La 'solución final' de Aldo Rogelio

Mike Hammer, un policía de los durosHubo una época en que la ciudad de Metán era conocida como el Payton Place salteño, un hervidero de pasiones similar al que sirvió de escenario a la famosa novela de Grace Metalious.

Lo mismo en Metán que en el pueblo vecino de El Galpón, las disputas de antaño -especialmente las sentimentales- se arreglaban por las bravas. El espíritu indomable de la gente de frontera los había llevado a convertirse en cowboys, con revólver a la cintura y ganado mayor por doquier.

La seguridad era por aquellas épocas un concepto difuso, y la justicia democrática no era algo que floreciera en los feraces campos, al menos no con la misma facilidad con que crecía en ellos el llamado "oro blanco".

Hace tiempo que el espíritu montaraz de los vaqueros de frontera se ha aplacado a causa de los avances de la civilización; muchos de aquéllos se han reconvertido en magníficos asadores y solícitos anfitriones; pero unos pocos conservan, además, la herencia de la tierra grabada a fuego en su código genético.

Se creía que las incursiones punitivas transfronterizas en Salta se habían acabado con la zamba La Felipe Varela, aquella que José Ríos y José Juan Botelli dedicaran al caudillo catamarqueño que "matando llega y se va". Pero todos nos hemos equivocado.

En pleno siglo XXI el combate contra el delito no se libra en Salta con tecnologías sofisticadas sino con una mezcla de rigor galponisto y arrojo felipevareliano, que consiste -o mejor dicho, consistiría- en mandar a la tropa a masacrar delincuentes del otro lado de la frontera, para luego regresar a territorio nacional como si nada hubiera pasado, como si Bolivia fuese un país sin leyes y sin soberanía.

Pero la Endlösung delineada -o mejor dicho, presuntamente delineada- en los despachos del poder no pareció convencer a sus ejecutores, ya que estos no solo se negaron a trasponer el límite, como los espaldas mojadas entre Arizona y el desierto de Sonora, sino que llegaron a calificar al presunto creador de la idea como un ser "incompatible con la racionalidad".

Pero ¿quiénes son ellos para decidir dónde está la racionalidad?

Cuando la razón de Estado es el exterminio transfronterizo, la racionalidad está allí, en la frontera, como lo estaba en El Galpón de aquellos turbulentos años.

Racional o irracional, lo cierto es que la "solución final" a la delincuencia golondrina -de ser verdad lo que se comenta- podría hacer que los protagonistas de la historia escriban un capítulo entero de futuros tratados de psicología dedicados a lo que hoy conocemos como BPD o "borderline".

No ha faltado quien diga ya que, al lado de esta gente, las fuerzas de tareas policiales de los años 75 y 76 eran en realidad los Niños Cantores de Viena.