Algunos hinchan todavía más el pecho de orgullo, cuando ciertos problemas locales se convierten en "causas" nacionales, agitados por la gran prensa del Puerto y fogoneadas por activistas de 'cobertura nacional'.Decir que los problemas de Salta deben ser resueltos sólo por los salteños comporta una pedantería inadmisible. Puro chovinismo. Pero no puedo resistirme a decir que cuando intuyo que algunos problemas nuestros, como enfermedades, pobrezas o injusticias varias, van a ser "cubiertos" por la prensa porteña y convertidos en "causas", con líderes, abanderados y 'corresponsales en Capital Federal', echo a temblar como una hoja.
No sólo porque he comprobado que la intervención de los "grandes medios" no ayuda a una más rápida y eficaz solución de nuestros problemas, sino -y muy especialmente- porque salta a la vista que el tratamiento sesgado de ciertos temas por cierta prensa, sólo busca exacerbar los ánimos, no para encontrar soluciones a los problemas locales, sino para hallar titulares de "largo recorrido" para aquellos medios que viven y subsisten de la perpetuación de algunos problemas.
Tiendo a pensar que cuando la prensa "distante" aborda los problemas de Salta, no sólo equivoca sus enfoques, sino que lo que hace es aumentar tan considerable como innecesariamente los niveles locales de intolerancia y de crispación. Me parece estupendo que haya porteños que se muestren "indignados" por el hambre que padecen cientos de miles de salteños, pero a ellos les pediría, por favor, que dejen a los salteños elegir si la "indignación" al estilo porteño es la mejor de las reacciones posibles frente a esta y otras injusticias.
{xtypo_rounded_left2}...por favor, que dejen a los salteños elegir si la "indignación" al estilo porteño es la mejor de las reacciones posibles frente a esta y otras injusticias...{/xtypo_rounded_left2}Puede que los porteños consideren a nuestros salteños más pobres como dóciles, sumisos o poco adoctrinados, y en consecuencia actúen, no para revertir la pobreza (son muy pocos los que abandonan las comodidades de sus amplios pisos de Palermo para instalar comedores populares en la selva salteña), sino para "concienciarnos" (es decir, para educarnos a nosotros, ignorantes pajueranos) y para propagar la "indignación" cómo metodología única de lucha contra la pobreza.
Permítanme decir que la "indignación" no provoca "indigestión" ni "indexación"; es decir, que nadie come de ella; ni con ella aumentan los salarios por arte de magia. Las decisiones democráticas no se adoptan por "indignación" sino por "necesidad". Y se necesita algo más concreto y tangible que la simple ira para luchar contra el fenómeno de la pobreza. Para empezar, se necesita tomar conciencia del fenómeno de forma serena y sosegada. La "indignación" (que significa ira y enfado vehemente) nubla el entendimiento y nos coloca en los umbrales de la violencia.
Hasta tanto las soluciones aparezcan, parece mucho más razonable -y salteño- difundir valores de solidaridad, de cooperación, de confianza, de prudencia y de tolerancia, que echarse a las amplias avenidas porteñas a lanzar improperios en contra de la desnutrición en Salta o en Formosa, para después rematar la fiesta llenándose la panza de nuggets y big macs en un McDonald de la calle Corrientes.
Muy pocos son los "indignados" que realizan aportes solidarios en efectivo y en especie para conseguir salvar de la desnutrición a los niños de Salta. Es preferible, cuando no más económico, "indignarse" en los medios y lograr transfundir esa indignación a los indolentes y sumisos pobres salteños.
Las actitudes crispadas, la indignación, la intolerancia, el estímulo a las rebeliones populares en pequeñas comunidades (nadie se animaría a rebelarse violentamente contra el señor Macri, a pesar de la aterradora pobreza de los barrios porteños más olvidados) son actitudes que, lejos de ayudar a los salteños en sus reivindicaciones más legítimas, muy lejos de propiciar una solución razonada y razonable a los problemas, nos alejan a todos del objetivo.
Ha pasado en Tartagal, en donde la prensa más oportunista ha magnificado aspectos insignificantes y minimizado otros mucho más importantes; o, recientemente, en Cafayate, en donde urge una investigación profunda sobre el buen funcionamiento del hospital local, objetivo ensombrecido ahora por una reciente asonada popular, fogoneada por ciertos personajes mediáticamente "indignados" en la cómoda y hedonista ciudad de Buenos Aires. Ha pasado con los desmontes, ya que a nuestros bosques los defienden mejor quienes apenas si han visto un árbol en su vida, y mucho mejor por quienes plantan macetitas de hierba en minúsculos departamentos de 30 m2; y pasa con nuestros aborígenes, que más que salteños y hermanos de otros salteños, parecen hijos de algunos ucranianos, piamonteses, lituanos, pontevedreses, sirios, húngaros, almerienses, y otros inmigrantes, nacidos en Buenos Aires y sus alrededores, que "militan" en organizaciones que dicen querer defenderlos, "sin tener el gusto" de conocerlos.
Frente a tan emocionante desborde de solidaridad transfronteriza y transétnica, sólo cabe agradecer a quienes se preocupan de lo que sucede en Salta. Pero, por favor, no insulten la inteligencia de los salteños queriendo poner por delante sus propios valores e intereses; déjennos abordar nuestros problemas y permítanos abocarnos a resolverlos, aun con la cansina parsimonia que nos caracteriza, pues detrás de nuestra aparente desidia hay una actitud ancestral de un pueblo sabio que no se "indigna" ni "milita", por lo menos, no antes de intentar hacer primar la cordura, el sosiego, la cooperación cercana, la fraternidad y las buenas formas.
Estos señores que se dicen tan "respetuosos" de los rasgos culturales de los "pueblos originarios", hasta el punto de defender su derecho a la autodeterminación, debieran practicar este respeto de forma efectiva y meterse en sus propios asuntos.