El fin de la resiliencia

  • En los últimos quince años, la resiliencia ha llegado a convertirse en la palabra clave de la política de nuestros tiempos.
  • Frágiles y vulnerables

Todo, hasta que la pandemia del coronavirus acabó, de un plumazo, con la estrategia de ‘mantener la calma y continuar’, que, hasta aquí, había venido inspirando las reacciones de los gobiernos y las organizaciones internacionales más importantes frente a los problemas globales y locales.


La resiliencia de la que nos hablaban como formidable cualidad colectiva, tanto los intelectuales como los políticos que se animaban a seguir su estela, se caracterizaba por desbordar conceptualmente la idea de la mera resistencia. Desde las más altas instancias públicas, nacionales o internacionales, se nos animaba a desarrollar una capacidad especial de adaptación racional frente a los agentes perturbadores, o frente a situaciones adversas.

De lo que se trataba, en definitiva, era que, de ocurrir determinados eventos disruptivos, nuestras sociedades, nuestros países, fuesen capaces de recuperar, rápida, fácilmente y sin que cunda el pánico, su estado anterior al comienzo de la perturbación o la amenaza.

¡Hasta en Salta había proyectos y planes para convertirnos en una sociedad «resiliente» e «inteligente»!

Pero por qué no habría de haberlos, si organizaciones y bloques internacionales tan diversos como las Naciones Unidas o la Unión Europea habían adoptado también estrategias de resiliencia en varias áreas políticas (el marco de riesgo y resiliencia de la Agenda 2030 de la ONU para el Desarrollo Sostenible, 2017; el Plan de Acción de la Unión Europea para la resiliencia [Comisión Europea, 2013], la Estrategia Global de la Unión Europea, 2016 y otros importantes documentos políticos).

Sin embargo, las respuestas globales a la amenaza del coronavirus parecen demostrar que entre las primeras víctimas de la pandemia se debe contar a los diferentes discursos de políticas de resiliencia.

Las primeras conclusiones que arroja esta crisis todavía en ciernes nos alertan de que la «reacción normal» frente a las amenazas graves (esto es, el no entrar en pánico o no reaccionar de forma exagerada) ya mismo se considera una actitud peligrosa y arrogante (Nassim Nicholas TALEB et al, 2020).

A la vista de las medidas extremas y hasta ahora desconocidas adoptadas por los países, ser resistentes y resilientes solo puede contribuir a empeorar los problemas. Ser resistentes o intentar serlo no hará mejor cosa que el virus se propague y se extienda a velocidades vertiginosas. Por eso quizá la mayoría de los gobiernos ha comprendido que es mejor cerrar, cancelar y restringir ahora, y hacerlo por la fuerza, en vez de que tengamos que arrepentirnos más tarde.

Quizá lo más importante de todo aquello que hoy parece desmentir el discurso estratégico de la resiliencia sea la convicción, cada vez más arraigada en estos días, de que, después de la superación de la pandemia, nada o casi nada volverá a ser como antes. Esta creencia comporta nada menos que la negación absoluta de la resiliencia, puesto que, una vez que la perturbación haya cesado, ya no volveremos a nuestro estado anterior, aunque una mayoría lo desee y haga esfuerzos para conseguirlo.

Como discurso político relacionado con la gestión de desastres, la seguridad o la construcción de la paz, el de la resiliencia es a menudo contemplado como una respuesta flexible y adaptable para enfrentar los desafíos. Así, se nos ha dicho que la resiliencia consiste en compartir y distribuir responsabilidades y capacidad de respuesta entre los diferentes niveles espaciales. Siguiendo este modelo, las comunidades locales son convocadas a hacerse cargo de sus problemas y para ello se las empodera o se les ayuda a construir su propia capacidad a través de iniciativas de refuerzo de la resiliencia.

Pero este enfoque, que algunos consideran no es más que una mera cortina de humo para soluciones neoliberales de recorte de costos, no ha funcionado frente al reto de esta pandemia. En lugar de soluciones locales inmediatas y elaboradas por la base social, los gobiernos han optado por soluciones centralizadas, complejas e impuestas «desde arriba» con pretensiones de observancia uniforme en todo el territorio.

