El futuro de la Terminal de Ómnibus y del canal de la avenida Yrigoyen a debate

Obras en el antiguo Canal del EsteEl hundimiento de buena parte del suelo de la Terminal de Ómnibus de Salta, ocurrido el pasado 14 de enero, sumado a la denuncia de profanación de tumbas en el vecino Cementerio de la Santa Cruz, y a las muertes violentas de dos presos del penal de Villa Las Rosas, ocurridas casi el mismo día, han hecho que algunos comiencen a hablar ya de "la maldición del antiguo Canal del Este o Zanja del Estado".

Parece como si el ánima protectora de la Juana Figueroa hubiese abandonado a los lugareños. En el Club Libertad, el Tiro Federal, el antiguo Salón Verde, los monoblocks de Nuestra Señora de Talavera y en las estaciones de servicio aledañas se estarían realizando por estos días sahumerios y otras ceremonias, entre religiosas y paganas, con el objeto de ahuyentar a los malos espíritus.

Aparte de aguas servidas y de gatos muertos, el viejo canal de la avenida Yrigoyen parece transportar actualmente un caudal intangible de malas ondas, que, entre muchos otros males, ha traído de regreso a la arena mediática a ciertos gurús de la planificación urbana, en edad de jubilación, que están sacando a la luz carpetas enmohecidas y planos amarillentos, trazados en las épocas en que Salta era gobernada por un "gran precursor" (químico).

Ya no se trata solo de saber qué hacer con la Terminal de Ómnibus, sino que también es necesario saber cuál será el futuro del ominoso canal urbano que los grandes visionarios que nos precedieron atinaron a cubrir en aquella parte que discurre frente a las fastuosas residencias de los ricos, pero que permanece abierto -aun en pleno siglo XXI- desde el improvisado santuario de la Juana Figueroa hasta la confluencia con el río Arenales.

El dichoso canal tiene -por así decirlo- un régimen hídrico bastante irregular, pues facilita la acumulación de porquería durante el invierno y el transporte de la misma hacia nuestros ríos durante el verano. Es una bofetada medioambiental a cielo abierto, ignorada por quienes se escandalizan por los proyectos mineros que se ejecutan a 400 kilómetros de la ciudad y no ven la realidad debajo de sus propias narices.

Pero es tan pobre la fama de aquel tagarete, que cuando Castilla y Leguizamón tuvieron que cantarle a un canal, eligieron a otro, más bohemio y pintoresco; tan intrascendente su historia, que ningún fiscal federal ha enviado buzos tácticos a explorar sus profundidades, ni nadie dice haber visto en su torrente a reptil prehistórico alguno. De vez en cuando se despeña algún machadito, pero todo queda en una "información sumaria".

Además de trazar una injusta división clasista de la ciudad, la existencia de semejante canal abierto en el corazón de Salta revela la incapacidad de nuestros gestores públicos para hacer compatibles el viejo diseño urbano con las exigencias de progreso de una ciudad que supera holgadamente el medio millón de habitantes y que ha multiplicado por cinco su tráfico rodado en menos de una década.

No son solamente cuestiones técnicas las que impiden recuperar ese espacio. La economía tampoco es hoy un obstáculo para acometer las obras necesarias. Hay razones ideológicas y hasta religiosas que mantienen congeladas las decisiones. Son las mismas razones que en su día motivaron el traslado del monumento a monseñor Roberto J. Tavella desde la rotonda de Limache a la aristocrática esquina de Virrey Toledo y Paseo Güemes.