La mayoría de salteños que conozco suelen hablar más bien poco del tema. Casi todos sabemos que, hace muchos años, suscribimos una póliza de seguros con el Señor del Milagro, que renovamos cada tanto, entre pétalos de rosa que caen del cielo y helicópteros que sobrevuelan a la multitud congregada en procesión. Algunos duermen tranquilos por el solo hecho de saber que, habiendo rezado puntualmente la Novena, el Señor del Milagro ya se encarga de todo lo relativo a los temblores, como si fuera el IPSS, para que sólo tengamos que padecer sustos menores, de vez en cuando.Pero los mismos que creemos en este seguro sobrenatural sabemos que si, de verdad, gozamos de tan excelsa como inmerecida protección es porque existe en realidad un altísimo riesgo sísmico en nuestro lugar de origen y que de sabios es no minimizarlo, ni aun en nuestros momentos de más encendida fe en las capacidades antisísmicas de nuestras Santas Imágenes. Esto debe ser así, no porque de tanto en tanto estudiosos como el doctor Ricardo Narciso Alonso nos recuerden que nuestras vidas y haciendas están muy precariamente posadas sobre una nerviosa coctelera geológica, que arranca y se detiene caprichosamente, sin control humano, sino porque, de ser la fe y no la realidad, la que dicta nuestros más prudentes comportamientos, esta sería la hora en que los planos de los edificios tendrían que ser visados en la Curia Metropolitana de Salta, previo visto bueno de la Virgen de las Lágrimas, y no en el Colegio Público de Arquitectos, Ingenieros y Profesiones Afines de Salta.
Ayer, cuando un observatorio norteamericano nos comunicaba que se había producido al sur de Orán un terremoto de 5,6 grados en la escala de Richter, apenas 1,4 grados menos que el que se llevó para siempre la próspera aunque pecadora ciudad de Esteco, era imposible no pensar en que semejante sacudón pudo haber roto algo en unos doscientos kilómetros alrededor del epicentro. Algunos, por su personalidad, tienen la tendencia a pensar primero en lo peor, es decir, en nuestra ciudad "desmoldada" como si fuese una tartera, con las patas para arriba, las agujas de La Merced y San Alfonso clavadas como dardos góticos sobre la tierra y el cerro San Bernardo abierto como un coco blanco y lechoso partido por la mitad; con el monoblock Salta invertido, aunque sería difícil notarlo dada la simetría de sus líneas.
Pero a esta visión apocalíptica se suman otras, como por ejemplo, la de la Legislatura revuelta, con las "sesenta voluntades" prisioneras de una losa de cartón piedra o soterradas apretadamente debajo del cuadro gauchesco que preside el recinto. La visión de sesenta ciudadanos "autoconvocados" asumiendo espontáneamente el Poder Legislativo, por aquello del vacío de poder; al intendente de la ciudad atrapado perpetuamente en un ascensor, en su intento de huir hacia arriba de un infierno casi seguro; a los concejales esparcidos por los barrios, conociendo más directamente las miserias de sus convecinos, a las balanzas peruanas de los carros de fruta pesando la mercadería de menos y no de más; a un joven diputado nacional, aún no investido, presa de un éxtasis místico en el centro mismo de la Plaza 9 de Julio, arrodillado junto a las ruinas ecuestres del monumento al General Arenales, con las bolsas llenas de sus frescos caudales, pidiendo misericordia por su abundante legajo de pecados; al gobernador -otro pecador despistado- dando interminables vueltas en helicóptero sin encontrar jamás hueco para aterrizar, entre lenguas de fuego que se elevan hacia el cielo; a Zottos asumiendo definitivamente el PEP después de haberse quejado de estar mucho tiempo al PED; al presidente de la Corte de Justicia descorbatado y desacartonado, perdiendo en el pánico de la Ciudad Judicial su innecesaria solemnidad, al director de Tránsito intentado colocar lomos de burro en el cielo para ordenar el caos postsísmico, al presidente Godoy intentando localizar desesperadamente por celular a sus familiares que desempeñan cargos públicos (una tarea que puede llevarle varios días, dependiendo del estado de las líneas y de la publicación de los últimos decretos), al ministro de Turismo recorriendo los hoteles, convertidos en hospitales, para decirles a los turistas "vuelvan cuando quieran, el pronóstico dice que mejorará hacia la tarde", al renunciante Kalinsky abrazado a una belicosa escribana, diciéndole al oído sobre las ruinas de un gran caño maestro eventrado: "tal vez tenías razón"; al chozno del prócer, apuntando la fecha precisa de la hecatombe para propiciar nuevos y más rentables bicentenarios, cuando toque; al secretario de Prensa del gobierno declarando la "emergencia publicitaria provincial", al haberse tragado el terremoto un número indeterminado de facturas de publicidad oficial de pequeños medios de comunicación, que nunca se pagarán; al ministro de Justicia declarando -más pálido que de costumbre- que los terremotos son para el gobierno "política de Estado", y a su secretario de Seguridad declarando asustado ante la prensa que los planteos de los vecinos de Orán es de lo más inteligente que escuchó en su vida.
Pero, de repente, uno se frota los ojos y descubre que todo felizmente sigue en pie, que la ciudad sigue gozando de esa envidiable lozanía, y que cada gobernante sigue su línea, firme en su puesto de combate. Porque está visto que para que aquéllos cambien en una dirección favorable a los intereses y necesidades de los ciudadanos hace falta un terremoto de una magnitud incalculable.
Aquí radica la diferencia entre Salta y otros lugares civilizados del mundo. Mientras en las sociedades avanzadas, para cambiar profundamente sólo hace falta echar mano de la política, en Salta es necesario enfadar al Señor del Milagro con nuestros pecados, para que nuestra protección se debilite, y en vez de producirse los sismos a 650 kilómetros de profundidad, las cosas comiencen a temblar a unos pocos centímetros de la realidad visible.