías de desarrollo tiene dos caras muy bien definidas: Por un lado, aquella que muestra al turismo como una fuente de divisas y de ingresos de primera importancia, y por el otro una cara, no tan visible, que muestra cómo aquellos ingresos no siempre se reparten equitativamente y a menudo se obtienen a expensas de la sobreexplotación de los recursos naturales y culturales de los diferentes destinos.

El turismo -especialmente el que se practica en países con una estructura económica endeble y con un deficiente diseño institucional- dista mucho de ser una actividad neutra. Al contrario, hablamos de una actividad que, dependiendo de la forma en que sea implementada, puede tener un impacto positivo o negativo en materia medioambiental, económica y cultural.

Es cierto que el turismo puede erigirse en el motor del desarrollo económico y ser capaz de generar empleo e impulsar iniciativas productivas. Pero lo que es cierto para países más organizados, con instituciones fuertes y eficientes y con niveles razonables de equidad social, no lo es tanto para aquellos en donde el turismo florece de golpe y se desenvuelve en un entorno social en donde reinan la precariedad laboral, la baja cualificación, los magros salarios y un sistema fiscal regresivo.

En este tipo de espacios -de los que Salta es un ejemplo paradigmático- la industria turística tiende a generar empleo estacional, inestable y poco cualificado, algo que por otra parte es común a casi todas las actividades económicas en las que se verifica una gran concentración empresarial.

En ciertas comunidades locales, solo un pequeño grupo de gente (por lo general, la oligarquía lugareña) está relacionado con la actividad turística. los puestos de mayor cualificación, responsabilidad y remuneración se destinan, bien para los integrantes de aquel grupo, bien para personas venidas de ciudades más grandes o, incluso, de otros países.

Por debajo de ellas, la mayoría de las personas empleadas en la industria turística se enfrentan a largas y muy irregulares jornadas de trabajo, mínima seguridad laboral, trabajo estacional y salarios bajos.

Según los estudios de la OMT, en los países en vías de desarrollo, más de dos terceras partes de los ingresos procedentes del turismo -especialmente del internacional- nunca llegan a la economía local. No solo la concentración de carácter oligopólico influye en este fenómeno; también lo hace la presencia de un sistema fiscal ineficiente, los privilegios de clase, el sesgo clientelar de las políticas gubernamentales y la existencia de una red de empleo en la que impera el trabajo informal, no registrado.

Los beneficios multiplicadores de la actividad turística generalmente son mucho menos importantes de lo que las cifras de ocupación hotelera y pernoctaciones sugieren, toda vez que la mayor parte de los «inputs» (productos, servicios, materiales) se adquiere en otros lugares.

Del dinero que produce el turismo, la mayor parte va a parar al bolsillo de los sectores más favorecidos, sea de la población local, sea de los empresarios foráneos que han hecho inversiones en el lugar (propietarios de hoteles, touroperadores, etc.). Bajo determinadas condiciones, la mayor afluencia de turismo extranjero puede ser incluso muy negativa para el conjunto de los habitantes del lugar por su capacidad de generar inflación local.

Conforme acertadamente señalan Cañada y Gascón en su «Guía del turismo responsable», la revalorización de los recursos autóctonos se traduce muchas veces en procesos inflacionarios que se derivan del aumento de la demanda de la tierra, el agua o los alimentos, con el resultado de un encarecimiento de la canasta familiar, la dificultad de acceder a una vivienda o la expulsión de campesinos por el aumento de las rentas agrarias.

Por lo demás, la actividad turística es inestable y volátil, muy expuesta a fluctuaciones por factores políticos, tensiones sociales o catástrofes naturales. Todo ello la convierte en una vía de desarrollo frágil y peligrosa, especialmente para las comunidades más pobres, con bajos niveles de cohesión social y territorial.

Cuando el boom turístico se produce en el contexto de una economía poco diversificada y los agentes económicos magnifican más allá de lo razonable la importancia de este sector como motor del desarrollo, se producen problemas semejantes a los que afectan a las economías basadas en la agricultura de monocultivo para la exportación, como la dependencia de los precios del mercado internacional o los altos niveles de riesgo derivados de la escasa diversificación.

Finalmente, el turismo enclavado en la pobreza y la desigualdad social acarrea el peligro de banalización de la cultura local. El turismo 'alegre' como el que se practica en Salta bajo el generoso paraguas moral del gobierno, que huye de cualquier autocrítica y que manifiesta una vocación permanente por la autoadmiración y el autobombo, tiende a despojar de significado a los elementos tradicionales de la cultura local.

El turismo se convierte así en un objeto de adoración y en una seña de identidad del orgullo local; es decir, en una especie de símbolo sagrado que todos deben venerar y que nadie tiene el derecho de criticar. Este tipo de servidumbre ciudadana hacia una actividad económica, a la que se considera emblemática y forjadora de la identidad local o nacional, solo registra antecedentes en los antiguos países de la órbita soviética.

En un modelo de desarrollo turístico como el que -sin reflexión ni debate- ha adoptado Salta, el territorio y el entorno han dejado de ser el espacio vital de los habitantes para convertirse en una mercancía más cuyo valor depende ahora de su capacidad de servir como centro de servicios para el turismo.

Aquellos elementos tradicionales de la cultura de los que hablábamos antes son sometidos a un proceso de vaciamiento tras el cual solo quedan la imagen, el folklore y lo epifenoménico -una caricatura de la cultura local- que se suman así al 'paquete' como accesorio de la mercancía principal.

El crecimiento del turismo en Salta, en contra de lo que intentan vender el gobierno y los aficionados que con solemne impavidez anidan en las oficinas públicas, es el resultado de una combinación moderadamente afortunada de ponchazos y suerte. Si pusiéramos en relación este crecimiento con otros componentes de la realidad que definen con exactitud las coordenadas socioeconómicas en las que el turismo de Salta se sitúa, cualquiera podría darse cuenta inmediatamente que las actitud más irresponsables son las de echar las campanas al vuelo, aplaudir cualquier estupidez relacionada con el turismo y condenar al infierno a los que se animan a esbozar la más mínima crítica.

El crecimiento del turismo en Salta, antes que un factor disparador de sentimientos paralizantes como el orgullo, la satisfacción o la euforia irracional del hincha, es una invitación a la responsabilidad y un serio llamado de atención que nos convoca a superar aquellas debilidades estructurales que impiden que un mayor nivel de actividad se traduzca en un aumento proporcional de la riqueza y en mayor bienestar para todos los salteños, y no solo para unos pocos.