La situación de la infancia y la adolescencia, que se manifiesta con reiterados problemas de comportamiento, violencia, consumo de sustancias, entre otros facilitadores del delito, poniendo en riesgo al contribuyente, que exige soluciones a los organismos gubernamentales, mediante la contención de menores en los sectores sociales más comprometidos, por situaciones de pobreza, exclusión del mercado laboral y sociocultural. Para lo cual, resulta necesario contar con una estructura organizadora, y la aplicación de procedimientos que garanticen el vulnerado orden social.Se trata de un fenómeno que se ha visto agravado en la última década, a partir del vaciamiento de los clásicos sitios de reclusión de los chicos, chicas, púberes y adolescentes, en condiciones personales o familiares desfavorables.
Así es que, gracias a las posibilidades que ofrece la libre expresión en este país, donde cada uno puede decir lo que le viene en ganas, aparece, probablemente con buenas intenciones, un abanico de propuestas salvadoras, con soluciones rápidas y de bajo costo. Siendo el trabajo infantil la panacea para mantener ocupada la horda de pequeños delincuentes, y mal entretenidos, varones y mujeres.
Esta circunstancia me remite a la impronta de la máquina disciplinaria, adentrando en el estudio de la dominación en su dimensión simbólica, que se manifiesta en la búsqueda de la obediencia desde la más tierna infancia, para la adaptación a un sistema institucional en una sociedad esquizofrénica.
No pretendo poner en discusión el posicionamiento de organismos de la órbita estatal y la sociedad civil, en la implementación de las mejores políticas infantiles, ni tomar partido sobre lo que significa que los niños trabajen, debido a la profusa cantidad de información existente, diagnósticos de la cuestión social, más los instrumentos proporcionados por los organismos internacionales respecto al Trabajo Infantil en el mundo, a la que puede tener acceso cualquier persona, medianamente instruida, que se interese por conocer sobre el tema.
Quizá sería oportuno que antes de dar opiniones como producto de su imaginario personal, resultante de su propia experiencia, o por inculcación recibida de sus mayores, estas personas pudieran acceder a aquellas fuentes objetivas de información.
En cualquier caso, sería también interesante saber algo más de las historias de vida de los que se afilian a la delgada línea favorable al trabajo infantil, en tiempo de cosecha de tabaco o comino, y en las quermeses, venta de pasta frola en el quiosco de la escuela, o cuidando rozagantes querubines de otros, para comprender que es lo que simboliza el trabajo como mano de obra infantil no sindicalizada.
Es insoslayable, considerar algunas connotaciones que presenta el trabajo para sus protagonistas infantiles. Más allá de la condición de dominados, existen diferencias impuestas por una cultura, de otro sistema de valores y relaciones sociales, en un ámbito de necesidad y pobreza, bien diferenciadas según el ámbito rural o urbano.
En cuanto al primero, los niños representan una fuerza de trabajo necesaria, para el rendimiento productivo de las distintas actividades familiares minifundistas, realizando trabajos de adultos, hombreando bolsas en la cosecha, y contribuyendo al único medio de subsistencia. Ha de tenerse en cuenta que la ayuda en tareas agrícolas, de pastoreo y domésticas, sin discriminar entre el trabajo productivo y reproductivo del hogar, forma parte del trabajo como proceso socializador que se inicia en la familia. El tiempo que emplean en realizar los trabajos que la familia impone, le quita horas al juego, visto como tiempo perdido, a la convivencia y al descanso necesario para el rendimiento escolar; la necesidad de aumentar los ingresos ocasiona que realicen actividades fuera de la casa, o venta de productos caseros caminando varias horas con el temor a ser castigados, en situaciones extremas, con la no concurrencia a la escuela.
La familia rural no considera tan importante que los hijos vayan a la escuela o que finalicen el ciclo por su propia experiencia, pensando que los hijos harán lo mismo que sus padres, la educación no importa demasiado ya que no enseña nada que sirva para trabajar; los hijos aprenden del padre y la madre. Los chicos deben realizar tareas que son competitivas con las actividades escolares, con la perspectiva de los padres que no finalizaron su escolaridad, repitiendo su experiencia en ellos.
Había que levantarse todavía de noche para cosechar el comino, pimentón y ají, todos los chicos varones y mujeres ayudábamos, había que levantarse al alba antes que aclare para trabajar. Nos mandaron a la escuela nada más que hasta segundo grado para que aprenda lo más necesario, hacer cuentas y firmar, además para comer, pero cuando tuve los 8 años, mi papá me mandó a trabajar y no fui más a la escuela, porque él decía que estudiar es estudiar nomás y trabajar es plata. Todos los días tenía que ir al cerro a cuidar la hacienda que la teníamos medio año ahí, me daba miedo del puma o la víbora, algunas veces, venía el cóndor, que revoloteaba cerquita para llevarse un corderito.
Qué decir del trabajo de las niñas en casas de familias acomodadas. Una práctica promovida por organismos encargados de proporcionar salida segura a la mujer, con un trabajo de niñera o servicio doméstico, promocionado desde las defensorías a organizaciones de bien público, civiles y religiosas, para atención de la infancia y adolescencia desamparada, mediante la colocación familiar como única alternativa para que las niñas se porten bien.
