Cuando la política es entendida como un ejercicio agónico de supervivencia más que como un servicio al prójimo, quienes se dedican a ella sienten la tentación o la necesidad de ejercer el oficio durante mucho más tiempo que el que la salud (personal y democrática) aconseja. A medida que avanza la democracia y se perfeccionan sus mecanismos, queda más en evidencia que los políticos vitalicios y los liderazgos longevos pertenecen al mundo de las dictaduras y cuasidictaduras y no al de las democracias.
En España, por ejemplo, a nadie le llama la atención que los dos últimos Presidentes del Gobierno (excluyendo al actual) se encuentren hoy jubilados de la política con solo 58 y 51 años, respectivamente.
Las democracias serias tienen una enorme cantidad de incentivos para los políticos que consideran que ya han cumplido su ciclo. Para empezar, quienes han dejado los primeros planos de la vida pública no acostumbran a ser perseguidos judicialmente o acosados por los medios de comunicación, ni son objeto de escraches de por vida. La mayoría de estos políticos dedican su tiempo a la reflexión, a escribir libros, a pronunciar conferencias, a impulsar fundaciones, a apadrinar causas medioambientales y a otras actividades tan apacibles como éstas.
No sucede lo mismo entre nosotros. Y me refiero muy concretamente a los políticos de nuestra Provincia de Salta.
Buen ejemplo de ello son los dos últimos Gobernadores, quienes a pesar de sus ya larguísimas carreras políticas -uno con 61 años y el otro con 42- persiguen hoy de forma obsesiva la perpetuación en posiciones de poder.
Uno desea repetir como senador nacional en las elecciones de 2013; otro, aspira a convertirse en Presidente de la Nación en 2015. Es decir que, en los papeles, el uno quiere extender su vida política al menos hasta 2019, cuando esté a punto de cumplir los 70 años, y el otro desea llevarla más allá de 2019, cuando supere los 50 y su carrera política supere los 30.
El ejercicio activo y pasivo de la democracia me ha enseñado en todos estos años a desconfiar mucho de estos "políticos de raza", que no saben o no pueden sobrevivir de otra manera que presentándose a elecciones para revalidar una y otra vez sus pergaminos.
Ya no es una cuestión de legitimidad democrática; es algo más profundo: el buen demócrata sabe que su deber es retirarse a tiempo de los primeros planos, y que una vida política sana supone, por definición, un paso breve -cada vez más breve- por las responsabilidades y sinsabores del poder.
El que, después de haberlo tenido todo, dispone ya de medios materiales para asegurar su propia subsistencia (y la de varias generaciones posteriores), y, aun así, persigue el poder de forma obsesiva, febril y descompuesta, más que un político de raza es un enfermo del poder, un peligro para la democracia.
La capacidad de servir temporalmente en la política va unida al demócrata como la capacidad de volar va unida a las aves. Por eso, los "profesionales del poder" son merecedores de toda nuestra desconfianza; sobre todo cuando pretenden hacernos creer que su activa y celosa consagración al desempeño de tan elevada y noble profesión obedece a su pasión democrática por "la gente".