
La segunda esposa del Gobernador de la Provincia de Salta, la actriz Isabel Macedo, se ha leído el libro (aún no escrito) sobre la vida y pasión de Brigitte Macron, esposa del presidente francés y máximo símbolo del glamour asociado al poder político.
Los lagrimeos de Macedo son un poco menos creíbles que los de cualquier otra primera dama, excepto La Gaviota, esposa del presidente de México, con quien Macedo comparte el sublime arte del llanto profesional, a ruego del que paga sus servicios.
Todo lo demás, Macedo ha querido mostrarse cercana a lo que su marido llama trabajo, pero que otros denominan con otros nombres un poco menos nobles, y no ha vacilado en explotar su atractivo visual allí donde colegas suyas brillan por su altruismo o por las cualidades de su intelecto.
Mientras la emoción embargaba a Macedo (un embargo, en cualquier caso, preventivo) el gobierno se ufanaba en un parte oficial de haber llevado la luz a Las Vertientes, un paraje de Santa Victoria Este, en el alejado Departamento de Rivadavia.
No encontró Macedo en su librito sobre la vida de la Mrs. Robinson francesa un capítulo dedicado a «la luz de los que menos tienen» que pudiera haberla ayudado a elaborar sus emociones, de una forma acabadamente profesional, como solo ella sabe hacerlo. En Francia, para desgracia suya, la tasa de acceso a la electricidad de los hogares es del 100%, y desde hace varias décadas.
Solo en Salta hay poblaciones enteras a las que les llega la luz eléctrica casi un siglo y medio después de haber sido inventada. En 1878 fue Thomas Alva Edison quien construyó la primera lámpara incandescente con un filamento de bambú carbonizado. En 2018, Juan Manuel Urtubey y su esposa recién están reaccionando (con garrafas sociales, cocinas a leña y anafes). Y lo bien que les sienta a los dos.
Desde luego, el progreso no tiene nada de malo, aun cuando llega tarde. El problema es que, cuando se retrasa más de la cuenta, el que incorpora a los seres humanos de su misma generación al agua, a la energía o al saneamiento, debe explicar a sus congéneres la razones del retraso, aunque no sean a él directamente imputables. Si la Iglesia puede pedir perdón por sus errores después de seis o siete siglos, ¿por qué no podría hacerlo el Estado por solo seis o siete décadas de olvido?
En fin, que tan en serio se ha tomado su trabajo en Salta la pareja gobernante, que mientras Xi Jinping, Putin, Trump y Merkel disfrutaban junto a Macri en un teatro Colón soberbio y cosmopolita, Urtubey y Macedo estaban compartiendo la «tradicional cena» con los visitadores médicos de Salta. Todo un detalle, que demuestra la dedicación común a la tierra que los ha unido en matrimonio y por la que se desviven.