“...para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”.El párrafo de nuestro Preámbulo reproducido en el encabezamiento, señala con meridiana claridad cual debiera ser la política migratoria de la Nación Argentina.
Los episodios violentos y trágicos ocurridos en provincia y ciudad de Buenos Aires (ya extendidos a otras regiones), han puesto a la intemperie un tema de alcance mundial que habita en Argentina desde hace mucho tiempo y reviste gravedad extrema.
Dejemos por ahora lo puntual, con la ineptitud e ignorancia demostrada por los Gobiernos Nacional y Municipal para resolverlo; las descalificaciones que ambos merecen excederían a este comentario y ya las reciben a diario de los propios ciudadanos. Además, se habló demasiado del tema y aburre.
La pregunta central que la generalidad de los dirigentes y gobernantes evitan responder o la responden mal es, ¿por qué hay millones de personas de todas las razas y procedencias, que dejan sus lugares de origen para irse a otros que ni siquiera conocen y donde nada tienen?. Hoy, con diversos matices, la causa o razón de la gran mayoría es casi siempre la misma y se llama ¡POBREZA Y/O MISERIA!
Un informe reciente de la FAO estima en más de mil millones de personas en el Mundo que HOY padecen hambre congénito y de consecuencias irreversibles. Estos inocentes condenados sin falta por el hecho de existir, habitan en casi sesenta países constituidos como Estados independientes, muchos de los cuales son a la vez impotentes de valerse por sí mismos.
Las migraciones son connaturales a todas las especies animales existentes y la humana no es una excepción acabada de la regla. La búsqueda de un lugar mejor para vivir o cumplir una necesidad, un anhelo, una obligación, una costumbre y hasta un desafío, son algunas de las innumerables causas que impulsan a los seres vivos a trasladarse de un lugar a otro con el propósito de quedarse aunque sea temporariamente.
Pero ahora el Mundo asiste, todavía impávido, a un fenómeno de inmensas proporciones que pondrá en jaque a las estructuras políticas y sociales de los países desarrollados en particular y de los productores de alimentos en general.
La vieja Europa está siendo acosada por multitud de carenciados provenientes de sus antiguas colonias africanas y de los pueblos balcánicos destruidos por las recientes guerras étnicas y religiosas aún no concluidas.
Los Estados Unidos, enfrentan un grave problema con mejicanos, haitianos y centroamericanos que, a riesgo de sus propias vidas, pugnan por ingresar a su territorio de cualquier manera y por cualquier medio.
En todos los casos mencionados, las soluciones encontradas y aplicadas por los gobiernos afectados han sido cavernarias y brutales, demostrando en ellas ineptitud, ceguera, imprevisión, soberbia y una carencia de ideas superadoras que asombra.
Para los hambrientos y desesperados construyen muros electrificados y kilométricos; o los hacinan a la intemperie o en galpones indignos sobre terrenos alambrados y vigilados; o los deportan directamente sin más asistencia que raciones de comida y algún abrigo para unos pocos días. ¡También los hacen matar!, por grupos de asesinos xenófobos que patrullan las fronteras con impunidad garantizada.
En cambio, para los Bancos y/o Grupos financieros fallidos que habían estafado a sus clientes y para los gobiernos demagógicos y corruptos que llevaron a sus Estados a la bancarrota, ¡para ellos sí!, se volcaron trillones de dólares que conmovieron la economía mundial, evitándole a sus responsables asumir el costo de sus errores y latrocinios.
Y en Argentina; ¿todo bien? (forma de saludo actual, que si es de hombre a hombre, lleva un beso incluido).
Los resultados provisorios del último censo realizado en nuestro país, indican que la ciudad de Buenos Aires, junto con los municipios circundantes (el famoso “conurbano”), concentran el ¡cuarenta por ciento! (40%) de la población total del territorio nacional. Dice también que, de los más de siete millones de extranjeros radicados en suelo argentino, el ochenta por ciento (80%) lo está en jurisdicción bonaerense, siendo ellos en su mayoría, bolivianos, paraguayos y peruanos.
Bastan los dos indicadores mencionados para demostrar los resultados sustanciales de las políticas (o la falta de ellas) aplicadas en materia de migraciones entre nosotros y nos permiten apuntar algunas de sus graves y palpables consecuencias.
