Desde hace algún tiempo, el centro de la muy noble, leal y turística ciudad de Salta se ha convertido en el hábitat natural de una cantidad más o menos respetable de perros vagabundos. No se trata precisamente de perros asilvestrados, pues no hablamos propiamente de animales que han reasumido su condición de salvajes, sino más bien de perfectos urbanitas. No en vano parecen muy a gusto con los usos y costumbres de la ciudad. Como nuestro "casco histórico" (en realidad esas cuatro manzanas alrededor de la Plaza 9 de Julio en las que se ha puesto algún cuidado) es el principal reclamo turístico de la ciudad, el hecho de que sus bellezas resulten mancilladas por los perros vagabundos es una cuestión que preocupa en cierto modo a las autoridades encargadas de engordar nuestro turismo.
Lo peor del caso, es que nuestros conciudadanos parecen ya bastante acostumbrados a convivir con los perros en el centro. Su presencia -por así decirlo- no despierta indignación entre los transeúntes, que no se sienten agredidos o molestados por los canes, aun cuando estos circulan con amenazante impunidad, sin controles sanitarios y en grupos que convendría calificar como "patotas", que bien podrían engrosar (o, mejor, blanquear) la exigua y ridícula cifra de 64 que ha censado la policía local.
No se trata, en general, de perros famélicos (o "anoréxicos", como diría un conocido matutino) sino de ejemplares bastante bien alimentados. Es de suponer que, además de escarbar en la basura de la parte más opulenta de la ciudad, los canes son alimentados por algún alma caritativa cuyo interés no es otro que evitar al turista el espectáculo de perros flacos y desnutridos, por aquello de no dar una mala imagen.
Los gastronómicos de la zona se quejan de que los perros invaden las veredas, se estacionan junto a los bares y cafés, y provocan más suciedad que la que normalmente generan sus establecimientos.
Pero son todos estos inconvenientes muy menores frente al espectáculo de las jaurías entregadas al desenfreno sexual, especialmente en las proximidades de la Catedral y del Palacio Episcopal, lugares desde donde siempre se han amasado consignas contrarias a toda exacerbación de las pasiones carnales. No sabemos qué dirán los eclesiásticos de las orgías matinales que montan los canes muy cerca de nuestros sagrados lugares, pero sí nos imagimanos qué puede experimentar una pareja de turistas australianos, cámara en ristre, cuando ven que la naturaleza se apodera de los canes y los hace traspasar el umbral de un mundo mágico de delicias sensuales que la mayoría de los hombres no se atrevería a soñar (stand on the threshold to the magical world of sensual delights that most men dare not dream of).
El ministro Posadas debería enviar a sus encuestadores a verificar si no se está produciendo un aumento del índice de natalidad entre las parejas que nos visitan. Sería conveniente, a estos efectos, suscribir convenios bilaterales con los países emisores.
Los perros vagabundos de Salta y sus dudosos códigos morales pueden estar detrás de la crisis de valores que experimenta nuestra sociedad. Ya no es sólo basura, suciedad, mala imagen, mal de rabia y otras pestes las que nos traen los perros. No son inconvenientes al tránsito peatonal ni molestias en los bares. Se trata de una agresión a nuestros sentidos y a nuestra decencia a la que convendría poner fin mediante una política anticanina humanitaria y respetuosa de los derechos de los animales.
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