El fútbol y la política se parecen en la Argentina como dos gotas de agua. Algunos dirán que se asemejan por la pasión que inflama tanto a militantes como a hinchas; otros buscarán el parecido en la corrupción que afea la labor de políticos y de dirigentes deportivos casi por igual; otros, en fin, dirán que se parecen porque ambas actividades han perdido su calidad de antaño. Solo diez años separan la creación del club River Plate (1901) de la fundación de la Unión Cívica Radical (1891). Transcurrido más de un siglo, el viejo partido de Alem, Yrigoyen, Alvear, Sabattini, Frondizi, Illia y Alfonsín atraviesa por momentos tan duros como los que vive -si acaso de forma inesperada- el glorioso equipo de Peucelle, Pedernera, Moreno, Labruna, Ermindo Onega y el Beto Alonso.
Después de resultados electorales malísimos, que hubieran obligado -si las reglas electorales fuesen dictadas por don Julio Grondona- a que la UCR dispute una "promoción" con un partido marginal y minoritario, los radicales insinúan su recuperación en las urnas, al amparo de la figura creciente y atractiva de Ricardo Alfonsín.
Después de resultados casi tan desastrosos como los anteriores, River se encuentra ahora hundido en la poco lucida -y sobra decirlo, desdorosa- división B nacional, sin tener siquiera la esperanza de que entre sus filas emerja el "hijo de un grande" para salvar el equipo y devolverlo a su lugar natural.
El honor mancillado de los millonarios, sus 110 años de historia, la destrucción del estadio y la profanación de sus trofeos han determinado que algunos jugadores y exjugadores se ofrezcan a jugar "casi gratis" para ayudar a River a recuperar cuanto antes la categoría perdida.
Así, el propio Matías Almeyda -líder de los descendidos- ha sido fichado ya como entrenador para conducir a River a través del desierto. Tras él se han ofrecido el goleador Mariano Pavone, el expatriado Burrito Ortega, el arquero Germán Lux, el delantero Fernando Cavenaghi y el defensor Ariel Garcé.
Solo ha faltado que don Amadeo Carrizo, con sus 85 años a cuestas, sintiera también el llamado del deber y anunciara su propósito de volver a defender los tres palos millonarios.
Pero no es el regreso de "viejas glorias" lo que facilitará la recuperación de River para la zona pavimentada del fútbol. Téngase en cuenta que bajo la guía de una estrella indiscutida (Daniel Passarella) y la inspiración técnica de otro histórico (Juan José López), el equipo de Núñez rozó el infierno.
La solución, una vez más, se halla en la política.
Todo sería cuestión de abandonar el arcaico concepto de "equipos de fútbol" para instaurar la idea de "espacios futbolísticos", dentro de los cuales, los hinchas de todos los clubes pudieran ejercer su pasión a través de internas abiertas, simultáneas y obligatorias.
Esta pequeña reforma de la AFA permitirá que los clubes desplieguen una suerte de "transversalidad" y que, por ejemplo, equipos como Almirante Brown, Aldosivi o Atlético Tucumán disputen partidos cuyos puntos pasen a engrosar el casillero de River y no el suyo propio.
Urge en consecuencia que River, en lugar de buenos jugadores, consiga "espacios colectores" de puntos, valiéndose de otras camisetas, de "equipos espejo" y de "partidos testimoniales".
¿El hincha? No hay que preocuparse por él, ya que si los ciudadanos argentinos aplaudimos en lugar de protestar cada vez que los políticos y los sistemas electorales tramposos distorsionan nuestra voluntad, ¿por qué razón habría de molestarse ese ser casi irracional que es el hincha?
Señores millonarios: ¡A pensarlo!