En su afán por denunciar la desorganización y subinformatización de los cementerios municipales de Salta, un diario de esta capital ha sembrado esta mañana el terror entre la población de la ciudad. La información, confusa y sesgada, habla de la supuesta profanación de 50 tumbas por un error administrativo, que se achaca a la falta de digitalización de los registros de la necrópolis "por donde pasan los datos de todos los muertos en esta capital".
Este concepto aparece, sorprendentemente, reiterado otra vez en la misma noticia donde se hace referencia a "las dependencias administrativas del lugar que nuclea los datos de todos los muertos en esta capital".
El enfoque es completamente erróneo, por cuanto ni "todos los muertos en Salta" se hallan enterrados en el Cementerio de la Santa Cruz, ni sus dependencias administrativas poseen registros y datos de "todos los muertos en esta capital".
Es ésta una idea infelizmente totalitaria, pues, como es sabido por todos, muchas personas que fallecen en Salta no son enterradas sino cremadas y una buena parte de quienes fallecen en nuestro territorio reciben sepultura en cementerios de otras localidades, otras provincias e, incluso, otros países.
Se supone que quien debe guardar los datos de "todos los muertos en Salta" es el Registro Civil, que asienta las defunciones desde hace más de 120 años, mas no el cementerio que ninguna competencia tiene en el asunto. La libertad de cultos y la laicidad del Estado han acabado con el monopolio religioso sobre los muertos.
No solo es improbable sino que además es antieconómico y antijurídico, que el mínimo aparato administrativo del Cementerio de la Santa Cruz sea capaz de guardar registros analógicos de "todos los muertos", como se afirma en la información del citado diario. Pretender que el cementerio tenga digitalizados todos los registros de muertos es algo exagerado, teniendo en cuenta que el Registro Civil de Salta, con muchos más recursos, solo ha digitalizado una parte mínima de sus libros.
Si acaso, solo es deseable que el administrador del cementerio posea datos de las tumbas allí dispuestas, de sus ocupantes y de las personas que poseen los derechos sobre las parcelas.
El segundo elemento sorprendente de la noticia es que se hable de "profanación" y se culpe de ella nada menos que a la Secretaría de Medio Ambiente y Servicios Públicos de la Municipalidad.
¿En qué consistiría la mencionada profanación? Pues según el relato del diario, en la acción de desocupar los nichos que no se encuentran al corriente de pago y trasladar los féretros a una fosa común.
La noticia dice textualmente: "la cúpula del cementerio, que además funciona como la necrópolis de esta capital, ordenó la profanación sistemática de tumbas, seguida de morbosas ruedas de reconocimiento para encontrar a la difunta".
Es posible, desde luego, que la dirección del cementerio (hablar de cúpula puede generar una confusión arquitectónica) haya ordenado profanar tumbas de modo sistemático, pero nadie profana nada impartiendo órdenes sino realizando acciones concretas que supongan un trato irrespetuoso hacia los cadáveres.
Es francamente chocante la idea de que alguien imparta una orden de profanar, y que un humilde trabajador municipal diga, "bueno, ya que me han ordenado profanar, pues profanemos". El respeto que imponen las cosas sagradas normalmente impulsa al empleado del cementerio a ejecutar los traslados de difuntos de un sitio a otro con la máxima delicadeza.
Ese mismo respeto es el que impide -o debiera impedir- que en pleno cementerio se organicen "ruedas de reconocimiento" para encontrar a difuntos no identificados, como se afirma en la crónica periodística. Los cementerios -que se sepa- no funcionan como las comisarías, en las que junto a un presunto culpable se paran en fila un grupo de sonrientes voluntarios. "Este muertito es mío; ya puede usted deshacerse de los otros".
Además, "reconocer" a un muerto que lleva más de cinco años enterrado no es tarea que puedan llevar a cabo unos cavatumbas municipales y un grupo de dolientes, sino asistidos por el equipo de Antropología Forense de La Plata.
Describir la zona de enterramiento común de nuestro cementerio como "una montaña desorganizada de huesos, cruces y madera carcomida por la humedad" -algo que puede ser real, por supuesto- habla muy mal no solo de la dirección del lugar sino también de los propios trabajadores, esos mismos que critican la desorganización de la dirección y que se quejan -como los carretilleros de Auschwitz- de lo repetitivo de su trabajo.
Algo falla en este enfoque de la cuestión. O comenzamos respetando a nuestros muertos y a los trabajadores que cuidan sus últimas moradas, o desmontamos en un minuto toda una tradición de respeto hacia la muerte, que nos viene de siglos.
Nadie que respete a los difuntos puede decir cosas como que los "titulares de cada cadáver reciben tres notificaciones". Los cadáveres no tienen "titulares" ni dueños, como algunos diarios.
Exijamos un respeto para los muertos y otro para los lectores (vivos).