Hace unos meses nos enteramos que una empleada doméstica que prestaba su servicios en una muy digna casa del centro de la ciudad de Salta, comunicó a sus empleadores que se daba de baja voluntaria "porque le afectaba el ecosistema del Parque San Martín". Los sorprendidos dueños de casa nunca supieron si la empleada tenía fobia a las bandadas de catas y loros, si presentaba algún síntoma anafiláctico provocado por las juanitas que inundan con su inconfundible aroma las cercanías del Parque, o si tenía miedo a las feroces jaurías que campan a sus anchas por la zona.
Antiguamente las empleadas domésticas renunciaban a su empleo alegando alergia a la Fenelina, al Puloil, a la virulana, a la lavandina, pero dudosamente tuvieran reparos referidos al "ecosistema" circundante.
Antiguamente las empleadas huían de las casas regenteadas por patronas histéricas, mal habladas, picheritas o de costumbres licenciosas. Lo mismo sucedía cuando tenían que soportar a dueños de casa acosadores, violentos o mal pagadores.
Ahora, cuando las domésticas renuncian por causas como éstas sostienen que "han sido avasallados sus Derechos Humanos", que la pareja de dueños de casa conforman "una asociación ilícita" o que, entre ambos, intentaron cometer contra ella "un genocidio".
Cualquier palabra más alta que la otra es considerada "represión" y se defiende la igualdad entre principales y subordinados en nombre de la "democracia" en el lugar de trabajo.
No es malo de suyo que los trabajadores defiendan con ardor sus derechos y que disfruten de las mejores condiciones de trabajo posibles. Lo que resulta llamativo es que hasta qué punto el lenguaje mediático llega a calar en las relaciones domésticas y deformarlas hasta hacerlas irreconocibles.
Esto sólo se explica por la penetrante influencia de los medios de comunicación y por el bombardeo de tecnicismos que algunos medios descargan sin piedad sobre el ciudadano.