El actual Intendente de Cerrillos no había nacido cuando a finales de la década del cuarenta, en un extremo del viejo pueblo, la parcelación de las tierras de la Fundación Michel Torino dio paso a una vasta y bien planificada zona residencial que más tarde se conoció con los nombres de Villa Los Tarcos (al Oeste) y Balcón de Los Tarcos (al Este). A pesar de que el actual regidor municipal ejerce su cargo de forma casi vitalicia y lleva décadas enteras como mandamás absoluto del Municipio, han tenido que transcurrir sesenta años para que a este buen hombre se le encendiera la lamparita y se le ocurriera que ya está bien de tanta calle de tierra, de tanto polvo, de tanto barro, de tanto ripio desperdiciado, en un barrio de tanta solera como Villa Los Tarcos.
Para muchas administraciones municipales cerrillanas, asfaltar una sola cuadra constituía una empresa de envergadura semejante a la construcción de El Escorial o de las Pirámides de Egipto.
Y no tanto por falta de recursos, porque cuando estos no escasean, el asfalto de las calles (verdadero precursor de la civilización) se convierte en una prioridad de segunda magnitud frente a otros «imperativos» de la gestión municipal como el diario sustento de los familiares y amigos de los intendentes del lugar.
Cuando ha habido para pavimentar, las primeras calles beneficiadas fueron aquellas sobre las que se encontraban edificadas las viviendas de los intendentes o las de sus parientes más cercanos. Cansados de que sus potentes camionetas de doble tracción se queden atrapadas en el barro, los intendentes solían resolver así un problema que, en realidad, afectaba a un poco más de gente. Así ha ocurrido siempre.
Con el paso del tiempo y con la inestimable colaboración de la inercia criminal de los responsables del Poder Municipal, Villa Los Tarcos se ha convertido en un suburbio con alarmantes carencias de servicios públicos esenciales, mortificado por la inseguridad, vulnerable a los vientos en invierno y a las inundaciones en verano, con un transporte deficitario, sin coherencia urbanística y con un futuro realmente comprometido.
Cuando Cerrillos tenía un cuarto de los habitantes que hoy tiene, el Intendente del lugar -que no era el actual, pero que por su incompetencia bien podría haber sido- enfrentaba una complicada situación política que lo mantenía al borde de la destitución. Acorralado, el hombre se sinceró frente a uno de sus «mentores» políticos y le dijo: «Mire doctor, están por echarme, así que la última obra que voy a hacer es mandar a pavimentar la calle que pasa por mi casa y la de su papá».
No le dio tiempo a acometer tan faraónica empresa. El hombre cayó estrepitosamente y la vieja calle prolongó lo estado rústico por más de cuarenta años, hasta hoy, fecha en que el Intendente Corimayo anunció pavimentará la mitad de ella solamente, lo que ya es un acto de justicia.
Cuando el progreso llega un poco tarde ¿también nos tenemos que quitar el sombrero?