
La mayoría de los grandes medios internacionales que se han referido a Salta en los últimos ocho años han caracterizado a esta Provincia como un territorio extremadamente pobre, limítrofe con Bolivia y poblada por indios que malviven en condiciones infrahumanas.
Ocurre que este territorio, alejado tanto de la Argentina moderna y desarrollada, viene siendo gobernada desde 2007 por el mismo hombre: Juan Manuel Urtubey, que hoy ha saltado a las primeras planas gracias a su anuncio formal de su intención de presentarse como candidato a Presidente de la Argentina en las cruciales elecciones de 2019.
Entre Urtubey y la Provincia que gobierna existe un abismo. A pesar de los indicadores sociales desastrosos (que ya eran malos antes de que asumiera el gobierno pero que ahora son mucho peores), a pesar de la crecida fragilidad institucional (que solo se ha agravado en los últimos años), a pesar de las agudas carencias materiales y la vulgaridad de su cultura, Salta ha podido producir a un personaje como Urtubey, tan atractivo y glamouroso, que no ofrece ningún punto de comparación ni siquiera con otros de su misma condición, que sufren a diario los retrocesos, los sinsabores y los agudos contrastes de la vida pública de la Provincia de Salta.
Pero dejando a un lado el determinismo geográfico y los factores ambientales, pocas veces en la historia del país se ha dado el caso de un candidato a Presidente con tan poca preparación personal, con una superficialidad tan visible y con un grado de frivolidad tan alto que echa chispas al contacto con el recato republicano.
Seguramente hay cientos -si no miles- de salteños mucho mejor preparados y más meritorios que Urtubey, que podrían aspirar a las más altas responsabilidades en el Estado argentino. Pero ha querido el destino de que Salta aporte hoy a la política nacional a uno de sus hijos menos dotados, y es menester preguntarse por qué.
Puede que la política nacional haya rebajado sus exigencias, como puede ser también que el fracaso y la gestión ruinosa ya no cuenten para la evaluación de un candidato. Sea como fuere, Urtubey lleva más de 25 años en la política, de los cuales 22 los ha pasado ocupando cargos de responsabilidad. En ninguno de ellos ha brillado por otra cualidad que no sea la ambición personal de escalar hasta las máximas alturas.
Quizá convenga a la política argentina conocer un poco el background de quien se presenta ante el soberano como un moderno Simón Bolívar, que liberará a la Argentina, no del yugo extranjero, sino de la maldición de la nefasta grieta.
En tal sentido, no se puede olvidar que -aunque Juan Manuel Urtubey niegue por todos sus muertos que ha puesto tierra de por medio con el kirchnerismo- hace bastante poco, y en medio de un subidón de bilirrubina, proclamó que quería a Cristina Kirchner gobernando 100 años.
Es verdad que en 2007 el candidato kirchnerista a Gobernador de Salta no fue él sino Walter Wayar, pero hay que decir también que en las sucesivas elecciones de 2011 y 2015 el candidato kirchnerista fue él mismo, hasta el punto de que poco antes de que Mauricio Macri ganara ajustadamente las elecciones de aquel último año, Juan Manuel Urtubey fue el jefe de campaña del kirchnerista Daniel Scioli, a la postre derrotado por Macri.
Dotado de un ego a prueba de bombas, Urtubey cree que tiene recorrido intelectual, pero no lo tiene. Su formación académica es básica, como modestos son sus recursos dialécticos. No impresiona ni como político ni como abogado. Él no lo sabe, porque nadie ha tenido el coraje de decírselo abiertamente. Lo que no se puede negar es que, para la media de los salteños, su educación ha sido prolijamente cuidada y su carrera como hombre público lo ha sido aún más. Pero ninguna de estas dos cosas le asegura poseer lo que la naturaleza suele dar a los líderes políticos sobresalientes.
Urtubey ha traspasado todas las líneas posibles de la frivolidad. Desde su divorcio de su primera esposa (una dama discreta, inteligente y poco propensa al exhibicionismo personal o familiar) hasta su segundo casamiento con una actriz de televisión madura, el actual candidato a Presidente de la Argentina ha demostrado una especial vocación por la vida alegre y refractaria al compromiso cívico. Un rasgo de la personalidad que durante años solo ha conseguido fraguar una imagen de falta de seriedad recurrente; tanto en los asuntos de la política como en sus propios asuntos familiares, infelizmente conectados con la política por la propia voluntad del personaje.
Especialmente durante los últimos años de su largo mandato como Gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey ha demostrado una enorme indiferencia y despreocupación ante los grandes conflictos de la vida diaria, que se ha traducido en una inclinación constante a mirarse a sí mismo, en lugar de mirar a los demás, o a dedicar un tiempo para valorar lo que sucede a su alrededor.
Estas cualidades se complementan con un discurso superficial y prefabricado, incapaz de innovar o de sorprender, y que vuelve una y otra vez por los lugares comunes del lenguaje políticamente correcto, con el que el candidato piensa que puede cautivar a una audiencia electoral bastante más exigente que la que le renovó por dos veces la confianza en Salta.
Como buen peronista, Juan Manuel Urtubey ha anunciado su candidatura a Presidente sin programa; es decir, sin el respaldo de una estructura sólida y coherente de pensamiento. Su fuerza -cree él- proviene de su imagen, reforzada ahora por el adorno vistoso de su esposa y sorprendentemente complementada por la imagen de su pequeña hija, a la que la pareja utiliza sin pudor, a despecho de las normas legales que protegen los derechos a la intimidad y a la propia imagen de los niños.
¿Puede la combinación de fotogenia y discurso enlatado construir a un verdadero candidato a Presidente de la Nación? La respuesta a la pregunta la darán las urnas en 2019. Por el momento lo que se puede decir es que esta candidatura no solo rebaja la calidad de la política nacional hasta lo más bajo conocido, sino que abre un enorme agujero de pobreza en la política de Salta, en donde casi todo está dispuesto para que políticos poco preparados -aunque algo menos frívolos y superficiales- tomen el relevo.
Durante los últimos dieciocho meses, Urtubey ha intentado instalar la idea de que su candidatura a Presidente se encuentra avalada por todos los salteños. Es el argumento ideal para usar sin límites de los bienes del Estado provincial con fines proselitistas. Pero no todos los salteños han comprado la idea. Muchos creen que su obligación es la de decirle a sus compatriotas que viven en otros lugares del país que Urtubey es un político Frankestein, hecho píxel a píxel de segmentos mal ensamblados y de circuitos deficientemente conectados, que ha abandonado a Salta a su suerte, que carece de calidad humana, que se inventa palabras raras para aparentar una cultura que no posee y que no duda en utilizar a su familia y a su intimidad para arañar votos.