¿Será realmente Romero el Mikhail Gorbachov del peronismo salteño?

La atribución a los políticos de cualidades personales extraordinarias forma parte, junto con el culto a la personalidad, del imaginario común de los totalitarismos.

Salvo casos aislados y muy minoritarios -como el de Francisco Franco, por ejemplo- las cualidades personales de los grandes tiranos (su inteligencia superlativa, su inagotable energía, su poder de iniciativa y su carácter audaz) han constituido siempre la razón más fuerte de los partidarios de las dictaduras y el argumento preferido por aquellos convencidos de que la «dominación carismática» (en términos maxweberianos) es necesaria e imprescindible para que los pueblos puedan superar los desafíos que la historia les plantea.

Sirva esta breve introducción para decir que la caracterización del senador Juan Carlos Romero como un posible «héroe de la retirada», al estilo de aquellos que magistralmente describió Hans Magnus ENZENSBERGER hace más de un cuarto de siglo, no solo es un despropósito mayúsculo desde el punto de vista intelectual, sino que también es un gesto claramente antidemocrático.

En su célebre ensayo Die Helden des Rückzugs el escritor bávaro se refería a una categoría de líderes políticos: la de los «especialistas» en desactivar regímenes autoritarios y conducir a sus países por las vías democráticas, sin someter a sus pueblos a cruentos traumas históricos. No sin sarcasmo, los llamó «héroes de la retirada».

Es muy arriesgado -por no decir ridículo- considerar a Romero capaz de realizar en Salta lo que en su día lograron Nikita Khrushev en la Unión Soviética, Janos Kadar en Hungría, Egon Krenz en la antigua Alemania Oriental, Wojciech Jaruzelski en Polonia, Mikhail Gorbachov en el agonizante imperio soviético o Adolfo Suárez en la españa posfranquista.

Aquellos líderes -héroes de la retirada, para Enzensberger, traidores para otros- se animaron a desmontar los regímenes autoritarios que atenazaban a sus países y realizaron una contribución decisiva e histórica a su democratización.

Es verdad que Romero, al igual que los que lideraron la transición política en aquellos países, es «un hombre del régimen». Pero no uno dispuesto a desactivarlo, precisamente.

Cuando Enzensberger identificó a los «héroes de la retirada», los distinguió cuidadosamente de los héroes clásicos; es decir, de aquellos que representan el triunfo, la conquista, la victoria y la megalomanía. Romero, por su pasado y su presente, por su cultivada obsesión por el poder, está mucho más cerca de los últimos que de los primeros.

Los hechos demuestran que Romero, lejos de pretender desmontar el peronismo de Salta, tal cual éste ha existido en los últimos 33 años, lo que se propone es profundizarlo y acentuar, si acaso, sus rasgos más autoritarios.

La ambiciosa «plataforma» política que Romero ha presentado para las próximas elecciones de 2015 revela que la única transición a la que aspira el exgobernador es una transición hacia sí mismo. Quizá no a los mismos esquemas de dominación que puso en práctica entre 1995 y 2007, pero sí un regreso al personalismo, a la defensa de los intereses de casta y de empresa, al amiguismo y la aniquilación del disidente. Demasiados atavismos para hablar de una transición política hacia la democracia y de un futuro preñado de bienaventuranzas.

Romero no desactivará el peronismo de Salta como Adolfo Suárez hizo con el franquismo; sencillamente porque su proyecto político necesita del peronismo (en su peor versión) como los seres vivos necesitan del oxígeno para poder vivir.

El romerismo de mañana seguirá necesitando tirar del sectarismo, del clientelismo y de la corrupción, que son los pilares que siempre han apuntalado el precario edificio ético del peronismo de Salta.

Su papel como futuro «héroe de la retirada» es tan dudoso como las convicciones democráticas de su contrincante Urtubey, aunque hay que reconocerle a Romero que su tardía revalorización del pluralismo político -que algunos malvados atribuyen a una cierta debilidad presenil- no deja de ser en cierto modo conmovedora.