Ya de por sí misma, la concentración poblacional en el cinco por ciento (5%) de la superficie territorial argentina, constituye un grave desequilibrio potenciador de problemas e inequidades evitables.
Agreguemos a esto un marco legal y reglamentario que lejos de, al menos, neutralizar el fenómeno, lo fogonea y agrava sin solución de continuidad desde hace años.
Empezando por la elección directa del Presidente y Vicepresidente de la Nación, establecida en La Constitución que nos rige, considerando como distrito único a todo el territorio nacional, convierte a la ciudad y provincia de Buenos Aires en actores excluyentes del acto electoral y en objetivo central a conquistar por los aspirantes a ocupar cargos tan relevantes.
El mismo efecto se genera en la composición de la Cámara de Diputados que, por el sistema de representación proporcional, entre ambos distritos superan el tercio de sus miembros con holgura.
El mismo texto constitucional en su artículo 20, reconoce a los extranjeros los mismos derechos individuales de los ciudadanos de origen y les concede la opción de nacionalizarse, con la sola exigencia de requerirla y residir dos años continuos en territorio argentino. Paradójicamente, los eximen de algunas obligaciones a cumplir por los nativos, tales como contribuciones forzosas, incorporación obligatoria a las fuerzas armadas en caso de guerra o ataque exterior, etc.
La política migratoria de puertas abiertas para “poblar el desierto” consagrada por la Constitución Fundadora de la Nación (1853 /60), apuntaba claramente a ubicar los inmigrantes en todo el territorio y no concentrarlos alrededor del puerto como sucedió finalmente. Allí murió el primer proyecto migratorio como política de Estado y nunca fue reemplazado por otro hasta nuestros días. Al contrario, las políticas de las últimas siete décadas han fomentado el hacinamiento, no solo alrededor de Buenos Aires, sino de todas las capitales provinciales y grandes ciudades sin excepción, vaciando los pueblos y zonas rurales del país.
Esta tendencia creciente que no se detiene todavía, ha generado un innumerable conjunto de leyes, decretos, ordenanzas y reglamentaciones puntuales, siempre tardías, que actuando como bomberos buscaban apagar fuegos ya encendidos.
Así fueron y son, los planes de vivienda, las obras públicas de servicios esenciales, los subsidios de toda clase, que concedidos como emergencia se tornan en permanentes, etc. etc.
Es así que, la imprevisión e incapacidad de los dirigentes, los intereses políticos y sectoriales, las apetencias electorales y la demagogia endémica, han creado un cóctel explosivo que hoy muestra sus efectos deletéreos que nadie sabe como detener.
Pero uno de los hechos definitorios de lo que podríamos llamar “ANTIPOLÍTICA MIGRATORIA”, ha sido la virtual desaparición del ferrocarril en Argentina, concebida, ejecutada y mantenida por todos los gobiernos desde 1.976 a la fecha, bajo el “slogan” absurdo y perverso de “ramal que no funciona, ramal que se cierra”.
Quienes conocemos el país, sus pueblos y estaciones (hoy abandonados), cargábamos nuestros productos y viajábamos en tren, somos testigos directos de las consecuencias resultantes de tamaña herejía.
El otro, el más grave, que viene de lejos y se agudiza cada día, es la concentración del poder en el ámbito del Ejecutivo Nacional encarnándolo en la persona del Presidente de la República. La histórica confusión entre autoridad y discrecionalidad presidencial ha sido la corriente subterránea que logró erosionar los cimientos republicanos de nuestra organización institucional, llevándonos hasta la parodia farsesca y denigrante que vivimos hoy los argentinos.
De la discrecionalidad consentida, tolerada y legalizada, nacieron como herramientas necesarias, los “bloques” parlamentarios que trocaron el pensamiento propio por la obediencia debida y desnaturalizaron la representatividad conferida por el pueblo a los legisladores.
La delegación de facultades parlamentarias como exigencia permanente y no como excepcionalidad temporal, es la llave maestra de la discrecionalidad que irremediablemente termina en arbitrariedad, hiriendo así de muerte a las normas constitucionales y a los principios republicanos.
Y ¿qué tiene que ver todo esto con la política migratoria?, cabe preguntarnos y respondemos sin dudar, que mucho más de lo imaginable. Veamos:
El manejo sin control de los recursos públicos por el P.E. y la facultad, también delegada, de modificar alícuotas impositivas, derechos de importación y exportación de toda clase cuando le plazca, son de por sí actos ilegítimos y opuestos al sistema democrático y federal consagrado en la Constitución. Esto lo sabe hasta un niño por lo obvio y grosero.
