El "populismo punitivo", en su versión mediática, asume generalmente dos formas bien diferenciadas aunque igualmente distorsivas. La primera de ellas consiste en la tendencia de asimilar los delitos que los medios consideran aberrantes, cualesquiera sea su gravedad o trascendencia social, con aquellas figuras penales más graves, no tanto ya desde el punto de vista sustantivo como del procesal. Así por ejemplo, cuando cierto medio de comunicación persigue exacerbar las repercusiones de una conducta con relevancia penal, por insignificante que ésta sea, suele hablar de "terrorismo doméstico" (para referirse a la violencia intrafamiliar) o de "asociación ilícita" (para referirse a ocasionales conciertos criminales) o -lo que es ya un clásico- de "delito de lesa humanidad" para calificar incluso a las pequeñas agresiones físicas. La segunda de estas formas mediáticas del populismo punitivo consiste en la, a veces velada y otras veces muy explícita, reivindicación de "mano dura" contra los delincuentes. Pero esto sólo sucede, al parecer, cuando los perjudicados por la acción criminal son personajes famosos, geralmente del mundo de las artes y el espectáculo. Pocas veces se ha podido leer en algún medio que alguno de estos perjudicados clamara -con la misma intensidad con que otros llaman a machacar al delincuente y a arrancarles las uñas una por una con una pinza pico i loro- por una investigación policial ajustada a Derecho o por un juicio justo, con las debidas garantías procesales.
El populismo punitivo no sólo ha invertido los términos lógicos de la presunción de inocencia, sino que ha desvirtuado su misma esencia. Los sospechosos de haber cometido un delito son presentados ante la sociedad por los medios como directamente culpables, pero no ya de las conductas que formalmente se les imputa, sino de otras -algunas ciertamente extravagantes- que no forman parte del expediente acusatorio y que nunca serán ventiladas en un juicio. Si el tratamiento de esta información por algunos medios tiene como finalidad que el presunto delincuente no vuelva a levantar cabeza ni aun en el supuesto de que resultara efectivamente inocente de los delitos que se imputan, qué mejor que rodear no ya su conducta circunstancial sino su vida misma de acontecimientos novelescos que transmitan al gran público la idea de que estamos frente a un "delincuente integral".
Así pues, cuando a los medios de comunicación les "sabe a poco" el hecho de estar frente a un falsificador de cheques o a un pequeño estafador, se suelen añadir a la escena aberrantes comportamientos sexuales ligados al consumo de estupefacientes y la trata de blancas. Y cuando estamos frente a un presunto delincuente sexual, ya no es cuestión de reflejar sus hazañas tal cual figuran en el expediente. El encausado deberá afrontar, además, cargos mediáticos por pedofilia, necrofilia y zoofilia, pues la idea es presentarlo como un degenerado absoluto, capaz de yacer hasta con un caballo muerto, con una bebé de días, e incluso con el propio Díaz.
Todo es cuestión de modas. Cuando la conciencia medioambiental crezca y los delitos medioambientales algún día sean considerados no excarcelables, imprescriptibles y de "lesa humanidad", los violadores seriales serán presentados, no tanto ya como unos degenerados, sino como irrecuperables delincuentes que, en sus ratos libres, gustan de emitir grandes cantidades de CO2 y de otros gases de efecto invernadero a la atmósfera o contaminan nuestros ríos con sus pises. Los maltratadores familiares no sólo habrán destruido a personas sino que también se habrán cargado el "equilibrio ecológico doméstico" y los asesinos recibirán un tercio más de condena por el riesgo biológico que supone el vertido ilegal de sangre humana en la vía pública.
Variaciones mediáticas del populismo punitivo en Salta
Iruya.com
Visto: 915