Equipar a la policía, en cualquier país del mundo, es un acto normal -casi intrascendente- de la administración del Estado. Excepto en Salta, en donde las entregas de equipamiento se han convertido, de un tiempo a esta parte, en auténticas ceremonias políticas, orquestadas para poner de relieve la preocupación de los gobernantes por la seguridad ciudadana y el bienestar policial. Al ministro Maximiliano Troyano le ha tocado en suerte "encabezar" un acto de estas características, en el que no ha faltado el preceptivo discurso.
En un pasaje de su alocución a la tropa formada, el funcionario ha dicho cosas como que “el gobierno de la Provincia de Salta apuesta constantemente a la excelencia del servicio que brinda”.
En el apuro, el ministro deslizó dos ideas realmente peligrosas: 1) que la Policía es "un servicio" (cuando en realidad es una función del Estado); y 2) que la "excelencia" policial es la meta del gobierno.
Le bastaba decir al ministro que desea para Salta una "buena" policía; porque una policía "excelente", en el mejor sentido de esta expresión, es algo ajeno -y probablemente repugnante- a los regímenes democráticos. Excelentes eran las policías de Stalin y de Hitler. Es de esperar que la de Salta sea algo menos excelente que aquéllas.
La hora de los fierros
Hace algún tiempo, las entregas de material a la Policía de Salta estaban limitadas a patrulleros, computadoras y elementos de escritorio como biromes y borradores dos banderas; todos ellos, elementos imprescindibles para una buena tarea de prevención del delito.Pero, repasando la lista del ministro Troyano, descubrimos con auténtico pavor cívico, que el gobierno ha "rearmado" a la policía, no ya en su faz preventiva sino en la estrictamente represiva.
Echemos un vistazo a la lista del supermercado:
40 cascos balísticos para el Grupo de Operaciones de Alto Riesgo (GOPAR)
670 pistolas,
54 camisas gris torcaza mangas cortas para la División Banda de Música,
21 escopetas,
20.000 cartuchos antitumultos,
60.000 cartuchos de bala troncocónica,
360 capas de lluvias.
Exceptuando las capas de lluvia y las torcazas de mangas cortas para la inofensiva Banda de Música policial, el resto de los elementos entregados no parecen salidos de la imaginación de Ghandi, precisamente.
Es de esperar, que la "excelencia" a la que aspira el ministro no se traduzca en el uso masivo e inmediato de esos 20.000 cartuchos antitumultos recientemente adquiridos; que en vez de balas troncocónicas, de las pistolas y escopetas brote una lluvia de claveles, que seguramente podrá ser atajada por las 360 capas adquiridas, que se antojan pocas para el volumen de lluvia de esta temporada estival.
Pero podemos estar tranquilos, porque ya sabemos que cuando se producen refriegas en los asentamientos de Salta, la policía nunca dispara una bala de goma o cargas de gas lacrimógeno para disolver a los revoltosos. Así que con esos 20.000, tenemos cartuchos antitumultos para todo el siglo XXI, por lo menos.