El dedo de Haití

Niños en HaitíEl dedo de Haití me señala a mí; me señala mientras almuerzo y miro horrorizada en mi tele de plasma a color, la muerte, la miseria y el dolor. El dedo de Haití me señala cuando, por aliviar mi conciencia, llamo a Cruz Roja y ofrezco una donación. El dedo de Haití me señala a mí, pero también a ti y a usted; señala a los millones de personas que ahora hacemos lo que no hicimos antes y que, quizá después, volvamos a no hacer.

Ese dedo no es una invención. Es, por ejemplo, el dedo en descomposición al que se mantuvo agarrada durante una semana una niña haitiana sepultada entre ruinas, hasta que un bombero español la rescató; aquella niña de diez años lo llevaba en su mano cuando vio la luz por fin. También es el dedo del abuelo muerto de Redjeson Hausteen Claude, el niño de 2 años que estuvo abrazado a aquél cadáver hasta que Oscar, otro bombero, lo salvó. Son miles de dedos de haitianos vivos y muertos los que me señalan a mí, pero también a ti y a usted.

Señalan a Chávez y a la Flota Rusa del Norte si es mentira que el terremoto fue causado por oscuras tramas y ensayos de la Marina de Estados Unidos; señalan a la Marina si eso que dicen ocurrió así.

A Estados Unidos si, aprovechando la tragedia, ocupan la isla y a los que dicen eso si lo hacen para hacer política mientras ensucian la ayuda de 12.000 marines, varios buques Armada y un portaviones con camas, quirófanos y agua potable que está trabajando a destajo en Haití.

Señalan al gobierno haitiano cuando se queja, pero también cuando no supo dar más de sí. Señalan a los helicópteros que tiran ayuda desde el aire, a los fuertes que corren para comer y dejan a los débiles de lado para subsistir. Señalan a los fuertes de allí y de aquí, a los que llevamos años sin ver a esos débiles y apropiándonos del botín.

Ese dedo señala a la ONU y a sus cascos azules si, como afirman, no logran imponer respeto cuando hay saqueos; señalan también a los que acusan de exceso de orden militar, pero no aportan mejores soluciones para organizar una marea humana que se agolpa ante un camión de víveres que da miedo abrir.

A las ONGs, si como dice la revista médica “The Lancet”, han pujado unas contra otras por captar más fondos, protagonismo y notoriedad; a esa revista si, por encizañar, ha puesto en peligro miles de donaciones, horas de trabajo de voluntarios que no duermen con tal de salvar vidas, o a organizaciones que tal vez solo trabajan para sacar a la gente de la adversidad.

Señala a la Unión Europea por tardar en coordinarse ante la tragedia; a América Latina por, siendo hermanos de sangre, no haber ayudado más; y a los que han dicho lo uno o lo otro sin reparar en que coordinarse mejor o dar más, es fácil de decir y difícil de lograr.

Ese dedo señala a los que ahora repentinamente quieren adoptar, a los que se lo impiden y a los que se aprovechan de las emociones y de la inseguridad, para comerciar con niños como los que UNICEF denuncia que acaban de desaparecer.

Ese dedo señala a las televisiones, los fotógrafos y los reporteros; a todos los que ahora cuentan al mundo lo que saben que vende bien, para luego irse a otro lugar que venda aún mejor.  

Ese dedo señala a todos y cada uno los que como yo, ahora se da cuenta que existe Haití; y nos seguirá señalando cuando olvidemos otra vez que, como tantos lugares rotos, Haití seguirá allí.

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