Las ácidas declaraciones del señor Amado Boudou, en las que denuncia que el Primer Ministro David Cameron está utilizando la cuestión de las Islas Malvinas para tapar los malos resultados económicos de su gobierno -especialmente la alta tasa de desempleo-, ponen de manifiesto que el Vicepresidente de la Argentina analiza e interpreta los acontecimientos internacionales con las mismas herramientas teóricas que, desde hace décadas, emplea el peronismo para enfocar las más pequeñas disputas domésticas. Sugerir que Cameron utiliza a las Malvinas como tapadera para ocultar el desempleo es un error de apreciación bastante grave, una torpeza política evidente.
Lo es, en primer lugar, porque el desempleo -sea británico o búlgaro- es un fenómeno muy difícil de ocultar, especialmente en aquellos países que, como el Reino Unido, no disponen de un INDEC que fabrique las estadísticas a gusto y paladar de los gobernantes.
En segundo lugar, porque decir que las Malvinas sirven para tapar el desempleo británico, sugiere que el Primer Ministro se encontraría ahora mismo más preocupado por el desempleo (fenómeno que desea ocultar) que por las Islas Malvinas (cuestión que simplemente sirve para ocultar el problema anterior). Pero esto no es cierto. El señor Boudou se equivoca.
Todo indica que el gobierno conservador británico, con el señor Cameron a la cabeza, está muy preocupado por el rumbo que han tomado los acontecimientos en relación con las Islas Malvinas. Diríamos que tan preocupado, o quizá aún más, que por la creciente cifra de parados y el muy negativo impacto de la crisis de la Zona Euro sobre la economía insular.
La razón es muy simple: Cameron sabe que, a pesar de que la situación de su país dentro de los 27 no es la mejor y que sus decisiones han provocado que sea Italia y no el Reino Unido el país elegido por Merkel y Sarkozy para liderar la recuperación económica de Europa, los países continentales siguen siendo los principales aliados del Reino Unido, y que, más tarde o más temprano, el Primer Ministro volverá a someterse a la disciplina de los tratados europeos.
Al mismo tiempo, sabe o intuye, que los apoyos internacionales a la ocupación de las Islas Malvinas ya no son lo que fueron hace tres décadas: que el nuevo Canciller español, a poco de llegar a su oficina, ha desenterrado el contencioso por la soberanía de Gibraltar; que los Estados Unidos no parecen tan dispuestos como antes a seguir a pie juntillas las políticas del Foreign Office y que los países de Sudamérica han cerrado filas en torno a la Argentina, apoyándola sin fisuras la reinvindicación de soberanía sobre las Islas, y no precisamente con la retórica populista de antaño sino con hechos muy concretos.
A todo lo anterior hay que sumar un dato que, si bien no es nuevo, durante la era Thatcher fue si acaso insignificante: la opinión interna es cada vez menos favorable al mantenimiento del statu quo en las Islas Malvinas y más proclive a la negociación directa con la Argentina de un estatuto especial para los kelpers.
En otros términos, que Cameron sabe, o debiera saber, que si Alemania mantiene su ritmo actual de crecimiento el Reino Unido recuperará pronto la salud económica perdida. Pero realmente ignora cuál será la reacción de su opinión pública y la del resto de los países si la tensión que mantiene con la Argentina alcanza un punto crítico.
El Primer Ministro puede despachar el HMS Dauntless y embarcar al Príncipe William hacia las Islas, pero sus gestos no alcanzan para acallar el eco de las contundentes palabras de Lord West -el antiguo comandante del HMS Ardent, hundido por la Fuerza Aérea Argentina en 1982-, que hace pocos días vaticinó que Inglaterra no podría, aunque quisiera, reconquistar las Malvinas en caso de que la Argentina las ocupara nuevamente. Cameron y su secretario Hague conocen a fondo la debilidad de la flota marítima militar británica (especialmente por la carencia de un portaaviones), pero conocen aún mejor la delicada situación de las finanzas públicas del Reino Unido, que haría realmente inviable cualquier operación militar de cierta envergadura.
Razones tiene, pues, el señor Cameron para estar seriamente concernido por las Malvinas; tantas, que si las cuestiones políticas en la Cámara de los Comunes se resolvieran con la misma lógica que las disputas internas del peronismo de Lomas de Zamora, esta es la hora que Cameron debería estar utilizando la profunda crisis económica para tapar la cuestión de las Malvinas, y no al revés, como ha sugerido el despistado vicepresidente Boudou.