Desde hace unos años, no se sabe bien si con el propósito de ordenar el tránsito urbano o de recaudar fondos para comprar las medialunas y las cervezas con las que el señor Intendente agasaja a sus visitantes y a sus incondicionales, rige en la ciudad de Salta un régimen de estacionamiento arancelado de automóviles. Quién quiera aparcar su vehículo de lunes a viernes (de 7 a 14 y de 16 a 21 horas) y los sábados por las mañanas (de 7 a 13 horas) en la llamada zona única, debe pagar 0,80$ por una hora. La tarifa, comparada con el costo del estacionamiento en playas cercanas, es bastante cara, sobre todo si se tiene en cuenta que se trata de la vía pública.
Si usted vive dentro de la zona única también debe pagar esta tasa, sin que los cobradores locales (volveré sobre ellos) acierten a informar cuál es el régimen verdaderamente aplicable a los residentes. Mientras unos exigen el tributo sin atender a la vecindad, otros eximen del pago de la primera hora matutina. Algunos dicen no sé nada señor; y hay uno que dice no sé nada, papá.
Pero lo verdaderamente curioso es el modo de funcionamiento real del régimen de estacionamiento pagado.
Un mini ejército de personas, a razón de uno por cuadra, comienza a aparecer entre las 8,30 y las 9,30 horas y recorren cansinamente la calle asignada, o se estacionan en un umbral vecino a tomar el sol o a reflexionar vaya uno a saber en qué.
Es muy posible que el acceso a este cuerpo de vigilantes-cobradores, sea la compensación de servicios prestados al político ganador de las elecciones; vale decir al Intendente o a los concejales de la mayoría de turno.
Quienes ven con naturalidad que la Intendencia no sea de Salta sino de Isa, piensan que es igualmente lógico que la lealtad política (también llamada militancia) se pague con recursos públicos y sea una vía rápida de acceso al empleo público.
Hay que advertir, no obstante, que muchos de estos vigilantes-cobradores son personas de escasos recursos, y que hay otros muchos que, casi con seguridad, pertenecen a familias pobres. Al menos así lo hacen presumir determinadas circunstancias o el hecho de que varios de ellos asistan al trabajo en compañía de hijos menores que, en ocasiones, colaboran en la cobranza.
Los integrantes del cuerpo carecen de cualquier preparación para la tarea que les ha sido encomendada. Desconocen los detalles del régimen, y tratan al público según su leal saber y entender.
Los hay mansos, resignados, amables, educados, ceremoniosos, prepotentes, taciturnos, verborrágicos, hombre del campo y mujeres barriales. Una cierta lentitud en el andar, parienta de una ancestral negligencia, les hace llegar tarde al punto del cobro, lo que aprovechan algunos conductores desaprensivos para acelerar y marcharse sin pagar.
Cuando antes aludí a la tarifa vigente (0,80$), omití aclarar que existe un régimen neoliberal (este verdadero azote de la humanidad que ni el poderoso Lord Mayor de Salta logra exterminar) de rebajas que es promocionado por los vigilantes-cobradores.
Llegado el momento del pago, el encargado se acerca al coche y pregunta Con boleta o sin boleta. Si usted opta por exigir el comprobante de pago (debidamente numerado) pagará íntegramente la tarifa en función de las horas de permanencia. Pero si, pícaramente, dice No me interesa la boleta, se ahorrará hasta el 60% de la tasa.
Bien es verdad que, en el primer caso, su tributo engordará las arcas municipales y, en el segundo, aliviará las necesidades del agente público.
Una rápida mirada a lo que sucede en cualquier calle de la zona única permite deducir que la inmensa mayoría opta por el pacto fraudulento. Algunos politizados expresan a viva voz que su opción por lo trucho es una forma de oponerse al Régimen.
Pero hay un sitio donde todo funciona de modo distinto. Una agraciada damita, beneficiada con una cuadra de gran movimiento de vehículos, ha montado un verdadero micro-emprendimiento, asociando a no menos de tres familiares.
La vigilante-cobradora y sus socios no dejan pasar una. Corren de un lado a otro para que todos paguen, ponen en vereda a eventuales rebeldes, rechazan la excepción de residencia, y sus rebajas para pagos en negro no pasan del 10%.
Mientras a escasos cien metros los vigilantes-cobradores que optan por lo negro piden la voluntad y dejan que se escurran sin pagar la mayoría de los estacionadores, la ágil damita actúa con encomiable espíritu empresarial.