Con pocos años y demasiada osadía, me tocó enfrentar una vez, cara descubierta, a un sumariante cerrillano que había detenido ilegalmente a un perro conocido, que no era mío, debo aclarar. Esta historia ya fue contada varias veces, por lo que no me detendré en los detalles. Sólo quiero recordar que a raíz de mi enfrentamiento dialéctico con el desorientado policía, del que podía deducirse -con mucha suerte- la interposición verbal de un hábeas corpus en favor del así llamado "can agresor", el perro fue exitosamente liberado de su cautiverio, pero su auténtico dueño fue encarcelado en aquel mismo momento por un desacato a la autoridad que sólo a él era imputable.A pocos metros de aquella centenaria comisaría, en la parte de atrás del galpón municipal, colgaba un cartel hechizo que rezaba: "Proevida (sic) la entrada de personas agenas al Municipio". Como me pareció que aquella leyenda, más que una prohibición, era una invitación a entrar, una vez me mandé hacia el interior del galpón con una insolente seguridad, hasta que un vigilante del lugar me pidió los documentos y, tras examinarlos, me hizo notar mi "agenidad al Municipio".
Al darme cuenta de que el vigilante no era vecino del lugar, me dirigí a él intentando hacerle comprender que, en mi calidad de vecino y residente del lugar, no podía considerarme yo "ajeno al Municipio", porque formaba parte de él, y sí en cambio él, que no residía allí. "Si usted quiere prohibir la entrada a personas ajenas a la Municipalidad, que es bastante diferente, debe de cambiar el cartel de la entrada, y tal vez ajustar un poquito su ortografía, le dije".
Desde luego, era yo ajeno a la Municipalidad, porque no formaba parte de ella ni como responsable político ni como empleado. Pero el vigilante, que era ajeno al Municipio, formaba, en cambio, parte de la Municipalidad, de aquella "Municipalidad agresora", cabría agregar.
Por esta razón es que siempre que leo en la prensa salteña que los términos Municipio y Municipalidad se utilizan de forma indistinta, como sinónimos o palabras libremente intercambiables, se me disparan los recuerdos; se me pianta un lagrimón, como dice el tango.
Estoy seguro de que, con mi erudita explicación, aquel vigilante debe haberse hecho un embrollo teórico que dura hasta el día de hoy. Pero sigue sin parecerme apropiado confundir entre el Municipio, entendido como un conjunto de personas que viven muy próximas en un mismo término jurisdiccional y que están sometidas a un poder local común, y la Municipalidad que sólo indica al sujeto (y al conjunto institucional) que ejerce aquel poder. Del mismo modo que no conviene confundir Estado con Gobierno, aunque ésta es una distinción quizá un poco más visible.
Si hubiera que echar mano de alguna palabra que englobe el fenómeno municipal y que sirva para designar tanto el ámbito humano como el territorial, así como el sujeto que ejerce el poder sobre ambos, soy partidario de incorporar al idioma español la genial construcción verbal de una criolla de los valles, a la que conocí, que cada vez que tenía que ir a pagarle los impuestos al intendente de Amblayo decía que se dirigía a la "Munísima Palidad".