¿Debe Occidente celebrar la caída de Gaddafi?

Muammar el GaddafiLas fuerzas armadas opositoras al régimen de Muammar el Gaddafi se aprestan a tomar el poder en Libia con el apoyo militar de la OTAN y la complicidad política de los principales líderes occidentales.

La intervención internacional había sido justificada en su momento por la convicción de que las fueras regulares Gadafi estaban cometiendo crímenes atroces contra la población civil.

A ocho meses de desatado el conflicto, ya no es posible distinguir a las pobaciones civiles de los beligerantes y es del caso suponer que los rebeldes libios -casi todos ellos civiles- no se enfrentan solamente a la guardia pretoriana del dictador, sino que combaten también contra otros civiles, algunos de ellos indefensos.

La revuelta en Libia -un país enorme, en el que viven solo seis millones de personas- dista mucho de parecerse a la revolución egipcia que acabó con el régimen de Mubarak, de un modo pacífico, aunque todavía sin grandes cambios políticos.

La previsible desaparición de Gaddafi de la escena internacional es, en sí mismo, un hecho auspicioso para el mundo democrático, pero un hecho que no alcanza a ocultar que los métodos empleados por Occidente para lograr tal fin han estado empañados por una visión eurocentrista de la democracia que ha conducido al empleo de la fuerza militar en apoyo de una facción cuyas credenciales democráticas son por ahora, cuando menos, dudosas.

Si la intervención occidental ya había sido cuestionada seriamente en otros países de la región -por ejemplo, Irak o Afganistán- el caso de Libia es singular por el hecho de que el régimen de Muammar el Gaddafi había logrado seducir a los líderes políticos del mundo avanzado, tras el esclarecimiento del atentado de Lockerbie, la creencia de que el régimen era una especie de valla que impedía la propagación del fundamentalismo islámico en el sur del Mediterráneo y, especialmente, tras los acuerdos económicos que aseguraban a Europa la provisión del petróleo libio.

Occidente se ha quedado sin argumentos morales para intervenir política y militarmente en los países árabes y prueba de ello es que en Libia ha utilizado solamente la fuerza bruta. Lo ha hecho contra un régimen que, a pesar de su inocultable carácter dictatorial y aunque a muchos no nos guste, se encontraba ampliamente legitimado en un sistema político estable y apoyado por la mayoría de la población.

Los líderes occidentales no han querido que el pueblo Libio resuelva pacíficamente sus controversias internas y han impedido una transición democrática pacífica y ordenada. Cuando han tenido la ocasión de intervenir para apaciguar el conflicto y evitar su estallido violento, los mismos líderes no han dudado en prestar sus fuerzas militares para apoyar a uno de los bandos en conflicto.

La caída del dictador -qué duda cabe- traerá alivio a las conciencias democráticas occidentales, pero los métodos empleados dejarán una profunda huella de vergüenza en todos aquellos que creemos que las democracias se construyen desde abajo y en paz, y no se imponen desde arriba por la fuerza de las armas.