Voto electrónico y aca chuya

Ya existían los antisistema mucho antes de que se inventara la democracia.

Un número importante de personas, entre las que se incluye a los descontentos con el régimen político, a los desobedientes natos y a los anarquistas, suelen ver en el acto de votar un aval explícito al sistema y por ello deciden muchas veces anular deliberadamente su voto; porque así como hay una ley que les obliga a votar, no hay ninguna que les prohiba anular el voto propio.

A veces basta con introducir en la urna un sobre que solo contiene un papel de diario o un billete de baja denominación. Otros introducen yuyos, mechones de pelo y hasta fetas de mortadela. Los más creyentes meten estampitas de San Martín de Porres y los más intelectuales escriben una carta incendiaria contra el régimen. Cualquier objeto extraño dentro del sobre es bueno para anular el voto.

Pero no falta aquel votante envenenado e incivilizado que, en uso de su libertad (artículo 19 de la Constitución Nacional), emplea un voto verdadero al que ha inutilizado o vuelto ilegible mediante el salvaje añadido de fluidos y sustancias corporales.

Al menos en la Provincia de Salta, se cuentan por decenas las anécdotas de escrutinios en los que se han abierto sobres que contenían votos que previamente habían sido usados (intensamente, en algunos casos) como papel higiénico.

El voto electrónico, al hacer desaparecer el cuarto oscuro, el papel y el sobre, y al no dar la posibilidad al elector de venir ya con el voto preparado desde la casa, impide a muchos ciudadanos adoptar la muy democrática decisión de anular su propio voto embadurnando la papeleta con excrementos (propios o ajenos).

Y no solo eso. Obliga a los electores a enfrentar ese momento íntimo y personalísimo (el de la selección de sus candidatos, no el de la defecación) a la vista de todo el mundo.

La autoridad electoral debería saber que entre los votantes hay buenos y malos jugadores de póker. Así como hay muchas personas que no pueden hacer la pis cuando otras las están observando, muchas tampoco pueden votar en las mismas circunstancias. Algunos temen que una mínima flexión de la comisura de los labios o un inoportuno arqueo de cejas los delate.

Al elector incivilizado, al anarquista y al antisistema solo le queda entonces el recurso de llevar un frasquito con aca chuya disimulado entre sus ropas y, cuando nadie lo vea, verter su contenido en la ranura en la que se introduce el CD maestro de las nefastas máquinas de voto electrónico de Magic Software Argentina.

Tal vez no consiga anular su voto, como se hacía antaño, pero al menos habrá conseguido que el escrutinio huela muy mal.

O que huela mucho peor, porque aun sin necesidad de un frasco -ya todo el mundo sabe- el escrutinio del voto electrónico de Urtubey, desde mucho antes de la votación, huele a aca chuya ¡bien fresca!