La Defensora General y su defensa de la dignidad familiar herida

Hace bastante tiempo que la infamia, la maldad y la vileza han sustituido en Salta al reproche político y al debate sosegado de ideas. La carencia de estas últimas explica en buena medida la inusual frecuencia de las primeras.

Para algunos -como el diputado provincial peronista Pedro Sández- cualquier argumento, por infame que sea, es bueno si con él se consigue el objetivo de abatir al enemigo o, por lo menos, exponerlo al descrédito y al escarnio.

Pero hay argumentos que solo descalifican a quienes lo utilizan. Si bien, en ocasiones, estos mismos argumentos también son útiles para lograr lo que muchos desean silenciosamente pero se niegan a admitir en público: envilecer la vida política de la Provincia.

La señora María Inés Diez Gubau, Defensora General de la Provincia de Salta, ha sido víctima de uno de estos ataques desaforados e injustos que hacen recordar mucho a la célebre frase de Antonio Machado, pensada para España, pero que desde hace tiempo que se puede aplicar a Salta: En España, de diez cabezas nueve embisten y una piensa.

Porque el irracional y desmedido ataque contra la señora Diez y su familia no es precisamente un acto de fina esgrima política sino más bien el acometimiento ciego de un astado embrutecido por la furia, por esa furia que arranca el aplauso del tendido, y poco más.

La familia -sobre todo cuando se mantiene ajena a la política- es un ámbito que debería permanecer a salvo de los daños colaterales del combate político. La familia es sagrada y nadie tiene derecho a herir su dignidad exponiéndola públicamente por unos intereses mezquinos y sectarios.

En una sociedad normal -y consideramos normal a aquella donde la decencia ocupa un lugar que no necesita ser continuamente reivindicado- ataques destemplados como este solo merecen el silencio como respuesta.

El hecho de que la señora Diez se haya visto obligada a salir a defender la dignidad de su familia es sumamente doloroso; no solo para ella, sino también para esa mayoría de salteños que de ningún modo justifica que las luchas tribales de la política invadan y contaminen la vida privada de las personas.

Tal vez no era necesario que la Defensora General saliera a defenderse, pero la decisión y la valentía cívica con que lo ha hecho solo puede estimular en los salteños un sentimiento de simpatía y de solidaridad, tan intenso, que sea capaz de allanar las fronteras ideológicas y superar los estrechos esquemas mentales de las disputas políticas coyunturales.