Pero también la discrecionalidad (delegada), le permite al Ejecutivo recortarles a las provincias los fondos de coparticipación federal que por ley les corresponde y negarles otros provenientes de impuestos y cargas declaradas unilateralmente como “no coparticipables”. Entre las últimas se anotan las RETENCIONES a las exportaciones agropecuarias cargadas sobre los hombros de los productores quienes, paradógicamente, no exportan por si mismos ni un grano de sus cosechas.
Distrito electoral único, aislamiento del interior del país, facultades legislativas delegadas, disponibilidad sin límites de los recursos del Estado, discrecionalidad en su aplicación y destino, son los componentes necesarios del unitarismo perfecto y génesis de las ambiciones personales por el Poder sin plazos.
Con el propósito de mantener blanqueada la pared del frente de una democracia electoralista y formal pero no republicana, se acude a los fondos públicos para buscar con ellos los votos que aseguren la reelección aplicándolos en obras, subsidios, dádivas y prebendas de todo tipo, priorizando a los centros urbanos más poblados del país en detrimento de pueblos y ciudades con poco peso electoral.
Esta ecuación nefasta de, “a mayor población mayores recursos y a mayores recursos mayor población”, ha sido y sigue siendo la Política Migratoria de la República Argentina de los últimos cien años, por lo menos.
La gente no se amontona porque sí en las grandes ciudades y su periferia; lo hace, porque allí espera encontrar mejor nivel de vida que la de sus pagos; porque allí, por más precaria que sea, tendrá luz, agua corriente y gas subsidiados y baratos en su vivienda; allí, habrá una escuela donde mandar sus hijos y un hospital también gratuito donde curarse, todos, servicios impensables en donde antes vivía.
El país macrocefálico y desequilibrado que tenemos es producto directo de las políticas migratorias aplicadas, o mejor dicho, de la inexistencia de una que pueda calificarse como tal.
Este fomento ininterrumpido del amontonamiento registra fundamentos distintos en su prontuario, casi siempre puntuales y acordes a los intereses y circunstancias de su época pero, todos, desconociendo y burlando la esencia fundacional de la Nación como República Federal.
Hoy, esa histórica y grave omisión empezó a presentar sus facturas que nadie había previsto ni sabe como pagarlas. La usurpación de propiedad pública y privada, el corte de rutas y calles, la protesta violenta, etc. son actos delictivos que rebasaron la demagogia permisiva y al camino de la dádiva con que se suponía neutralizarlos.
La gente ahora exige lo tantas veces prometido y que la impulsó al desarraigo. Los subsidios al ocio, la jubilación miserable, el fútbol gratis, la compra del aplauso y del voto ya no sirven ni conforman. Son remiendos indignos que delatan la incapacidad de los gobernantes ante los grandes problemas del país que pasan inadvertidos frente a sus narices.
La inmensa mayoría de los habitantes, sean nacionales o extranjeros, quieren un trabajo estable que les permita vivir dignamente el presente y soñar un futuro que justifique su esfuerzo. No importa el lugar, que hay de sobra para todos, solo hacen falta una cuota de buen criterio, recta conducta y otra mayor de patriotismo para lograrlo aunque, desde hace mucho, son todos atributos desconocidos para la mayoría de nuestra dirigencia.
Vemos entonces que hablar de migraciones no es solo referirnos a la tarea de una oficina secundaria facultada para reglamentar y/o registrar los ingresos y salidas del país o de otra, que hace lo mismo, con los cambios de domicilio que se producen fronteras adentro.
Una Política de migraciones en serio, es una CUESTIÓN DE ESTADO de máxima prioridad de la cual dependerán, entre otros, el régimen impositivo de la nación, el programa de obras públicas del Estado, la promoción de inversiones privadas por actividad y región, el presupuesto de salud, educación y servicios públicos en general.
De lo que se haga o deje de hacer en la materia, tendremos el diseño del país real resultante el que hoy, con pruebas al canto, para nada responde al concebido en el acto fundacional y constitutivo de nuestra Nación.
Puede que sirvan estas líneas para entender la magnitud del tema y por qué somos lo que somos y estamos como estamos.