Al mismo tiempo que atraído, me he sentido también decepcionado, en cierto modo, por el discurso gubernamental dominante en materia de calidad democrática y por la constatación de que el sistema político salteño genera todas las condiciones -casi sin omitir ninguna- para que nuestra democracia siga desenvolviéndose en la "parte baja" del ranking.Pienso que no se trata solamente de un problema de calidad "institucional", en el sentido más estricto de este término. Nuestro sistema de convivencia social -aun fuera del entramado gubernamental y bien lejos de él- exhibe zonas muy oscuras en las que parece imposible intervenir, zonas que son "inmejorables" en el peor sentido que tiene esta expresión.
Me refiero al complejo de grupos de presión que operan sobre el poder político con variados niveles de eficacia.
A mi modo de ver, ningún sistema político puede enorgullecerse de la calidad de sus procesos cuando se constata el declive de los grupos de presión orgánicos y legales (como el vapuleado Sindicato del Azúcar, incapaz de poner en cintura a un puñado de delegados sindicales que operan casi al margen del sistema), y el correlativo ascenso de grupos inorgánicos e ilegales, como los citados autoconvocados azucareros, o más nítidamente, los grupos de remiseros ilegales y travestis, que exhiben frente al sistema político, a la opinión pública y a la sociedad una inusitada y desproporcionada capacidad de chantaje y bloqueo políticos.
En una democracia "de calidad" son, por lo general, los grandes intereses del capital financiero los que confrontan con el poder del Estado, lo condicionan y buscan alcanzar sus fines a través del lobby parlamentario o de técnicas no muchas veces legítimas de presión sobre el Poder Judicial. Es cierto también que los grupos relacionados con los agentes económicos han venido cediendo el protagonismo a otros muy dinámicos como los ecologistas o los llamados single issue, pero entre nosotros el panorama parece bastante diferente.
En determinadas condiciones pueden tener la consideración de grupos de presión importantes los jubilados o las mujeres, pero en Salta estos grupos, por mucha capacidad de movilización que tengan, nunca alcanzarán los niveles de "audiencia política" de que gozan los travestis o los remiseros ilegales.
No hay nada de reprochable en la actividad de éstos, sino más bien al contrario. Presionan para legitimarse socialmente, luchan contra la discriminación que sufren y buscan un lugar dentro de una legalidad que -a veces por la pacatería, otras veces por los intereses de las grandes compañías- se les viene negando de forma sistemática.
Lo que quiero expresar es que una democracia en la que las voces disonantes más potentes provienen de estos dos grupos, no es, por definición, una democracia de gran calidad sino, más bien, todo lo contrario.
No es tarea del gobierno disciplinar a las organizaciones de interés ni a los grupos de presión. Pero va siendo tiempo de que alguien vaya tomando nota de que la deficiente organización de algunos colectivos, la ausencia de liderazgos claros, la falta de capacidad para rendir cuentas de sus actos, la inorganicidad y la predisposición al "asambleísmo irresponsable", no sólo afecta a la credibilidad de estos grupos y reduce la legitimidad de sus reinvindicaciones sociales, sino que predispone al gobierno a emplear sus peores recursos humanos en la atención de estos problemas.
Sólo por poner un ejemplo y a fin de que se entienda mejor: el crecimiento y difusión del "remiserismo trucho", en lugar de fomentar en el gobierno la creación de gabinetes de alta especialización conformados por superexpertos, está propiciando la emergencia de un segmento de "funcionarios truchos", que crece de forma proporcional a la multiplicación de aquellas demandas.
Es hora de cortar este círculo vicioso y de que tanto las organizaciones libres de la sociedad civil como el poder público depuren sus técnicas, mejoren sus cuadros y eleven el nivel de la gestión del conflicto. De otro modo, la democracia sufrirá, como lo está haciendo ahora, un fenomenal ataque a su calidad y su credibilidad del que no será fácil recuperarla.