El diputado De Vita y su proyecto de militarización de la infancia salteña

La infancia militarizadaLas sociedades fluctuantes y pendulares como la nuestra se enfrentan, de tanto en tanto, a ciertas paradojas. Una de ellas, y no necesariamente la más notoria, es que los militares exitosos desean para sus hijos carreras civiles, en las que incluyen el servicio público en la política.

Antiguamente, los oficiales de las Fuerzas Armadas de la Nación, tal vez por aquello de la recurrencia de los golpes de Estado y la proximidad del ejercicio del poder, querían a toda costa que sus hijos abrazaran también como ellos la carrera militar, llegando, en algunos casos, a formarse auténticas dinastías de tenientes coroneles y coroneles, y sagas -menos cuantiosas- de generales más o menos ilustres.

Si a un abnegado oficial del Ejército Argentino se le preguntase hoy qué quiere para el futuro de sus hijos, dirá seguramente que quiere que sean buenos médicos o fantásticos arquitectos, sin descartar la posibilidad de que se conviertan en diputados o concejales, por aquello del poder, pero también por los buenos sueldos, que hoy son escasos en la profesión castrense.

La paradoja a la que nos referimos estriba en que algunos militares frustrados -como el diputado Julio De Vita, el mismo que hace décadas paseó su garbo por el Colegio Militar de la Nación sin alcanzar a graduarse ni de furriel- en vez de pretender que los niños de Salta imiten su fulgurante carrera, primero como periodista y después como diputado, prefiere sacudirse el estigma del fracaso militar "llamando a filas" a la infancia salteña, para que reciban "formación militar" al igual que lo hacen hoy miles de niños en lo que él llama "escuelitas de policías", como si se tratara de inocentes instituciones y no de auténticas canteras de autoritarismo uniformado, contrarias a los tratados y declaraciones universales de protección de la infancia.

Los argumentos del cejipoblado diputado salteño merecen un desprecio, pero siempre menor. No le ha sido -por desgracia- concedido al señor De Vita el don de que la ciudadanía dedique a sus iniciativa el mayor de sus desprecios.

Su idea se basa en la necesidad de "contener a la infancia", para lo cual es del caso pensar que el diputado salteño considera insuficiente el rol de la escuela, el de la familia y el del sistema educativo. Para paliar esta carencia fundamental no es preciso mejorar los mecanismos naturales de protección de la infancia, sino inyectar fuertes dosis de disciplina, rigor, valentía, arrojo y "coordinación de movimientos", como si nuestros niños fuesen incoordinados cerebrales, espásticos o afásicos. Con tal, la letra con sangre entra.

Sostiene De Vita que dos horas de entrenamiento militar son imprescindibles para que los chicos “estructuren” su vida desde pequeños. Algo parecido pensaban aquellos señores que, hace unos treinta cuatro años, arrebataban a los hijos recién nacidos a las madres a las que posteriormente arrojaban al mar desde los aviones. La finalidad era la misma: "estructurar sus vidas desde pequeños". Aunque con un matiz: los apropiadores renegaban de Herodes, pensando que, tal vez, en una "buena familia" (como las de ellos) el inocente podría evitar abrazar la causa marxista-leninista.

Sabe Dios hasta dónde puede llegar el diputado con esta iniciativa, pero lo que sabe ya el común de los ciudadanos de Salta es que con ella el diputado no sólo ha empezado a cavar su pequeña fosa política (por aquello de su menuda talla) sino que también ha empezado a "echarse tierrita" encima con objeto de inhumarse en vida.

Si algo no necesita, decididamente, nuestra sociedad es una mayor militarización. Ya es chocante que en formaciones matinales de las escuelas públicas y laicas se den voces de mando como si fuese una tropa; ya es irritante que pequeños niños que serán futuros ciudadanos desfilen frente a las autoridades haciéndoles a éstas una pequeña genuflexión en señal de reverencia, para que un señor venga a decirle a los padres de los niños de Salta que, en lugar de amor y de valores humanísticos, lo que deben aprender sus hijos son el cuerpo a tierra, el saludo 1 y el saludo 2, a terciarse el fusil y a atarse los borceguíes en presencia de un sargento ayudante con cara de fox-terrier.

Para los hijos del señor De Vita, tal entrenamiento supondrá una revancha generacional contra la injusta criba de que fue objeto su padre a finales de los años setenta, y puede que hasta sea bueno, entretenido y educativo, o, quién sabe, incluso necesario.

Pero para los hijos de los demás, incluidos los nuestros, la proposición de este nuevo Mahmoud Ahmadinejad salteño, aliado incondicional del gobernador Urtubey, es una afrenta al civismo democrático y un indecente intento de manipular la libre conciencia de los ciudadanos.