Como salida a los problemas, se perfilaba el trabajo infantil. Una actividad consensuada por el conjunto social, promovido desde la legislación argentina y las instituciones de patronato que las mantenían asiladas en su niñez y pubertad, hasta su ubicación como servicio doméstico cama adentro, alejadas de la esfera familiar, aceptando con sumisión su destino inexorable replicado por generaciones, de madres a hijas.
En La policía de los niños, Lancelot, señala que a partir de la segunda mitad del pasado siglo XX, comienza a perfilarse una nueva dinámica de la familia moderna, dando primacía a la cuestión educativa y la atención de los niños. Con relación al primer aspecto, la situación de libertad vigilada respondía al modelo pedagógico solo para los sectores populares, mientras que, la libertad protegida, era reservada para los grupos burgueses, contando con los aportes de la psicopedagogía y el desarrollo evolutivo de la infancia.
En Salta el esquema de protección infantil se presentaba discriminado perfectamente. Los menores estaban bajo la tutela de defensorías de menores e incapaces, que mandaban internar las más chicas en el Hogar Rosa Niño de Isasmendi, bajo la atención de la orden concepcionista, mientras dependió del Patronato de la Infancia, o en otras instituciones similares, y en el Hogar de Tránsito para la protección de adolescentes mujeres, con problemas de comportamiento, discapacidad o hijos a cargo. Para las demás, la alternativa era el Buen Pastor como el semillero de mujeres que pasarían a desempeñarse como servicio doméstico después de su recuperación con el trabajo, quedando sólo las que no pudieran ser colocadas por delitos, entre otros motivos.
Resulta interesante leer la obra de Landó, Hacia la protección integral de la minoridad, vigente en la Argentina de los años 40, y caballito de batalla de los representantes de la justicia de menores. La tenencia en guarda y colocación familiar de las mujeres mayores de 15 años, para el servicio doméstico, en el Art. 4° expresaba que la familia donde sería colocada no debía tener hijos varones mayores de 8 años. Ciertamente, una forma de evitar situaciones que pudiesen acarrear futuros dolores de cabeza, por un desliz del niño de la casa, encandilado con la belleza de la chinita color cobre.
Al terminar séptimo grado mi mamá me puso a trabajar a la ciudad en la casa de una señora cama adentro, ese era el destino de todas las chicas cuando terminábamos la escuela, así no éramos tantos en la casa a la hora de comer, me vine a la ciudad y nunca más volví para quedarme con ellos. En el pueblito de Tolar Grande no había nada más que pudiésemos hacer, ni pensar en estudiar en el terciario como hacen las chicas ahora porque ya no quieren ser sirvientas, ni quedarse para ser pastoras y llenarse de hijos. En esa casa donde estuve primero, me enseñaron a cocinar sus comidas y yo hacía las de mi mamá, después me cambié con otras familias, y fui conociendo como es esa gente para quien uno tiene que trabajar en el servicio.
En cuanto a la realidad urbana, el trabajo infantil se presenta desde temprana edad, con estrategias de sobrevivencia bien diferenciadas a las de la vida rural, en el ámbito familiar de sus comunidades originarias. El patrón de trabajo infantil urbano pone de manifiesto, frecuentemente, la ruptura de vinculaciones familiares, los niños esclavizados, trabajando como único sostén de su familia o alejados de ella, conformando contingentes infantiles en riesgo, que van perdiendo su infancia, lejos de sus actividades de juego y aprendizaje acordes con su edad, como ciudadanos madurados precozmente.
Deben sobrevivir por sí mismos bajo condiciones extremas de privación e incertidumbre, circunstancias generadoras de formas de adaptación sicológica a la cultura que impone la urbanización, en íntima relación con la pobreza en el sector informal de la economía urbana, con códigos del mundo adulto, desde su incorporación al trabajo en la figura del canillita, el lustrabotas, la vendedora de jazmines en las peatonales, vistos con simpatía o indiferencia.
Qué decir de la explotación sexual, con prácticas aberrantes de las redes de pedófilos online, el depravado de la bicicleta, la trata de personas con fines de comercializar sexo con trabajadoras y trabajadores infantiles, y un sinfín de leyendas urbanas. Involucrados en los mecanismos ilegales de intercambio, asumiendo patrones conductuales de la subcultura callejera, resultante de la desvinculación familiar, emergente de estructuras familiares desintegradas, por efecto de la marginalidad.
No obstante ser propuestas sin ningún asidero posible, se convierte en un buen motivo para poner la cuestión del trabajo de los niños y niñas en la primera hoja de la agenda de gobierno y que los especialistas se sienten a elaborar proyectos, como prioridad para que los responsables den el necesario y adecuado tratamiento. Por la urgencia de encontrar nuevas modalidades, que estén inspiradas en principios humanistas, no en una cultura esclavista, por ocultas conveniencias económicas de algún sector empresarial, ni los otros, que opinan que, si no pueden trabajar los chicos, al menos, queden internados en un sistema militarizado, de lo cual tenemos memoria en nuestra historia.
Es innegable que no se ha encontrado aún- la forma de llegar al meollo de la cuestión infantil, mientras ellos siguen trabajando en las fincas como mano de obra barata, para engrosar algo el presupuesto de padres temporarios, y la cuenta bancaria con varios ceros del patrón. Además, se trata de la necesidad de cambiar una política de desamparo, de los adolescentes en conflicto con la ley, y de los chicos que, según pintan las cosas, van a estarlo cuando crezcan.