Probablemente no había otra salida. Cuando nos hemos visto de golpe enfrentados a una pandemia global, incluso este enfoque de la resiliencia, reactivo, flexible y de base comunitaria, parece haberse revelado como una opción inviable o, cuanto menos, desaconsejable.

Si algo ha quedado demostrado a lo largo del lento y exasperante desarrollo de esta cruel amenaza es que las personas (los ciudadanos de una democracia) no son infalibles, como se les supone, en cuestiones políticas. Lo demuestran, entre otras señales, el asalto a los supermercados, el pánico que nos invade como consumidores, la compra compulsiva e innecesaria de artículos de limpieza, de alimentos y medicinas. Lo confirma también también la actitud de algunas personas que, en medio del caos y desoyendo los llamados a la responsabilidad, organizan fiestas, viajan, practican deportes caros y no tienen empacho en poner en peligro a otros como a sí mismos.

La crisis nos ha enseñado que las personas transmiten y expanden el virus cuando se les deja hacer lo que ellos quieren. Y si algo ha quedado muy claro en los debates sobre el estado de alarma esto es que en una crisis grave y profunda como la que atraviesa nuestra civilización los intereses de «la gente» no se pueden confundir con el interés público.

La pandemia nos obliga a pensar que no somos, en general, capaces de protegernos a nosotros mismos. Que vivimos rodeados de personas que son peligrosamente irracionales, débiles y vulnerables, que necesitan protección, tanto de los otros como de sí mismos. Se puede discutir hasta el infinito si la buena protección es la que nos proporciona el Estado, pero ahora no es momento sino de aceptar y someterse a las medidas que los gobiernos han adoptado para proteger la integridad de los países y la salud de sus habitantes. Muchos critican hoy que los gobiernos nos hayan confinado de una forma autoritaria y denuncian que la sociedad ha sido reducida a la protección y promoción de una mera existencia biológica.

Pero mientras esto sucede, otros se dan cuenta de que este resultado no es producto de una opresión autoritaria sino de una necesidad de protección prácticamente ineludible, puesto que frente a lo que tenemos encima ninguna resiliencia se puede oponer con éxito. Incluso los más críticos se muestran dispuestos a secundar medidas aún más duras y soportar niveles mayores de intervención estatal, como lo demuestra la mayoritaria aceptación social de la iniciativa para que el ejército ocupe las calles para hacer cumplir el confinamiento.

Así como nuestra irracionalidad, fragilidad y vulnerabilidad nos impiden ser resilientes, nos condena también a una forma de protección basada en medidas de guerra. Lo que sin embargo tenemos que impedir es que esta guerra que libramos desborde los límites de una guerra biológica y sanitaria para que no se convierta en una guerra civil por el solo hecho de que el enemigo invisible habita en las mismas personas a las que tenemos el deber de salvar. En otros términos, que si cada uno de nosotros es una amenaza a la seguridad y al mismo tiempo es la persona que debe ser protegida de la amenaza, parece claro que no podemos confiar en que nosotros mismos nos vamos a poder cuidar.

Sin llegar al extremo de proclamar, como lo hacen los activistas de Extinction Rebellion, que «el coronavirus es la cura y los humanos son la enfermedad», tenemos que admitir que la facilidad con que hemos llegado a la conclusión del fin de la resiliencia como discurso político puede explicarse por el hecho de que el «ser humano» que presupone la resiliencia para su despliegue -un sujeto capaz de razón y responsabilidad- se nos ha revelado ahora como una ficción arrogante y problemática.

La respuesta global a la crisis del coronavirus nos demuestra que las sociedades ya no confían en sí mismas para ser resistentes. Que necesitan de respuestas duras por parte de los gobiernos, en forma de restricciones severas a nuestras libertades. Si esta es la lección del brote epidémico y la respuesta global al mismo, entonces realmente estamos ante una llamada de atención seria para que, entre todos, elaboremos un nuevo enfoque que pueda proporcionar respuestas y soluciones a nuestra creciente vulnerabilidad, sin tanto protagonismo del Estado, sin tanto despliegue de fuerza y autoridad, sin tanto sacrificio de nuestras libertades y sin una condena a una vida biológica desnuda de mera subsistencia, como la que estamos llevando en algunos países.