Como hincha de Boca es mi deber manifestar el deseo de que el Club Atlético River Plate pueda permanecer en la máxima categoría del fútbol argentino. Las razones para expresar en voz alta este deseo son variadas y van desde el riesgo de desertización afectiva que produciría el abandono de la arena por parte del principal contrincante xeneize, hasta la estupidez que comporta regocijarse por la estancia en el purgatorio del club que ha ganado más títulos en la historia del fútbol nacional.
Pero lo que me preocupa de verdad es ver a los hinchas de Boca (a ciertos hinchas) con los colmillos goteantes, esperando con ansiedad anhelante el fatídico minuto en que Belgrano de Córdoba le dé a River el empujón final hacia el abismo.
Parece que a muchos boquenses les hace ilusión la idea de ver a nuestras queridas gallinas disputándose glorias muy menores con Defensores de Cambaceres o con Sportivo Comercio de Salta.
Estos hinchas no comprenden que la muerte del adversario solo crea una falsa sensación de hegemonía y que lo que provoca en realidad es la explosión del sistema.
Como hincha de Boca, no me ilusiona ver a River arrastrando su prestigio en categorías inadecuadas, como tampoco me hace ninguna gracia ver a la Unión Cívica Radical acorralada y al borde de la extinción electoral, por mucho que las próximas elecciones puedan ser diferentes para ellos.
Pienso que los argentinos estamos demasiado acostumbrados a desear la muerte del adversario, a procurar su desaparición completa y total de la escena y, en la medida en que se pueda, a hacer imposible su retorno, ni siquiera en forma de espíritu flotante.
El verdadero desafío no es aniquilar al adversario sino ser capaces de convivir con él, es decir, exactamente al contrario de lo que propuso Perón con su desafortunada frase "al enemigo ni justicia".
Aceptar la existencia del adversario y reconocer en él a un portador de derechos requiere comprender que es necesaria la participación de todos en la construcción de un orden común que asegure la supervivencia del conjunto social.
Como en la política, los objetivos de los hinchas de los diferentes equipos deben ser limitados, pues para que estos equipos puedan ganarse la simpatía de los hombres libres, aquellos objetivos deben circunscribirse a lo que se pueda hacer sin destruir al fútbol.
No actúa futbolísticamente aquel que busca mecanismos -incluso legales- para garantizar que los resultados siempre favorezcan a su equipo. Esto incluye especialmente los planes o las presiones para aniquilar al adversario deportivo, para expulsarlo de la competencia o, simplemente, para humillarlo.
Del mismo modo, no actúa políticamente aquel que pretende colocar algo de manera permanente por encima de la política y aquel que, con mentalidad autocrática, quiere prohibir o destruir a la oposición.
Boca necesita de River (y viceversa) como los gobiernos democráticos necesitan de oposiciones y de líderes opositores, vivos, reales y activos. Por esta razón, y aunque solo sea la torpeza de sus jugadores la que ha arrastrado al ilustre equipo millonario a las puertas del descenso, el derrumbe del oponente no debe ser un motivo de alegría sino de seria preocupación.