Junto a una tranquera futurista, como si estuviese parado en la puerta de una feraz estancia de Anta, pero con su mirada extraviada en el firmamento divino, así posó para los fotógrafos argentinos el entrenador de la Selección Diego Armando Maradona. El crack no sólo llevaba puesta una coqueta gorrita de Adidas con los colores nacionales, que le protegía las ideas, sino también un poncho salteño en toda regla, con el que ayudó a que a sus castigados pulmones no se vieran afectados por el céfiro constipante de Pretoria.
La barba que adorna el rostro del DT desde que un perrito le mordisqueara sus facciones, le da al ídolo un vago aspecto güemesiano, lo cual no sería de extrañar si se tiene en cuenta que esa extraña leyenda que aparece debajo de los escudos de la camiseta nacional, aunque en letras pequeñas, dice "Gral. Martín Miguel de Güemes, héroe de la Nación Argentina".
Voceros de la AFA han señalado que pusieron esa leyenda para que el anciano presidente Mandela pudiera enterarse de una vez por todas que el que defendió tenazmente la frontera norte de la Patria fue el General Güemes y no Otamendi, ni Garcé, especialistas en otro tipo de defensas.
A pesar de los aritos y de los babosos besos a sus jugadores, Maradona luce en la foto una viril estampa gauchesca, y una actitud más bien humilde, toda vez que se le ve como implorando al altísimo algún favor en forma de goles.
A la vista de los buenos resultados obtenidos hasta el momento, se hace un deber del gobierno de Salta encargarle al ponchero oficial del reino, la confección urgente de 23 ponchos, que lleven estampados los números y los nombres de los jugadores. Si acaso, también se podría enviar algunos otros ponchos de lana más barata para Bilardo, Mancuso, Enrique y Grondona.
Un fortín gaucho debería pensar también en llevarlos a Pretoria a puro galope, como hizo Calixto Gauna con aquel manifiesto.
¿Que hay un océano de por medio? ¿Qué océano? Para nuestros gauchos no hay proeza que no se pueda lograr, sobre todo si llevan el poncho bien puesto, y esos guardamontes convierten a sus briosos corceles en émulos de Kabubi, aquel camello volador que llevaba a su grupa a dos jovenzuelos que cuando juntaban el anillo se les aparecía el omnipotente genio Shazzan.
Con suerte, los gauchos, los ponchos salteños y los guardamontes pueden favorecer que Tévez y el Kun Agüero junten sus anillacos cerca del área contraria y que de la unión surja el genio Messi, envuelto en nuestros colores (el rojo y el negro, por supuesto), que buena falta nos hace.