
La destemplada reacción a las palabras del señor Aráoz parece ignorar que el desobediente y potencialmente belicoso jefe gaucho no ha hecho otra cosa más grave que poner en el plano de las palabras lo que desde hace muchas décadas sucede en el plano de los hechos: La Provincia de Salta es, efectivamente, de los gauchos.
Sinceramente, no entiendo la obcecación del Gobernador de la Provincia por reformar la Constitución, cuando a la vista de todos está que el poder constituyente originario no reside en el pueblo (silencioso, laborioso y sumiso) sino en estos gauchos taimados e improductivos que cada vez que las cosas les vienen torcidas no dejan de recordarle a las falsas autoridades que todo poder sobre esta tierra deriva de ellos; que son ellos los que, cuando se les antoja, retroceden a voluntad la autorización precaria que han dado a algunos para gobernar y que pueden hacer tal cosa (revertir el poder hacia sí) las veces que haga falta.
Basta con detenerse y mirar alrededor para comprobar que todo en Salta está dominado por los gauchos. Que nuestro atraso secular se explica, en gran medida, por la enorme influencia que ejerce el tradicionalismo sobre nuestras instituciones y sobre las decisiones que estas adoptan.
No importa que la gloria de los gauchos se haya extinguido hace dos siglos, con el entierro de su ocasional líder. No importa que desde entonces el gauchaje (como se los llama estos días en los medios de comunicación) haya venido enhebrando derrota tras derrota en cuanta causa civil haya colocado sus garbanzos (recuerden lo que pasó con el aborto y los pañuelos verdes del suelo de la Plaza Belgrano).
Tampoco importa que sus amenazas de hacer tronar los guardamontes por encima de la Constitución y de la Novena del Señor del Milagro suenen cada vez más ridículas, cada vez más potencialmente delictivas, cada vez más impracticables. Los gauchos, en realidad, son los auténticos señores de la tierra; pero no en el sentido que a la palabra señor los seres humanos normales le atribuimos en las relaciones sociales, sino en su sentido medieval de «persona que posee estados y lugares con dominio y jurisdicción, o con solo prestaciones territoriales».
Salta es gaucha, sí. Pero también es feudal en el más prístino sentido de la expresión, porque a los gauchos les interesa que lo siga siendo y porque, en este caso, el príncipe y el señor coinciden sobre un mismo territorio, pero sus potestades son completamente diferentes. El príncipe se encarga de recaudar los impuestos, pero una ley no escrita dice que de la recaudación deben beneficiarse los gauchos, que desfilan, organizan comilonas pantagruélicas y beberajes de antología, con cargo a los presupuestos del Estado, muchas veces sin contribuir en lo más mínimo a la formación del erario.
El pulso entablado entre el tradicionalismo y la seguridad sanitaria tiene un ganador cantado de antemano. No hay enfermedad, por grave que sea, que eche para atrás a un gaucho. Una ley o una resolución administrativa no significan nada para aquellos que con un solo pedo que se tire su caballo piensa que tiene el mundo a sus pies.
No es cuestión de pensar que debemos dejar que los gauchos hagan su voluntad. No somos nosotros los que les damos permiso a ellos. Es exactamente al revés, pues a ellos (los gauchos) los ciudadanos (que no lo somos) debemos agradecer que nos permitan vivir en una especie de ficción de república. Al fin y al cabo son ellos (aunque no exactamente ellos) los que han conquistado para nosotros y para nuestra posteridad la tan ansiada libertad. Si todos los días nos la recortan un poquito, ¿qué razón hay para esperar que los ultratataranietos de los guerreros de antaño no nos asfixien ahora cuando van a celebrar sus doscientos años de hegemonía sobre la misma sociedad ignorante que los ha ungido por arte de magia como sus ángeles protectores?
Desde 1821 en adelante, los gauchos no han demostrado ningún talento superior al que emplean para desafiar la ley y las instituciones. Sería realmente ingenuo de nuestra parte pensar -como dice el tango- que doscientos años no es nada y que los gauchos libertadores del siglo XIX son también los libertadores del siglo XXI. Les va mejor, en mi opinión, el traje de liberticidas, que es el que normalmente usan en sus noches de gala, con el pañuelo reglamentario de 120x120, con el cual no podrán detener los abortos, pero con el que les sobra para zarandear nuestro ya vapuleado Estado de Derecho y poner de rodillas hasta al gallo más pintón del gallinero.