Dos blogueros del diario El Mundo de España se han referido en estos días al tema de la reciente detención en Nueva Zelanda de Kim Schmitz, el fundador de Megaupload. En un país en donde la prensa formal -aun en sus secciones de opinión- suele ser extremadamente cautelosa para evitar posibles ofensas a grupos de individuos, los dos blogueros en cuestión se han referido al detenido Schmitz con expresiones como "el presunto gordo más escurridizo del mundo" o "el gordi de Megaupload" ("al que le vendría de perlas un ratito adelgazador en el trullo").
Estas expresiones, que solo sirven para poner de relieve una cualidad física o estética de una persona, dejando en segundo plano el motivo real por el cual esta persona es noticia, resultan claramente peyorativas y malsonantes, incluso para aquellos que no comulgamos con el uso de eufemismos a la hora de evitar llamar con nombres comunes a los grupos de individuos o a los individuos que pertenecen a estos grupos.
Es un hecho realmente lamentable que un escritor -y más en un diario como El Mundo- considere más importante llamar "presunto gordo" a quien es, con bastante probabilidad, un presunto delincuente (y con seguridad un presunto inocente), así como triste e inexplicable que otro emplee una expresión como "el gordi de Megaupload", para colocar por encima de las acciones, reales o presuntas, del sujeto un detalle tan intrascendente como su apariencia física.
Tal vez porque el señor Schmitz está preso en los antípodas, muy lejos de España, resulte más fácil llamarlo gordo, para degradar su imagen, para hacer más repugnantes sus delitos o para sugerir una relación entre su volumen físico y la envergadura de sus negocios. Es probable, pues, que ni Schmitz ni sus adeptos españoles reaccionen ante la ofensa.
Pero si los mismos blogueros -u otros- hubiesen llamado en su momento "presunto gordo" al director Álex de la Iglesia o "gordi" al actor Santiago Segura (solo por poner dos ejemplos) o hubiesen recomendado a cualquier persona gorda una cura adelgazatoria en la cárcel, es casi seguro que el escándalo estaría servido en España, en donde las susceptibilidades están a flor de piel.
No cabe la menor duda acerca de que la libertad de expresión tiene un valor superior al de las sensibilidades individuales, pero las ofensas desembozadas, rayanas en la vulgaridad, no son algo que los lectores y consumidores de opinión acojan con regocijo.
Tal vez El Mundo debería aprender de su gran competidor -el diario El País- que para referirse al mismo personaje ha utilizado expresiones bastante menos discriminatorias como "el extravagante dueño de Megaupload" o la "oronda figura de más de 140 kilos de excentricidad en dos metros de altura".