El Gobernador de Salta es hoy un hombre claramente desnortado. No solamente porque ha perdido el norte con minúsculas (sus metas y sus objetivos) sino trambién porque ha extraviado el Norte con mayúsculas, es decir, aquel punto cardinal del horizonte que los humanos encontramos en dirección opuesta a la situación del sol a mediodía. En Orán, en donde precisamente el Norte es mucho más Norte por su ardiente sol del meridiano, a Juan Manuel Urtubey se le hizo repentinamente de noche.
Así ocurrió al menos durante los interminables minutos que duró la sonora protesta con que un puñado de oranenses recibió al mandatario, quien horas antes había arribado a la orgullosa ciudad del trópico salteño para publicitar, en campaña electoral encubierta, las bondades de «su sangre».
Aquel grupo de indignados oranenses no entendió muy bien el gesto jubiloso y magnánimo con el que Urtubey fue a inaugurar una colorida fuente de aguas danzantes, mientras los habitantes de la segunda ciudad de la Provincia sufren los embates de la inseguridad, el delito, la pobreza, el tráfico y el consumo de drogas, las obras inconclusas del Fondo de Reparación Histórica y el peso de una política que instrumentaliza y posterga a los oranenses.
Solo la eficaz acción del Ministro de Seguridad, Eduardo Sylvester, evitó que la noche si hiciera mucho más larga y oscura para Urtubey. Un enorme y sofisticado escudo policial -más propio de un líder libanés- protegió al mandatario salteño de la ira de los enfurecidos vecinos, mucho de los cuales no vieron con buenos ojos que el dinero de sus impuestos estuviera siendo utilizado para pagar la campaña del hermano del Gobernador.
Orán es un punto clave en la compleja contabilidad electoral de la Provincia de Salta. Cuando las proyecciones anuncian un resultado ajustado en la capital provincial, es generalmente este importante Departamento el que inclina la balanza hacia una u otra fuerza política.
Cuando esto sucede, en Orán se vuelcan ingentes recursos. Pero no para mejorar la vida de quienes más lo necesitan, sino para asegurar el resultado electoral; es decir, para seguir considerando a los oranenses, como antaño, ciudadanos de segunda.
El plañidero discurso de la inclusión y de la postergación histórica con que en algún momento Urtubey consiguió seducir a los habitantes de esta parte de la Provincia muestra ya signos de evidente agotamiento. Solo con retórica es imposible gobernar y conseguir la adhesión de los ciudadanos. Y Urtubey lo sabe.
A estas alturas, ya todos se dan cuenta de que el proyecto de Urtubey de corregir los graves desequilibrios interterritoriales y de cohesionar a la Provincia ha fracasado.
Por tanto, y ante la proximidad de las elecciones, solo queda volver a las recetas del Manual del Buen Tirano; es decir, a las inauguraciones seriales de obras y servicios, normalmente inútiles y probadamente caros.
Pero el buen tirano de estos días echa de menos la gente dócil, crédula y sumisa de los años 30 del siglo pasado. Extraña el candor con que antaño el hombre humilde del trópico recibía a los oligarcas del valle central.
Ayer los oranenses han dado muestras claras de que la demagogia electoral más barata no es el camino indicado para superar atrasos y reparar injusticias. Y de paso, le ha señalado a Urtubey dónde está el Norte que ha perdido.