Los infectócratas

  • Hasta hace bien poco, pensaba que en un tiempo histórico razonable (tres o cinco años) nuestra civilización llegaría conocer con la mayor exactitud posible lo que realmente ha sucedido con la pandemia provocada por el nuevo coronavirus.
  • Conspiraciones sociedad anónima

Pensaba así porque entre lo que se podría llamar la «historia oficial» de la enfermedad (la que escriben las grandes organizaciones mundiales, los gobiernos y las comunidades científicas más numerosas) y las historias «conspiranoides» echadas a rodar por miles de expertos excéntricos, pseudoinvestigadores, charlatanes profesionales y crédulos de baja autoestima, existe una brecha que con un poco rigor y una pizca de perspectiva histórica se podría llegar a reparar, en beneficio de la verdad y de la tranquilidad del género humano.


Pero parece que unos y otros no quieren que nos relajemos. Unos, porque conviene a su estrategia de mando; otros porque disfrutan viendo cómo la gente padece todos los días con el jesús en la boca, por puro sadismo.

Ahora pienso, sin embargo, que es ya muy difícil que la brecha se pueda curar en solo tres o cinco años. Es probable que nuestros nietos, dentro de sesenta u ochenta años ni siquiera tengan la suerte de saber qué ha ocurrido con las sociedades humanas y su relación con los organismos invisibles en el turbulento comienzo de la tercera década del siglo XXI.

De repente me ha parecido ver que entre los dos grupos antes identificados los llamados infectólogos (los expertos en la prevención, diagnóstico y tratamiento de las enfermedades producidas por agentes infecciosos) han cedido su lugar a los infectócratas, que de enfermedades infecciosas no saben un pepino, pero a los que Dios ha bendecido con el talento de asustar a la gente.

Hace años, tuve el privilegio de servir de nexo entre dos personas (un abogado de renombre y un médico de alto copete), que se intercambiaban consultas sobre asuntos de sus respectivas materias de competencia. El médico había sido engañado por un primo que le había hecho suscribir una participación social en una empresa fantasma exportadora de commodities, con la que el primo -productor agropecuario- hacía grandes negocios, pero dejando al parecer algún fleco suelto en materia de liquidación de divisas ante la autoridad recaudadora competente.

Así fue que el inocente médico se vio casi de golpe inhibido, sin posibilidad de renovar su pasaporte y con algunos otros inconvenientes menores, porque el asunto, a decir verdad, era venial. Ni la cantidad de divisas adeudada era monstruosa ni la conducta del primo pudiente un acto de mala fe galopante. Pero su amigo el abogado, sabiendo incluso de que el amigo médico podía tranquilamente solucionar estos problemas, le pintaba el expediente como irresolublemente perdido y le anunciaba un futuro trágico, tanto para él como para su familia.

Mientras tanto, el abogado en cuestión, insomne e hipocondríaco, solía consultar con su amigo médico -el inhibido- sus problemas estomacales, sus dolores de espalda, la hinchazón de sus articulaciones y hasta algún golondrino que le había salido. Además, el amigo le recetaba pastillas para que pudiera dormir.

Cuando por otro abogado -de esos metiches que nunca faltan- el médico se enteró de que el expediente de aduanas, en vez de amenazarle con una condena segura al ostracismo era un expediente llevadero y fácilmente reconducible con un par de recursos, estalló en ira contra su amigo/paciente, y dijo: “Este se va a cagar. La próxima vez que me consulte por su reflujo le voy a decir que tiene cáncer”.

Asustadores y alarmistas como estos dos abundan en el mundo, aunque no es muy frecuente el caso de dos que se asusten mutuamente. Pero esta ilustre casta ha parido a los que nos dicen que para el próximo otoño (primavera en el hemisferio sur) los agentes de C.A.O.S. ya tienen previsto lanzar un nuevo virus, como si fuera la próxima colección de una casa de alta costura.

Son como aquella señora pelirroja que a finales de un verano lluvioso en Cerrillos le dijo a un grupo de jovencitos católicos que para ese año había un «vaticinio» de lluvias continuas hasta junio (una reedición del Diluvio Universal en el valle de Lerma), olvidándose quizá que en el mundo de la meteorología existe la palabra «pronóstico». Recuerdo que todos entonces salieron obsesivamente a la calle a buscar su particular monte Ararat.

Los asustadores de hoy en día ya no mentan el Arca de Noé pero también meten miedo a la gente con poca información. Con un poco de arte también asustan a los gobiernos, que, despistados y ansiosos, salen a acaparar vacunas, juntar bidones de cloroquina y llenar los almacenes sanitarios de mascarillas, trajes espaciales, cabinas de bubble boy y guantes de látex que tal vez nunca -y ojalá que así suceda- sean necesarios.

Algunos, como una intendentita medio capanga que conocemos, manda a cavar fosas comunes en un cementerio donde ya no caben ni los mosquitos como si Felipe Varela viniera degollando por los cerros de Tacuil. Eso, por supuesto, no antes de anunciar por las suyas -es decir, sin respaldo empírico- que el virus está campando por sus respetos en los barrios por los que ella circula vestida de falso Chanel.

El miedo mueve montañas, pero también mueve algunos cerros de estiércol de escasa altura. Así lo demuestran las acordadas de la Corte de Justicia de Salta, que ante la más mínima insinuación de que puedan producirse contagios y muertes por la epidemia mandan a cerrar los tribunales y clausurar el préstamo de expedientes, como si la llave de la justicia la tuvieran ellos, como si una de las funciones esenciales del Estado fuera un mercadillo callejero de quita y pon.

Los infectócratas se mueven en la luz pero operan en las sombras. Ante nuestros ojos aparecen como si fueran los salvadores de la civilización, pero, en la intimidad, más de uno no sabe cómo proteger a su familia en un día de tormenta. Por no saber, muchos de ellos ni siquiera saben qué hacer con sus vidas, pero dan lecciones a los demás de cómo vivir las suyas.

Esta actitud tan prepotente está moviendo a la rebeldía, justo en un momento en el que la rebeldía nos puede traer más dolores de cabeza. Seguramente ya hay alguno o alguna que esté planificando un desfile del orgullo infectólógico, en donde los participantes se den besos de lengua, intercambien toses y babas y reduzcan la distancia social a -1,45 m para decir «a los infectócratas, que les den».

No sería, desde luego, el mejor escenario para nadie; ni para ellos ni para los demás. Pero ya hemos tenido un atencedente, ya que el Día del Amigo de 2020 en Jujuy pasará a la historia como un hecho casi tan trágico como la batalla de Verdún.

Por eso es que urge desmontar los mitos, las creencias y las leyendas de los negacionistas, los sospechalotodo y los descreídos por naturaleza. Los infectócratas deben dejar a los infectólogos que hagan su trabajo. Para eso han estudiado y para eso se les paga; y, aunque suene un poco mal decirlo, una pandemia para ellos es como para un abogado tener un gran juicio sobre los derechos del hombre en el Tribunal de Justicia de La Haya, para un geólogo que la madre tierra se abra debajo de sus pies durante un gran terremoto, o para un actor vallisto en ciernes una oportunidad de rodar una película bajo la dirección de Lucchino Visconti. Una oportunidad única en la vida.

Dejemos que sean ellos -los infectólogos- los que derroten a la enfermedad y no permitamos a los otros -los infectócratas- que derroten a la verdad y se carguen el rigor científico, sea que trabajen para el gobierno o para quienes les lleva la contraria.