
Incluso desde antes de que los dos últimos gobernadores de Salta (los más tiránicos de toda su historia independiente) escenificaran una sentida reconciliación, allá por finales de 2015, los ciudadanos sabían o tenían motivos bastante fundados para saber que entre ellos había «algo más» que una circunstancial y efímera coincidencia política.
Esa simpatía extendida, que en otros ámbitos un poco más oscuros que la política podría llamarse con el nombre de «complicidad», ha quedado de manifiesto hoy en todo su esplendor, después de que el exgobernador y vitalicio senador nacional por Salta Juan Carlos Romero hiciera público su apoyo a la recientemente anunciada candidatura presidencial de Juan Manuel Urtubey.
A decir verdad, el apoyo de Romero no es nuevo ni provoca sorpresa. Lo que llama la atención es la pobreza de los argumentos: «es una candidatura que los salteños debemos apoyar» y «conoce las necesidades y sabe cuál es la agenda de Salta y el Norte».
El senador Romero -se sabe- nunca ha estado sobrado de recursos y muchas veces no ha hecho siquiera el esfuerzo de disimularlo; pero, a su edad, salir al ruedo con unos argumentos de tan escasa solidez y de tan dudosos fundamentos solo se puede interpretar como un insulto a sus canas o la señal precoz de un cierto deterioro cognitivo.
Sin querer, o quizá queriéndolo, el senador ha convertido a Urtubey en un candidato territorial, algo a lo que el actual Gobernador de Salta se ha venido negando obstinadamente en los últimos tiempos, en los que se lo ha visto un poco más inclinado a articular un discurso menos provinciano y periférico, de cierta dimensión estatal. Proponer ahora a Urtubey Presidente como un «gran Gobernador para Salta» o como el «supremo intérprete de las necesidades y urgencias de su región» significa echar por tierra el esfuerzo de casi seis meses.
Por otro lado, el senador Romero ha llamado a los salteños a votar a Urtubey «porque es salteño», sin que le hayan importado en absoluto que los salteños (que son muchos y muy variados) tengan muy diferentes formas de pensar en relación con la figura de Urtubey y su candidatura. Para Romero basta, pues, que Urtubey sea salteño para que el millón de electores de la Provincia de Salta, sin que importen otras cosas, se encolumne tras de él, sin matices ni divisiones, como si fuesen borregos sin voluntad ni inteligencia.
La democracia y las libertades se encuentras amenazadas hoy en día, no solo por el autoritarismo creciente o la vocación totalitaria de las parcialidades sociales, sino especialmente por el despunte del localismo, que en Salta es una seña de identidad agraria, pero que en el mundo es cada vez más minúsculo y egoísta. Por eso, mientras Urtubey se deja buena parte de su cerebro (que tampoco es para tirar cohetes) en construir un mensaje de unidad y cohesión, diseñado para todo el país, algunos de los que se dicen sus apoyos -como Romero, por ejemplo- intentan reducir la figura del candidato a la dimensión local, no con otra intención que la de fracturar la solidaridad interterritorial que -se supone- está llamada a hacer del nuestro un país único.
Tal vez convenga preguntarse ahora por qué motivo, siendo salteño también el candidato Alfredo Olmedo, y habiendo compartido el pintoresco diputado candidatura con Romero en 2015, nuestro senador vitalicio se ha inclinado por Urtubey. Quizá porque considera que Olmedo -que apenas habla de Salta en su campaña- no expresa adecuadamente la salteñidad, o quizá porque supone que Olmedo no conoce, como Urtubey, las necesidades y la agenda del Norte.
Urtubey sabe perfectamente que, aunque le votara en bloque, Salta no le aportaría más que un modesto 7% de los votos nacionales, y que solo con los votos de Salta no le alcanza ni le alcanzará jamás para inclinar la balanza a su favor. Sabe también -y esto es mucho más importante- que mientras más tire de la cuerda para hacer de Salta (una Provincia marginal y precaria que ha sufrido como ninguna el castigo de los malos gobiernos) su principal argumento para gobernar el país, menos posibilidades tiene de convencer a las audiencias más reacias a procesar su discurso.
Dicho en otras palabras, que Urtubey sabe que si algún obstáculo se alza en el horizonte y entorpece su camino hacia la Presidencia de la Nación, ese obstáculo, sin dudas, se llama Salta.
Mientras más rasquen en los números provinciales, mientras más se indague sobre las penurias sociales y económicas que asfixian a la población salteña, mientras más salgan a la luz los trucos que utiliza Urtubey para mantenerse en el candelero, menos posibilidades habrá de que alguien con cabeza lo vote. De allí que el voto de Romero lo tenga ya casi asegurado.
Ser salteño y apoyar la candidatura de Urtubey no son -como pretende Romero- fatalidades que van de la mano. El voto localista e irreflexivo a Urtubey, en la medida en que está llamado a expresar una identidad etnogeográfica pobre y unidimensional, solo contribuirá a profundizar la división del país y, por tanto, hará que el futuro de Salta sea todavía más difícil de lo que ya es.