Fantasías animadas de ayer y de hoy en las campañas proselitistas de los candidatos de Salta

  • La fantasía es el grado superior de la imaginación. Cuando todo lo que nuestra mente inventa o produce se revela insuficiente o disfuncional, nuestra imaginación se pone en ‘modo turbo’ y comienza a trabajar en el muy ancho y fértil terreno de la fantasía.
  • Elecciones a Gobernador de Salta 2019

Esa minoría selecta que en Salta busca obsesivamente acaparar lugares y despertar el interés mediático, y a la que, a falta de mejores sustantivos, llamamos con el afrancesado nombre de «elite», en su esfuerzo por hacerse ver, ha institucionalizado a la fantasía como reclamo electoral. La realidad es, para ellos, tan compleja e inasible que prefieren dejarse llevar por los sueños y las ilusiones a la grupa de caballos alados, lo cual, por cierto, es una forma bastante legítima de diferenciarse del teórico adversario.


Debemos admitir que nuestra elite se comporta de un modo ciertamente paradojal: Un poco antes de que comiencen las campañas electorales, sus integrantes se mueven con cuidado para no incomodar ni disgustar a sus congéneres; se sientan los unos con los otros y celebran interminables reuniones para ver qué posibilidades hay de ir todos juntos. Solo cuando se dan cuenta o llegan a la conclusión de que no hay lugar para todos, cada quien monta su kiosco por aparte, como los vendedores ambulantes del Milagro.

Cuando llega este momento, aquellos señores y aquellas señoras, tan parecidos entre sí, se ven en el apuro de tener que diferenciarse los unos de los otros y a veces se sienten obligados a atacarse sin piedad, simplemente porque otra salida no les queda.

A casi ninguno le importa que mañana, cuando las elecciones hayan acabado, todos se vuelvan a sentar juntos en las mismas mesas y regrese el trato comedido y medroso entre ellos. Los ataques y los insultos en campaña, por muy duros y desagradables que sean, nunca dejan heridas profundas ni huellas en el ánimo de nadie. Convertir el enfrentamiento electoral en una cuestión de principios y poner el honor personal por delante del interés en ganar las elecciones no conviene a ninguno de los que vive de este negocio.

Pero hay otras formas un poco menos violentas de diferenciarse y casi todas ellas están relacionadas con el arte de proponer soluciones fantásticas a unos problemas no debidamente catalogados. Cuanto menos identificados y precisos sean los problemas, más fantasiosas son las soluciones que se proponen. Y entre ellas compiten por ser la más «superadora», como se acostumbra a decir en Salta. Lo cual es lo mismo que decir que entre unas y otras se disputan la proeza de alcanzar el nivel fantasioso de la factoría Disney.

De lo que se trata no es de propiciar la reflexión, porque una campaña reflexiva sería suicida. El objetivo inmediato del combate -ya sea el de insultos y descalificaciones o el de las fantasías animadas- tiene por objeto apelar a las reacciones emotivas de los ciudadanos. Así como la reflexión no arrastra a nadie, la emoción -por lo menos en Salta- mueve montañas. Y más en esta época del año en la que el folklore se combina con el misticismo y la magia.

Desde luego, no hay emoción posible sin palabras grandilocuentes: por ejemplo «soberanía alimentaria» (Quilodrán), «justas oportunidades» (Guaymás), «mujeres valiosas» (Bettina Romero) u obviedades tan solemnes y peligrosas como estas dos:



La ingenuidad de los candidatos nos impulsa a pensar que Salta será un vergel, sea quien fuese el elegido. Todos prometen fabulosos prodigios, desarrollos milagrosos, bienestar generalizado, empleo como si fueran empanadas y hasta la inmortalidad de nuestros frágiles y corrompibles cuerpos vallistos. Es decir, todos prometen la solución de los problemas más graves, echando mano de lo que los franceses llaman la methode Coué, en recuerdo del psicólogo y farmacéutico Émile Coué de la Châtaigneraie (1857-1926).

El método consiste en la repetición de profecías autocumplidas, que se supone provocan la adhesión del sujeto a las ideas positivas que se impone a sí mismo y, por lo tanto, generan un bienestar psicológico o físico. El método es, pues, tan preventivo como curativo.

Las fantasías políticas salteñas no son -al menos desde una perspectiva puramente teórica- unos prodigios de generación espontánea. No solo requieren de una buena dosis de autosugestión sino también de la concurrencia puntual y exacta de dos elementos que están íntimamente relacionados con la emoción de las campañas electorales: la voluntad y la unión (volonté et rassemblement, que dirían los franceses).

Esta técnica tiene la particularidad de anular los problemas o, por lo menos, de enervar su particularidad. Por encima de cada problema particular -no importa su gravedad- hay una cuestión trascendente, que según la música que suene puede ser: el amor al poncho salteño, nuestra indómita naturaleza gaucha, la promesa de una Salta eternamente grande y próspera, el sueño todavía inalcanzado de la confraternidad provinciana, la unión de todos los salteños en un proyecto común, y una serie de aspiraciones tanto o más fantasiosas que estas, que tienen todas la curiosa aptitud de servir como cortina para ocultar que por debajo de la poesía hay miles de problemas -la mayoría graves- que esperan una solución racional, alejada de la magia y de las emociones más o menos circunstanciales.

Pero las fantasías animadas -aun las llamadas superadoras- tienen el pequeño inconveniente de que terminan pareciéndose las unas a las otras al cabo de unas pocas semanas. Es decir, que su poder diferenciador se atenúa rápidamente con el correr de los días.

De allí que para movilizar al electorado solo queden como recursos fiables el insulto, las acusaciones y la descalificación. Porque si todos son hábiles para tejer sueños, mucho más lo son para descender al barro. Es aquí y no en las alturas etéreas en donde los candidatos se sienten de verdad en su elemento. Es decir, que más de uno espera ansioso la hora en que ha de abandonar la lira para tomar el hacha y lanzarse hacia el pellejo de su oponente.

Pienso -y tal vez muchos no compartan mi opinión- que el análisis del insulto proporciona al observador elementos mucho más interesantes que la disección de las fantasías. Algunos insultos son barriobajeros y de baja calidad, pero otros -para qué negarlo- son inteligentes y sofisticados, sin perder un ápice de su capacidad dañina.

Si le dieran a elegir al elector salteño medio, este también preferiría la competencia de insultos al torneo de fantasías y ocurrencias. Es decir, preferirían el barro a las asépticas alturas de las nubes. Y no porque sean poco exigentes, sino al contrario, porque piensan que quizá en la dialéctica del insulto se ocultan las claves de la personalidad del candidato y se disimula su capacidad o su incapacidad para resolver los problemas colectivos.

Pero, en realidad, esto no deja de ser una fantasía más de la época preelectoral. Si el elector normal no es capaz de exigir a sus candidatos que en lugar de tirarse los platos por la cabeza, en lugar de competir para ver quién es el más dotado para escribir páginas fantasiosas en política-ficción o quién se desenvuelve mejor en la narrativa gótica, se dediquen a exponer de forma metódica y razonada las soluciones más adecuadas a nuestros problemas más comunes, es que al final todos convergemos -como quiere la elite- en una gran cloaca colectora que terminará convirtiendo en Gobernador de la Provincia al personaje más pintoresco y no al político más capaz y mejor conectado con la realidad.